DESCUBRE EL TESORO QUE HAY EN TI,

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-RETIRO DE ADIVIENTO-

Animador:

 Con la esperanza del adviento venimos hoy a descubrir el gran tesoro de Jesucristo en nuestras vidas, tesoro oculto en nuestro interior, en los otros y en el corazón del mundo.

 Nos disponemos a recorrer este camino con una actitud de búsqueda, con deseos de querer encontrar el tesoro escondido, que abrirá todo nuestro ser a la plenitud y nos llenará de una alegría plena.

 Comencemos escuchando este relato de José Luis Martín Descalzo:

Sucedió en un pequeño y viejo pueblo presidido por un castillo. Nadie se acordaba de él. Pero un día llegó un mensaje del rey informándoles que había recibido noticias de que Dios en persona iba a venir al país y que probablemente pasaría por ese pueblo. Esto trastornó de entusiasmo a las autoridades que mandaron reparar las calles, limpiar las fachadas, construir arcos triunfales, llenar de colgaduras los balcones. Y, sobre todo, nombraron centinela al más noble habitante de la aldea con la misión de vigilar desde lo alto del castillo para avisar a los pobladores de la llegada de Dios. El centinela se pasaba las horas vigilando. Pero fueron pasando los días y Dios no hacía acto de presencia. Los habitantes volvieron a la acostumbrada monotonía y muchos abandonaron el pueblo en busca de tierras más prósperas. Hasta el centinela dormía ya tranquilo, pero seguía firme en su puesto. Un día se dio cuenta de que, con el paso de los años, se había vuelto viejo y que la muerte estaba acercándose. Y no pudo evitar que de su garganta, saliera una especie de grito: “Me he pasado toda la vida esperando la visita de Dios y me voy a morir sin verle”. Justamente en ese momento, oyó una voz muy tierna a sus espaldas. Una voz que decía: “¿Pero es que no me conoces?”. Entonces el centinela, aunque no veía a nadie, estalló de alegría y dijo: “¡Oh, ya estás aquí! ¿Por qué me has hecho esperar tanto? Y ¿por dónde has venido que yo no te he visto?”. Y, aún con mayor dulzura, la voz respondió: “Siempre he estado cerca de ti, a tu lado, más aún: dentro de ti. Has necesitado muchos años para darte cuenta. Pero ahora ya lo sabes. Este es mi secreto: yo estoy siempre con los que me esperan y sólo los que me esperan pueden verme.” El alma del centinela se llenó de alegría, Y viejo y casi muerto, volvió a abrir los ojos y se quedó mirando, amorosamente, al horizonte.

El Señor siempre está a nuestro lado, camina con nosotros, es el tesoro escondido dentro de nuestro corazón, pero solo los que le esperan podrán verle. En actitud de espera descubramos y sintamos su presencia.

Todos:

A ti, Señor, levanto mi alma, en ti espero.
Indícame tus caminos, Señor,
enséñame tus sendas, aquellas que me conducen hacia ti.
Abre mis sentidos para que pueda descubrirte, sentirte, tocarte.
Suscita en mí deseos de buscarte, de estar contigo, de intimar en la cercanía.
Guíame hacia ti. Quiero conocerte, amarte, servirte.
Haz que descubra que Tú eres el tesoro de mi vida,

Espera tú también en mí,
y sal a mi encuentro,
que camino por este mundo.
Tú que eres bueno,
perdona aquello que hice mal
o que pude hacer mejor.
Tenme piedad cuando me veas solo y triste
y ensancha este pequeño corazón.

Señor, líbrame de caminar solo, confío en ti.
Acompáñame por tus senderos
y espera en mi silencio, dejándote hacer a ti,
en mi alegría, como fuente viva,
en mi vida comprometida,
de acuerdo a tu buena noticia,
y en mi caminar, guiando tú mis pasos.

Animador:

 Es tiempo para la esperanza y la alegría. Jesús está cerca, viene, desea que le encontremos, quiere mostrarnos dónde está su tesoro de vida, de esperanza, de amor. Abramos nuestro corazón a la esperanza: “Estad siempre alegres en el Señor; os lo repito, estad alegres. Que vuestra bondad sea notoria a todos los hombres. El Señor está cerca. No os inquietéis por nada, sino más bien, en toda oración y plegaria presentad al Señor vuestras necesidades en acción de gracias.” (Flp 4, 4-7)

 Respira hondo, y dile en el silencio al Señor:

Señor, lléname de tu alegría.
Señor, dame tu gozo.

 Con alegría y esperanza nos disponemos a llevar a cabo esta aventura, queriendo encontrar el tesoro perdido. Vale le pena invertir en esta aventura, porque al final sentiremos que este tesoro nos ofrece riquezas insospechadas, nos posibilita vivir ya sin miedos en la vida, nos asegura un porvenir nuevo e ilusionante. Preparemos la mochila de nuestro corazón

(Canto de la Hermana Glenda: Ven, Señor, Jesús.)

Todos:

Ve, Señor Jesús.
Ofréceme tu tesoro, tu vida, tu amor.
Ven, Señor Jesús, 
sobre mi aridez,
sobre mi frialdad,
sobre mi tiniebla,
sobre mi fragilidad,
sobre mis miedos,
sobre mi cansancio,
sobre mi pobreza,
sobre mis contradicciones.
Ven, Señor, Jesús,
sobre mis luchas,
sobre mi impaciencia,
sobre mi confusión,
sobre mi falta de fe...
Ven, Señor, Jesús,
renueva en mí todo
y haz de mi corazón una casa
donde puedas morar hoy y siempre,
porque quiero que tú seas mi tesoro, mi riqueza, mi amor.

Animador:
 
 En primer lugar, vamos a pensar en aquellas cosas maravillosas que te han pasado en la vida, aquellas cosas que han dejado en ti una profunda huella, que las recuerdas con cariño, con inmensa alegría, que fueron muy importantes para ti. Piensa en ellas.
(Tiempo de silencio)

¿Cómo te sientes al recordarlas?
 
Eso es lo que queremos en esta mañana que vivas una experiencia maravillosa, que puedas recordar estos momentos con inmensa alegría, porque vas a encontrarte con un gran tesoro.

Pero antes, veamos qué consideras valioso para ti:

-  ¿Qué es lo que consideras hoy más valioso en tu vida?
- ¿Por qué es tan valioso para ti?
- ¿Cómo cultivas y cuidas aquello que consideras tan valioso?

(Tiempo para el silencio)

Jesús va a decirnos que el encuentro con Él es maravilloso, tan grande, tan determinante, que sucederán cosas inesperadas en nuestras vidas. Escucha a Jesús:

“El reino de Dios es como un tesoro escondido en el campo. El que lo encuentra, lo esconde y, lleno de alegría, va y vende lo que tiene y compra aquel campo.
El reino de Dios es semejante a un mercader que busca perlas preciosas. Cuando encuentra una de gran valor, va, vende todo lo que tiene y la compra” (Mt 13, 44-46).
 
¿Por qué y para qué necesitas un tesoro en la vida?

 Si deseo encontrar un tesoro en mi vida es porque:

- Experimento la pobreza en la que vivo.
- Las perlas con las que me he ido encontrando no satisfacen plenamente mi vida.
- Me siento necesitado, incapaz de vivir con intensa alegría.
- Necesito salir de mí…
- Deseo darle un nuevo rumbo a mi existencia.
- Quiero fundamentar mi vida en cimientos sólidos.
- Quiero dar sentido a todos los acontecimientos desde la fe.
- Quiero vivir con otros valores, con otras actitudes.
- Abro mi corazón al mundo y descubro a la gente que sufre, que espera una respuesta de mí.
- …

Pero para buscar y encontrar el tesoro hemos de adoptar una serie de actitudes:

- Hay que estar alerta.
- Desear encontrar el tesoro
- No conformarse con el modelo de vida que tengo.
- No dormirme en el camino de mi vida.
- Estar insatisfecho.
- Estar dispuesto a arriesgar algo.
- Escuchar a los mensajeros.
- Hacer silencio. Orar.
- Reflexionar, meditar.
- Estar disponibles.
- …

Todos:

No nos quedemos con el deseo,
oh corazón,
¡vamos hacia el Amor!
No nos muramos con la nostalgia,
oh corazón,
¡vamos hacia el Amor!

Anda, corazón,
vayamos mientras vivimos,
antes de que llegue el fin del tiempo,
antes de que nadie se interponga,
¡vamos hacia el Amor!

Abandonemos nuestras moradas.
Nuestras miradas son para el Amor,
llevemos lejos nuestra pasión;
ven, corazón,
¡vamos hacia el Amor!

Señor, sé Tú mi guía,
que Tu Amor voy anhelando,
A ti te busco noche y día.
Vamos, corazón,
¡vamos hacia el Amor!

Seamos compañeros los dos,
los dos juntos, corazón,
y vayamos hacia el Amor.

Compartamos nuestra suerte los dos
 y vayamos hacia el Amor, corazón.
Antes de que arriben malas nuevas,
o el destino nos destroce,
o el ángel de la muerte se adelante,
¡vamos hacia el Amor, corazón!

Consigamos la verdadera dicha.
 Anda, corazón,
por todas partes busquemos al Señor.
 !Vamos hacia el Amor!

Animador:

En esta búsqueda de nuestro corazón, deseando encontrar el tesoro tenemos como referencia a María, que nos enseña cuáles son las actitudes necesarias para poder encontrarse con el tesoro de su Hijo, ese gran tesoro que queremos descubrirlo dentro de nosotros:

- Estar en una actitud de apertura.
- Estar dispuesto a que Dios marque los pasos de tu vida.
- Estar en una actitud de escucha.
- Escuchar a sus mensajeros.
- No querer saber de antemano todo cuanto va a acontecer en el camino.
- Presentar a Dios nuestros miedos, dudas y dificultades a la hora de emprender el camino.
- Confiar siempre en Dios en medio de la noche, y de la búsqueda.
- Ser humildes para saber que en el camino siempre será Dios quien tome las iniciativas.
- Saber que el camino es largo. Hay que llenarse de paciencia ante las dificultades y los obstáculos que encontraremos en el camino
- Dejarse ayudar en el camino.
- Guardar en el corazón aquello que implica misterio, sin poder descubrir en totalidad cuanto está aconteciendo.
- No pensar sólo en mí, en lo que yo necesito, sino en lo que necesita mi gente, mis hermanos, mi mundo.
- Estar dispuesto a decir: “Fiat-Hágase”.
- …


Todos:

Como tú, María, quiero abrir mis entrañas a Dios,
ser fecundo y acoger su tesoro dentro de mí.
Deseo explorar mi ser para descubrir la belleza de tu Hijo,
para hospedar su Palabra, y alimentarme de ella.

Como tú, María, quiero decir “aquí estoy”, ante el proyecto de amor,
que Dios me propone en el hoy de mi vida.
Entro en este proyecto unido a tantos hermanos
que, con Cristo, tu hijo, luchan por construir fraternidad,
dignidad para todos, unidad entre pueblos, razas, generaciones…

Como tú María, quiero caminar por calles y plazas, montes y llanos
cantando  las maravillas del Señor,
que triunfa en los pobres, sencillos y humildes.
Desde ellos, me pides sencillez, humildad, solidaridad.

Como tú María, quiero profundizar el misterio de Belén,
Palabra hecha carne, Dios entre nosotros, don para el mundo,
compromiso en la causa de una humanidad liberada, según el sueño del Padre.

Como tú, María, quiero gozar con  el que goza,
ser sensible ante la necesidad o dolor, pasar por al vida haciendo el bien, sencillamente, decididamente asociada a todos los grupos
que son testimonio solidario.

Como tú María, quiero estar en pie, unida a tu Hijo, en la cruz concreta de mi vida.
En mi caminar, me uno a todos los sufrientes de la humanidad
y a los que se entregan para que “la justicia y la paz se abracen”.

Como tú, María, quiero participar del gozo del Resucitado.
Hoy Cristo resucita en todo lo bello, lo noble, lo auténtico.
Que mi vida sea espejo de la liberación que El ha regalado al mundo.

Como tú, María, quiero orar con mis hermanos
y recibir cada día , en Iglesia, la venida del Espíritu.
El colma los corazones de sus dones, nos renueva, nos sana.
El me convierte en persona bendita, agraciada, llena de vida.

TU ERES LA PERLA PRECIOSA DE DIOS.

 Lo primero que has de saber al iniciar el camino es que tú eres una persona llena de gracia, el Señor está alegre contigo, disfruta contigo, se siente a gusto contigo, quiere disfrutar con tu presencia, charlar contigo, besarte, amarte. Escucha a Sofonías (3, 14-18):

 “Yahvé tu Dios está en medio de ti ¡un poderoso salvador!
 Él exulta de gozo por ti, te renueva por su amor;
 danza por ti con gritos de júbilo como en los días de fiesta” Palabra de Dios.

 La pasión de Dios por ti, por nosotros, es así de fuerte y la compasión de Dios es así de exagerada. Él goza contigo y danza al contemplar:
 
- Tus valores.
- Tus cualidades.
- Tus actitudes.
- Tus acciones.
- Cuanto aportas a los demás.
- Cuanto hay de bueno en ti.
- ..

(Cada uno en un papel va a escribir aspectos valiosos que encuentra en su persona. Después pegaremos lo escrito en una cartulina)

Da gracias a Dios eres obra de sus manos, porque en ti vive Dios.

Todos:

Señor, soy tu perla preciosa,
soy fruto de tu amor.
Soy perla labrada y moldeada por ti,
soy bendecida por tus dones.
Soy perla aún por pulir,
lleva en sí la belleza de tu obra.

Te presento mi persona adornada con todos los diamantes que Tú me diste al nacer,
y esta vida que voy haciendo poco a poco,
en la que fluyen los sentimientos más bellos
y las ilusiones más increíbles.

Te ofrezco mi tesoro, mi belleza personal,
mi risa y mi alegría
mis juegos y mis bromas,
y, ¡cómo no!
Todo lo bueno que los demás hacen por mí...

Rodéame, Señor, con tu bondad
para que hoy y siempre
al mirar a la gente y reconocerte
me sienta profundamente feliz
porque tú eres mi gran tesoro.


JESÚS Y SU REINO: TU GRAN TESORO

 Jesús y su Reino es nuestro gran tesoro, la riqueza que llena nuestro ser. Sólo Él colma todos nuestros anhelos, nos salva, nos hace sentirnos con paz, con profunda alegría.

 (Se expone el Santísimo)

Lector (lee suave y reposadamente)

Tu amor me sacó de mí.
A Ti te necesito, sólo a Ti.
Ardiendo estoy día y noche,
a Ti te necesito, sólo a Ti.
Ni me contentan las riquezas
ni me asusta la pobreza.
Con Tu Amor yo me consuelo.
A Ti te necesito, sólo a Ti.
Tu Amor disipa otros amores,
en el Mar del Amor los hunde.
Tu presencia todo lo llena.
A Ti te necesito, sólo a Ti.
He de beber el néctar de Tu Amor,
amarte cual un loco en su dolor,
Tú eres mi preocupación.
A Ti te necesito, sólo a Ti.
Eso que llaman paraíso,
unos palacios, unas huríes...
a quien los quiera, dáselos.
A Ti te necesito, sólo a Ti.
Aunque tengan que matarme
y dar al viento mis cenizas,
mi tierra seguirá diciendo:
A Ti te necesito, sólo a Ti.

- ¿Qué te maravilla y seduce de su persona?
- ¿Qué te apasiona de su mensaje?

(Escribe en una cartulina aquellas cosas que te seducen y apasionan de Jesús)

Todos:

Bendigamos a Jesús, porque Él es…

Te bendecimos porque tú eres…

(Vamos diciendo en voz alta cuanto hemos escrito)

Todos:

Deseo vivir la vida.
En mis pensamientos y en mis sentimientos,
en mis conversaciones y en mis encuentros.
Quiero que brille mi vida, que se encienda todo lo que hago y todo lo que soy.
Que mi paso se acelere,
que mi pensamiento se agudice,
que mi mirada se alargue y mi sonrisa se ilumine
cuando la vida amanezca en mi. Quiero vivir.

Yo quiero vivir, y tú eres la fuente de la vida.
Cuanto más me acerque a ti, más vida tendré.
La única vida verdadera es la que viene de ti,
y la única forma de participar en ella es estar cerca de ti.
Déjame beber de esa fuente,
déjame meter las manos en sus aguas para sentir su frescura,
su pureza y su fuerza.
Que las aguas vivas de ese manantial fluyan a través de mi ser
y su corriente inunde el pozo de mi corazón, de otros corazones.

También eres la luz.
En un mundo de oscuridad, de duda y de incertidumbre,
tú eres el rayo de luz, el cándido amanecer, el mediodía que todo lo revela.
Si para vivir hay que acercarse a ti, para ver también.
“En tu luz vemos la luz”.
Señor, quiero tu luz, tu visión, tu punto de vista.
Quiero ver las cosas como tú las ves,
quiero verlas desde tu punto de vista, desde tu horizonte, desde tu ángulo;
quiero ver así a las personas y los acontecimientos
y la historia de la humanidad y los sucesos de mi vida.
Quiero verlo todo con tu luz.

Tu luz es el don de la fe.
Tu vida es el don de la gracia.
Dame tu gracia y tu fe para que yo pueda ver y vivir
la plenitud de tu creación con la plenitud de mi ser.

Animador:

Pero para poseer y gozar con el tesoro, con la gran perla preciosa que es Jesucristo, necesitamos vender lo que tenemos

- ¿Qué es lo que necesitas vender, abandonar, dejar, para llegar a tener el tesoro?

(Ponemos las dos manos juntas boca arriba)

Miro mis manos: están llenas.
No puedo acoger. Dejo que Dios tome algo con mi permiso.
Sostengo mis manos abiertas, y las dejo reposar en las suyas. (Abro mis manos)
Me quedo en silencio y dejo que brote una pequeña plegaria, confiada.

“Hágase en mí lo que hayas dicho” (Lc. 1,38; 8,21.)


LOS OTROS Y EL MUNDO: PERLAS PRECIOSAS DE DIOS EN MI VIDA

Animador:

 Dios se nos da a conocer a través de nuestros hermanos y del mundo en el que habitamos. Los otros y el mundo son el gran regalo de Dios para nuestra vida.

 Piensa ahora en personas concretas de tu vida. ¿Por qué son un tesoro para ti?, ¿Qué te han aportado?, ¿Qué has recibido de ellas?

 (Escribimos aquello que hemos recibido de esas personas)

 También en el mundo en el que habitamos hemos encontrado perlas preciosas, gestos, acciones, investigaciones, logros, luchas, actitudes de personas, asociaciones, instituciones, grupos, que han aportado “perlas” a la humanidad. ¿Podrías recordad algunas de esas perlas?

 (Compartimos esas perlas)

Todos:
 
Gracias, Señor, por el cosmos y su increíble sinfonía.
Gracias, Señor, por los que tienen siempre en los labios una palabra de aliento.
Gracias, Señor, por cada mujer, ternura de Dios en el mundo.
Gracias, Señor, por todos los que con el diálogo buscan la sintonía.
Gracias, Señor, por los gestos de paz que hacen frente a la violencia.
Gracias, Señor, por la cercanía siempre fresca de los amigos.
Gracias, Señor, por los débiles de la tierra y su contribución impagable a la esperanza. Gracias, Señor, por tantos gestos cotidianos de servicio y gratuidad.
Gracias, Señor, por el milagro del agua y del pan, del abrazo y del beso.
Gracias, Señor, por el tesoro de las personas que nos quieren, y se vuelcan con nosotros.
Gracias, Señor, por tantas personas que están entregando gratuitamente su vida por los demás.
Gracias, Señor, por las asociaciones y grupos que trabajan por la paz, la justicia, la ecología en nuestro mundo.
Gracias, Señor, por el camino de comunión de hombre y mujer, que se asoma en el horizonte.

Animador:

 En esta búsqueda del tesoro y de la perla preciosa, hemos tomado conciencia de la cantidad de tesoreros que hay en el mundo, sobre todo, del gran tesoro de Jesucristo ofrecido por el Padre a nuestras vidas. Son los grandes milagros de Dios.

Todos:

El Señor hizo milagros en mi favor porque me amaba.
 
El Señor me dio una familia, ¡qué regalo!
Repitieron mi nombre con cariño, con paciencia y esperanza,
y me hicieron crecer porque me amaban.
  
El Señor hizo milagros en mi favor porque me amaba.

El Señor me dio una fe y comunidad de hermanos. ¡Puro don!
Me pusieron nombre nuevo y escuché palabras nuevas
y ojos nuevos para ver la luz que permanece, que transforma,
porque me amaban, nos amábamos.

El Señor hizo milagros en mi favor porque me amaba.

El Señor me envío mensajeros con rostros concretos. ¡Qué alegría!
Me hablaron de ti, me abrieron los ojos, ensancharon mi corazón,
y me enseñaron el camino de la vida, el camino de la felicidad.

El Señor hizo milagros en mi favor porque me amaba.

El Señor me rodeó de amigos, que me ofrecieron amor, compañía, escucha…
Ellos alegraban mi vida, sostenían mi debilidad,
fueron estrellas radiantes, luces

El Señor hizo milagros en mi favor porque me amaba.

El Señor se hizo niño y me dio niños. ¡Qué locura!
Me llenaron con su inocencia, sus juegos, sus sonrisas, sus travesuras.
Son perlas benditas, inocentes, puras, transparentes.

El Señor hizo milagros en mi favor porque me amaba.

El Señor se desbordó con su amistad, con su ternura, con su sonrisa, con sus llamadas.
Estaba ahí entre mi familia, mis amigos, mi comunidad.
Estaba entre los más pobres, los enfermos, los pequeños, los que no cuentan.
Se hizo palabra y silencio, sonrisa y tristeza, fiesta y dolor.
Se hizo humanidad, carne, debilidad. Fue uno de los nuestros.

El Señor hizo milagros en mi favor porque me amaba.

El Señor me dio su Espíritu
en el regalo de su Hijo, ¡qué generosidad!.
Me llenó de vida nueva,
anuncio de vida eterna  por amor.

El Señor hizo milagros en mi favor porque me amaba.

El Señor hizo milagros en mi favor: el milagro de la vida y de la fe,
el milagro de la gracia y del Espíritu,
el milagro del amor.

 “El Señor es mi gran tesoro”

Animador:

 Hemos estado a la búsqueda del tesoro de Jesucristo, hemos visto cómo nuestra esperanza se acrecentaba, dentro de nosotros sobreabundaba la gracia, la paz, la confianza, la bondad, la alegría. Pero también es verdad, que hemos descubierto que cuando

Iba yo a ponerme en camino cuando ya venías tú hacia mí.
Quería yo correr hacia ti, pero vi que corrías a encontrarte conmigo.
Yo deseaba esperarte, pero supe que ya me estabas tú esperando.
Deseaba buscarte, y vi que ya estabas tú en mi búsqueda.
Llegué a pensar: “¡Eh, ya te he encontrado!”, pero me sentí encontrado por ti.
Cuando yo quería decirte: te amo; te oía decirme: “¡Cuánto te quiero!”
Yo quería elegirte y ya me habías elegido tú.
Yo quería elegirte y ya me habías elegido tú.
Yo quería escribirte cuando tu carta llegó a mis manos.
Deseaba vivir en ti y te descubrí viviendo en mí.

Iba a pedirte perdón, pero tuve la certeza de que ya me habías perdonado.
Quería ofrecerme a ti, cuando recibí el don de ti mismo, entero.
Anhelaba ofrecerte mi amistad, y recibí el regalo de la tuya.
Yo quería llamarte: “Abba, Padre”, y te adelantaste a decirme: “Hijo mío”
Yo quería desvelarte toda mi vida interior; te encontré revelándome las profundidades de tu ser.
Deseaba invitarte al corazón de mi vida y recibí tu invitación a entrar en la tuya.


Canto de Acción de Gracias.

 El Magnificat.