5 LA MISIÓN DEL LAICO EN EL MUNDO Y EN LA IGLESIA

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 Los laicos son la inmensa mayoría de la Iglesia, más del 90% de la Iglesia. Pero solo una pequeña minoría es consciente de cuál es su vocación laical. La formación que posee es muy básica. En su vida civil es un experto en la profesión que realiza. Tiene la formación adecuada para ello. En cualquiera de los ámbitos (vida profesional, laboral, familiar, política…) se siente gente formada o capacitada. Llega a la Iglesia y es como un niño, niño con una formación propia de una catequesis infantil. ¿Cómo se entiende eso? Alguien muy formado, muy capacitado para todas las situaciones, para el resto de sus actividades, y sin embargo en cuestiones de fe carece de formación básica.


El laico ve que se apela a la tarea que debe emprender de anunciar y hacer presente el Evangelio en medio del mundo. Sin embargo, la gran mayoría de ellos están dedicados a tareas de mantenimiento de la comunidad eclesial. ¿Cómo es que se les llama a una evangelización más misionera, más de frontera, más de presencia en el mundo, pero en lo que más se les emplea es en tareas de mantenimiento de la infraestructura eclesial?
 El laico sufre también la tensión entre la pertenencia al mundo y la pertenencia a la Iglesia. Vive una doble pertenencia. Son del mundo y también de la Iglesia. Se dan algunas tensiones.
- Socialmente la inmensa mayoría son seres adultos, ciudadanos adultos. Llegan a la Iglesia y son miembros infantilizados de la comunidad. En algunas ocasiones, son cristianos de “segunda categoría”. Ven que en la Iglesia se les trata como a niños. Lo que no consentirían en ningún ámbito social, en la Iglesia parece normal.
- En la realidad del mundo, todos se consideran defensores de los derechos humanos, de la participación, de la democracia. Pero entran en la Iglesia y el modo de entender este concepto es radicalmente distinto, tiene unas peculiaridades y limitaciones muy importantes en la vida eclesial.
- Son ciudadanos, padres de familia, tienen unas obligaciones sociales, políticas, etc. Sin embargo cuando están en la Iglesia parece que se distancian del mundo. Entonces analizan al mundo como algo lejano y con tintes bastantes negativos.
A partir de algunos de estos datos y tensiones existentes, deberemos plantearnos cuál es la misión del laico tanto en la Iglesia como en el mundo.
I.- La Misión del Laico.
Recordemos una vez más que la misión de toda la Iglesia es la evangelización: “evangelizar constituye, en efecto, la dicha y la vocación propia de la Iglesia, su vocación más profunda” (EN 4). La Iglesia existe en función de la misión, no para sí misma. Esta misión evangelizadora es de todo el pueblo de Dios. “La vocación cristiana es, por su misma naturaleza, vocación al apostolado” (AA 2). “A todos los cristianos se impone la gloriosa tarea de trabajar para que el mensaje divino de salvación sea conocido y aceptado en todas partes, por todos los hombres” (AA 3).
El fundamento eclesial del compromiso apostólico de los laicos, no es ciertamente “el mandato” que les den los obispos, o sacerdotes. El apostolado laical tiene una base auténticamente sacramental: a saber, los sacramentos del Bautismo y la Confirmación. (cf. AA 3; LG 33). La misión de la Iglesia está confiada a la comunidad eclesial como tal, y no a un grupo de bautizados solamente. Por el simple hecho de ser bautizado, todo cristiano está comprometido a ser misionero en el mundo.
Todo cristiano está llamado a ser luz y fermento entre sus hermanos y en los diferentes ambientes, no debe vivir un dualismo entre su fe y su vida,  privatizando su fe y reduciéndola ámbito de la intimidad, la familia, la pequeña comunidad. Quien se ha encontrado con el Dios revelado en Jesucristo ha de considerar la fe como una experiencia totalizante que afecta profundamente a todas las dimensiones de la vida. Quien sigue a Jesús sabe que su fe en él ha de llevarle a desarrollar una nueva sensibilidad, una nueva manera de sentir y experimentar el sentido profundo de la vida -de la naturaleza, de los acontecimientos...-, que ha de modificar sus sentimientos, sus afectos, sus actitudes, sus convicciones vitales, sus deseos y aspiraciones: “Todo cuanto hagáis, de palabra o de obra, hacedlo todo en el nombre del Señor Jesús, dando gracias por su medio a Dios Padre (Col 3,17).
La misión que el laico ha de realizar en el mundo es hoy urgente: “La participación de todos los laicos en la misión evangelizadora de la Iglesia es hoy especialmente urgente. Es, incluso, más necesaria que nunca. La autonomía de nuestra sociedad crecientemente secularizada; la separación, pretendidamente justificada, entre la fe y la vida diaria, pública y privada; la tentación de reducir la fe a la esfera de lo privado; la crisis de valores; pero también la búsqueda de verdad y sentido, las más nobles aspiraciones de justicia, solidaridad, paz, reconocimiento efectivo de los derechos reconocidos y conculcados, la defensa de la naturaleza, son otros tantos desafíos que urgen a los católicos a impulsar una nueva evangelización, a contribuir a promover una nueva cultura y civilización de la vida y verdad, de la justicia y la paz, de la solidaridad y el amor” (CEE, Cristianos Laicos, Iglesia en el mundo, núm. 43).
Los laicos cristianos están lanzados en las fronteras de la historia para promover una nueva cultura y civilización de la vida y de la verdad, de la justicia y la paz, de la solidaridad y el amor (CLIM 44)
 Pero el laico no sólo ha de realizar su misión en el mundo, también ha de llevarla a cabo en el seno de la comunidad eclesial, y no como acciones paralelas: “la participación de los laicos en la vida de la comunidad eclesial y su acción evangelizadora en la sociedad civil no son responsabilidades paralelas y acciones separables ni contrapuestas. Su compromiso misionero tiene dos dimensiones fundamentales: hacia el interior de la Iglesia misma, y hacia fuera de la Iglesia, es decir, hacia el Mundo.
 Los cristianos laicos hacen presente a la sociedad civil con sus alegrías y esperanzas, sus tristezas y angustias, en la comunidad cristiana; y hacen presente a la comunidad cristiana con su vida, testimonio y compromiso socio-político en el seno de la sociedad civil.
II.- Construir humanidad o adecuar las estructuras del mundo al proyecto de Dios.
 Ya hemos planteado en el tema anterior, cómo el campo propio aunque no exclusivo, de la acción evangelizadora del laicado abarca los diferentes ámbitos de la vida secular: “el mundo vasto y complejo de la política, de lo social, de la economía y también de la cultura, de las ciencias y de las artes, de la vida internacional, de los medios de comunicación de masas, así como otras realidades abiertas a la evangelización, como el amor, la familia, la educación de los niños y jóvenes, el trabajo profesional, el sufrimiento” (EN 70). El campo inmediato de evangelización del laico está en esos terrenos privilegiados de la “mundanidad”.
 Ahora bien, la realización de su tarea en el mundo no saca a los laicos de la Iglesia. Ellos son Iglesia en el mundo. Por tanto, la exigencia de que los laicos han de preocuparse “prioritariamente” de su servicio al mundo debe evitar malentendidos. Ni el mundo es una realidad absolutamente frente a frente de la Iglesia, ni el servicio al mundo es un don reservado a los laicos. La tarea de los laicos en el mundo no sustituye la propia de los ministerios ordenados ni puede desligarles de sus derechos y obligaciones en la edificación de la Iglesia, que tampoco es patrimonio exclusivo de los sujetos del ministerio. Toda “huida al mundo”, igual que toda “huida del mundo” está prohibida a los laicos.
2.1.- El laico, Iglesia en el mundo. 
El laico representa a la Iglesia en el mundo; es “persona cristiana en el mundo”. Sin él no puede llegar la corriente de la salvación hasta las últimas células de vida del mundo. El laico por el bautismo está llamado no a salir del mundo, sino a permanecer realmente en el mundo, como también Cristo estuvo realmente en el mundo. Los laicos son “Iglesia en el mundo” (CLIM 29).
Compete al laico hacer presente el Evangelio en todos los campos de la vida social, política, económica, etc., sin dejar de lado ninguno. Lo importante es anunciar y construir el reinado de Dios en el mundo, es decir, que los pobres, los enfermos y los pecadores reciban la buena noticia del evangelio. Jesús vino a devolvernos la esperanza, a fortalecernos ante la experiencia del mal y del sufrimiento, y a enseñarnos que el amor a Dios y a los demás son las dos caras de una misma realidad. Para Jesús no hay separación entre lo natural y lo sobrenatural.
Jesús viene a ofrecernos una manera nueva de vivir, a construir una fraternidad en la que el hombre deje de ser lobo para el hombre y a mostrarnos a un Dios paterno y materno, compañero y amigo, que nos llama a asumir nuestra libertad y a seguir un camino en el que nos ha precedido Jesús. A partir de ahí, no es posible separar ya lo humano y lo divino, lo natural y lo espiritual.
Hay que humanizar a Dios, viéndolo en el rostro del prójimo, y divinizar lo humano, evaluando y discerniendo los signos de los tiempos a la luz del mensaje del Reino de Dios. No hay que poner la identidad cristiana tanto en las prácticas sacramentales y la frecuencia en las devociones, que son necesarias como fuentes de la identidad y creatividad espiritual, cuanto en la forma de vivir y de relacionarse con uno mismo, con los demás y con Dios. Ser bueno y misericordioso ante la miseria propia y ajena es más importante que ser piadoso y religioso, aunque la piedad y la religión deben ser la plataforma que potencia la capacidad de darse a los demás.
No hay que confundir el fin con los medios, como ocurre a los padres que se lamentan del distanciamiento religioso de sus hijos, que tienen pocas prácticas sacramentales y devociones, y, en cambio, no valoran adecuadamente la capacidad de bondad, de entrega y de servicio a los demás que, a veces, muestran. La piedad está al servicio de la vida cristiana, basada en el amor a Dios que pasa por la entrega a los otros, por eso debe fomentarse y ayudarla a madurar. Pero piedad y vida cristiana no son lo mismo, como tampoco la religiosidad suple la entrega a los demás.
El laico ha sido siempre receptivo a la dimensión humana del evangelio. “Todo lo humano es nuestro” proclamaban los cristianos en los siglos II y III. Allí donde hay valores genuinamente humanos, ahí está Dios. Por eso, el criterio fundamental del reinado de Dios son las relaciones personales (Mt 25, 31-46) y no solo el cumplimiento de algún precepto religioso. En última instancia, la forma de reaccionar ante las situaciones humanas (tuve hambre, sed, estuve enfermo, me encontré sólo y abandonado, etc.) es lo que decide la pertenencia al Reino, y no simplemente la incorporación a la Iglesia.
Hay que completar por ello el eslogan del humanismo cristiano “todo lo humano es nuestro, pero nada inhumano nos es indiferente”. De ahí surge el compromiso de fe que lleva a la lucha por la justicia y a la defensa de los derechos humanos. El Reino de Dios no es algo espiritual que pasa por encima de las realidades históricas. La santidad se traduce en un crecimiento humano, porque Jesús viene a enseñarnos a ser personas. No todo lo humano es cristiano porque hay formas de vivir incompatibles con el evangelio, pero todo lo cristiano es humano, porque Jesús nos muestra un camino en las encrucijadas de la vida, una forma de reaccionar ante los acontecimientos, que es la que lleva a que el reinado de Dios se haga presente en la sociedad humana. Primero a partir de Jesús, luego desde los suyos, cuando se esfuerzan por vivir y establecer relaciones que testimonien la fraternidad humana y la filiación de todos respecto del Dios universal, el Padre de Jesús.
Se trata, por tanto, de ser cristiano las 24 horas del día, sabiendo llevar a cabo una síntesis entre la fe y la vida. O dicho de otra manera, no se trata de hacer en la vida compartimentos estancos y hay zonas que están bautizadas y otras que no. Ha de ser creyente en todas las dimensiones de su vida. Por ello, hay que recordar una y otra vez que “no deben oponerse falsamente entre sí las actividades profesionales y sociales, por una parte, y la vida religiosa, por otra” (GS 43). Porque no se trata de decir que se dedican unas horas semanales a tal o cual tarea eclesial o social. Pero ¿y el resto del tiempo?
 La Iglesia necesita laicos (cf. CHL 59) que vivan la unidad fe-vida, vida espiritual y vida secular: la vida familiar, el trabajo, el compromiso sociopolítico. Un laicado adulto, enviado al mundo, a lo secular, con conciencia de ser Iglesia, consciente de que su servicio es evangelizar la secularidad. Para ello deberá evitar ejercer su apostolado, o, misión, al margen de la Iglesia. Es decir, un apostolado secular desconectado del Reino, de sus pretensiones. A veces, los cristianos más militantes, más activistas, con el paso del tiempo han convertido su compromiso en una actividad desconectado del Reino y de la Iglesia. Son líderes sindicales, líderes políticos, animadores del barrio, pero han llegado a perder su fe. Pueden caer en el peligro de convertirse en sus propios anunciadores y al final no anuncian lo que la Iglesia anuncia, sino que llegan a anunciar sus propias ideas, no la propuesta del Evangelio ni del Reino. El otro polo del que deberán huir sería un apostolado exclusivamente intraeclesial, es decir, pensando que solo ejercen una acción evangelizadora cuando se dedican a tareas y servicios intraeclesiales, no siendo conscientes de que están llamados a ejercer su misión en el mundo, ya que lo especifico (que no exclusivo) del laicado es la condición secular.
Aunque su campo propio, pero no exclusivo, es lo secular, no es menos importante que han de ser ellos mismos quienes lleven a las comunidades cristianas y a la Iglesia particular propia las ilusiones, gozos, esperanzas y preocupaciones de la gente. Este camino de ida y vuelta es una de las características de la existencia cristiana laical. “Acostúmbrense los seglares a trabajar en la parroquia íntimamente unidos con sus sacerdotes; a presentar a la comunidad de la Iglesia los problemas propios del mundo, los asuntos que se refieren a la salvación de los hombres, para examinarlos y solucionarlos por medio de una discusión racional; y a ayudar según sus fuerzas a toda empresa apostólica y misionera de su familia eclesial” (AA 10).
2.2.- El laico, levadura en el mundo.
 Los laicos son el “alma de la sociedad” (CLIM 29), su presencia es a modo de fermento en medio de la ambigüedad de la realidad del mundo: las diversas posibilidades que tiene para acercarse al Reino o para contradecirlo. Al laico le toca manejarse con la economía, con la familia, con las organizaciones de poder, etc. Y esto es complicado y a veces lo hará mal y otras lo hará bien acercando al mundo a lo que Dios quiere de nosotros... Pero tiene que asumir esa realidad ambigua, esa es su condición. Hemos de recordar una y otra vez que una fe que empuja a los creyentes a huir del mundo e, incluso, a despreciarlo, no es la fe en ese Dios que “ha amado tanto al mundo que le he dado a su Hijo único” (Jn 3,16). Si en Jesucristo Dios se nos revela como Alguien que ama al mundo y viene a él para salvarlo, nosotros no podemos creer en ese Dios odiando el mundo y huyendo de él.
 El laico, inmerso en este mundo, se sabe enviado por el Señor y por la Iglesia, para construir el Reino de Dios en la vida cotidiana. Encarna su fe en la vida diaria, en el trabajo y en la fiesta, en el cuerpo y la sexualidad, en las relaciones y la convivencia, en la actividad intelectual o la creación artística, en el encuentro con la naturaleza. Actúa como fermento que transforma la masa. Sin protagonismos, en silencio y desde el mismo corazón de los acontecimientos y del mundo, transformando las actitudes y las pequeñas cosas de la vida cotidiana, con un testimonio sencillo de vida alternativa para conseguir un mundo diferente. Sólo cuando miramos desde la perspectiva de los últimos podremos ser auténticamente evangelizadores, en palabras del poeta Mario Benedetti: “Todo es según el dolor con que se mira”.
El creyente no ha de estar presente en las realidades seculares sin más y de cualquier manera. Para que su presencia sea efectivamente evangélica ha de estar impregnada de un inequívoco compromiso transformador a favor de la justicia y la igualdad (EN 18, 30-31). Ello lleva consigo una forma de opción preferente por los pobres y desfavorecidos como signo evangelizador por excelencia.
Su compromiso tienen como horizonte fundamental “la determinación firme y perseverante de empeñarse por el bien común, es decir, por el bien de todos y cada uno, para que todos seamos verdaderamente responsables de todos” (Sollicitudo Rei Socialis, 38). Es decir, una forma de afrontar la vida que tenga como preocupación fundamental el construir una auténtica humanidad, donde lo fundamental sea el nosotros y no el yo, empeñándose en  construir el bien común, es decir, buscando poner los medios más eficaces para crear las condiciones de vida social más apropiados para que todas las personas logren de la forma más plena y fácil su propia realización como personas.
Esta presencia y compromiso en las realidades terrenas y en la configuración del mundo en razón de la “justa autonomía” de las realidades temporales (GS 36), presupone libertad para la decisión y la actuación responsables. Tal libertad significa para el laico quedar libre de directrices concretas obligatorias provenientes del ministerio pastoral y doctrinal en ámbitos en los que los principios de la doctrina de fe o de costumbres deben encontrar su aplicación bajo la propia  responsabilidad en  las concretas situaciones del mundo.
La transformación del mundo, trasfondo de la evangelización nueva, comporta un conjunto de tareas:
- Buscar a Dios no en el templo, en la sacristía, sino en las realidades del mundo, en el hombre. Será, sobre todo, la búsqueda y el encuentro con Dios en el hombre, precisamente en el excluido, como Cristo en la cruz, en el nuevo templo donde está el Dios del mundo. Es el encuentro con Dios no en la “tienda del encuentro” de Moisés, sino “fuera del campamento, fuera de la ciudad santa, sobre todo fuera del templo”.
- Discernir los signos de los tiempos, los signos y las semillas del Reino de Dios, que ya están esparcidas por el mundo, percibiendo la obra del Espíritu en la humanidad.
- Denunciar los mecanismos injustos e insolidarios que conforman esta sociedad y que ocultan el rostro de Dios y contradicen su Plan. Pero ello conlleva también saber asumir la denuncia que desde la sociedad se nos hace: “no podemos predicar la conversión si no nos convertimos nosotros cada día” (CHL 42).
- Colaborar en la superación de los problemas fundamentales, orientándose en la creación de un mundo nuevo desde los impulsos de la fe. Como ciudadanos de la sociedad con derecho a participar en la vida social y política, no pueden renunciar al deber de participar activamente en la vida pública. Con su presencia en la vida pública, hacen presente a la Iglesia en el mundo y animan y transforman la sociedad según el espíritu del Evangelio. Al mismo tiempo participan en la Iglesia como hombres y mujeres de la sociedad civil (cf. CLIM 46).
- Considerar, como ya hemos dicho anteriormente, la opción por los pobres, implícita en la opción de fe, como mejor expresión de la caridad evangélica y elemento fundamental en la transformación de la sociedad, ya que los pobres son sacramento de Cristo.
- Apostar por la presentación y el anuncio explícito del Evangelio. Para evangelizar no bastan sólo las palabras, ya que se trata de comunicar “hechos salvíficos”, o lo que es lo mismo, el anuncio del Mensaje de Jesús no puede hacerse sin procesos de liberación y de apoyo solidario. Pero, para evangelizar, se requiere la confesión de la fe. No se puede anunciar a escondidas, de incógnito. Se evangeliza con obras y palabras. Por eso, es necesario optar por la presentación explícita del Evangelio.
- Estar en permanente diálogo crítico con la cultura y el sistema económico en el que vivimos. No “todo vale” en este mundo. Hay que ser seguidores de Jesús, con una actitud profética y crítica en esta sociedad secular en la que nuestra forma de vivir puede ir contra corriente.
- Actuar en el mundo con los principios, criterios y valores emanados de la Doctrina Social de la Iglesia: la defensa de la dignidad de la persona humana, la búsqueda del bien común, el destino universal de los bienes, el principio de solidaridad y de subsidiaridad, y los valores evangélico del amor, la justicia, la verdad, la libertad… (cf. Compendio Doctrina Social de la Iglesia, núm. 105-208).
- Colaborar al desarrollo integral del hombre: de todos los hombres y de todo el hombre (cf. GS 74; ChL 42).
- Aportar la novedad y originalidad de una vida según el espíritu de las Bienaventuranzas en sus ambientes de trabajo, en su familia, etc.: donde hay descalificación poner reconocimiento; donde hay confrontación poner respeto y diálogo; donde hay voluntad de poder, poner servicio; donde hay individualismo, interés personal o de grupo, poner solidaridad con los pobres; donde hay violencia personal e imposición poner sacrificio y esperanza.
Los laicos comparten las condiciones de la vida de las gentes, tratando de ser entre ellas el anticipo de una humanidad reconciliada en sí misma y en Dios. Su presencia en el mundo recuerda la distancia de éste respecto del Reino de Dios. A la vez, su carácter escatológico le empuja a descubrir y discernir las huellas de la salvación definitiva ya en el presente. Así viven la encarnación y la distancia, la solidaridad y el contraste, el compromiso y la esperanza: “Lo que es el alma en el cuerpo, eso han de ser los cristianos en el mundo” (Carta a Diogneto).
2.3.- Campos más significativos de actuación del laico.
Antes de exponer los diferentes campos de acción del laicado, es necesario decir que la primera renovación que ha de llevar es la de su propia vida, su visión del mundo, sus objetivos, deseos, modelos de comportamiento, relaciones, actividades, objetivos y aspiraciones, de cada uno, de cada persona. Este es el primer fruto de la conversión personal, sin el cual toda actuación apostólica del cristiano queda comprometida y bloqueada.
Enunciemos ahora algunos de los campos más significativos de actuación del laico, sin olvidar otros en los que el laico deberá comprometerse.
2.3.1.- El mundo de la familia.
Juan Pablo II invitaba a  las familias a que no reduzcan su campo de acción al ámbito procreativo y educativo: “la función social de la familia no puede ciertamente reducirse a la acción procreadora y educativa, aunque encuentra en ella su primera e insustituible forma de expresión. Las familias, tanto solas como asociadas, pueden y deben por tanto dedicarse a muchas obras de servicio social, especialmente en favor de los pobres y de todas aquellas personas y situaciones a las que no logra llegar la organización de previsión y asistencia de las autoridades públicas. (...) La función social de las familias está llamada a manifestarse también en la forma de intervención política, es decir, las familias deben ser las primeras en procurar que las leyes y las instituciones del Estado no sólo no ofendan, sino que sostengan y defiendan positivamente los derechos y los deberes de la familia. En este sentido, las familias deben crecer en la conciencia de ser “protagonistas” de la llamada “política familiar” y asumirse la responsabilidad de transformar la sociedad” (Familiaris Consortio, 44).
La vida familiar es uno de los campos prioritarios de realización de la vocación específica de los laicos. La acción más urgente deberá situarse en el cuidado y cultivo de la vida familiar en los siguientes ámbitos:
- Casarse en el Señor no es un asunto meramente individual y privado. Es además de un proyecto social, la realización de un proyecto de vida original y personal, en el que Dios está presente como vocación, un proyecto en vistas a la colaboración con el proyecto creador y salvador de Dios en Cristo, de instauración de Dios en la historia. Un proyecto en el que no deben perderse de vista valores como el amor, el trabajo, la transmisión de la vida, la educación en los valores fundamentales, la defensa de la vida, la convivencia y la relación personal.
- Recuperar la familia como auténtica y primera comunidad eclesial o “iglesia doméstica”. Que vuelva a ser primero un espacio donde se vive, se comparte, se comunica, se transmite y se celebra la fe cristiana tanto entre los esposos entre sí como con y entre los hijos (EN 71). Ella es la primera escuela de la vida cristiana. Y en ella la persona se abre a las necesidades de la sociedad en que vive.
- Crear estructuras de misericordia y reconciliación (Cf. FC 33) para con las situaciones de sufrimiento, de fracaso y de cruz, para con el “dolor de parejas en crisis o que viven separadas, el sufrimiento provocado por embarazos no deseados”, donde la Iglesia se haga presente no a través de condenas moralistas, sino “mostrando su corazón materno” (FC 33).
Por tanto, la familia cristiana tiene que ser una escuela de humanidad, escuela de solidaridad, justicia y paz, escuela donde se aprende a compartir. La familia ha de estar siempre abierta a la gran familia humana y debe hacer suyos los anhelos y aspiraciones de las familias más pobres.
2.3.2.- El mundo laboral y profesional.
El cristiano no puede concretar su compromiso al margen de su empresa y de su trabajo. Para ello debe en conciencia realizar una correcta realización del trabajo en su centro laboral, viviendo el compañerismo dentro de él. Vivir el compañerismo desde el amor conlleva también asociarse y plantear reivindicaciones colectivas en torno al derecho de los trabajadores. Es necesario humanizar las relaciones laborales. Empeño del laico cristiano será “convertir el lugar del trabajo en una comunidad de personas respetadas en su subjetividad y en su derecho a la participación y a desarrollar nuevas formas de solidaridad entre quienes participan en el trabajo común” (CHL 43); considerar a los compañeros de trabajo como prójimo, no como competidores; fomentar la comunicación de valores y el respeto ante las convicciones de cada uno; no transigir cuando se ridiculizan o desprecian personas y valores.
 Se necesita humanizar los ámbitos laborales y profesionales. Humanizar supone promover el redescubrimiento de la dignidad inviolable de cada persona, la “tarea central y unificante del servicio que la Iglesia y en ella los fieles laicos, están llamados a prestar a la familia humana (ChL 37). No se puede tratar a la persona como puro objeto, ni como un simple productor. No vale por lo que tiene o produce o la ventaja que proporciona a los otros, sino por lo que él es, por su origen y destino, en sí mismo, por sí mismo.
Es una exigencia primaria de la justicia social la participación en las reivindicaciones justas del centro de trabajo. No es aceptable el abandono o el descuido de tal participación, ni siquiera por haber tomado otros compromisos en el campo de la marginación, en el campo eclesial, etc., con la consiguiente carencia de tiempo. No se es coherente con la fe, aunque su compromiso más intenso lo desarrolle en otro cauce, si abandona o se inhibe en el compromiso que ha de adoptar en su centro de trabajo.
 Todos deberíamos preguntarnos sobre los efectos sociales de nuestros compartimientos económicos, laborales y profesionales. Los cristianos presentes en los medios laborales han de cultivar su conciencia de responsabilidad obrera y su solidaridad con cuantos carecen de trabajo o lo realizan en condiciones precarias. Asimismo, han de participar en las organizaciones obreras y la identificación con sus causas justas.
2.3.3.- El mundo político.
 Quizás la política sea el ámbito que se valora actualmente en nuestra sociedad con mayor pesimismo. Muchos cristianos abdican de sus responsabilidades en el ámbito de la política y “huyen” en el mejor de los casos, hacia el mundo de las ONGs y del asociacionismo; en el peor, hacia el “exilio interior” o los espacios de las nuevas místicas.
 La política no es una realidad divina –absoluta- y no se debe idolatrar; pero tampoco es diabólica y no se puede demonizar.
La fe tiene su propia incidencia en la dimensión social y política. El compromiso político-social no es mera consecuencia de la fe, sino una manera privilegiada del ejercicio de la caridad (cf. AA 5; CVP 60-61). “La vida teologal del cristiano tiene una dimensión social y política que nace de la fe en el Dios verdadero, creador y salvador del hombre y de la creación entera. Esta dimensión afecta al ejercicio de las virtudes cristianas o, lo que es lo mismo, al dinamismo entero de la vida cristiana. Desde esta perspectiva adquiere toda su nobleza y dignidad la dimensión social y política de la caridad. Se trata del amor eficaz a las personas, que se actualiza en la persecución del bien común de la sociedad” (CEE, Los Católicos en la Vida pública, 60).
La fe no se agota totalmente en lo social, sino que lo atraviesa, proyectando un sentido último del hombre y de la historia. Por tanto, la fe ha de expresarse y encarnarse en la opción y praxis política de los creyentes y, de alguna manera, la informa o influye en ella. No es legítimo privatizar la fe separándola de la política, posición que se está adoptando tanto desde sectores de derecha como de izquierda.
 Queda claro, por tanto, que en orden a la formación de la conciencia política de los cristianos, la Iglesia no puede ni debe proponer un proyecto político, ni una filosofía política, ni unas estrategias políticas de cristianos y para cristianos. Tal cosa estaría en contra de su razón de ser y del Evangelio, así como la autonomía política de cada cristiano. La Iglesia propone y aporta lo que le es propio: la fe, las actitudes que ella genera y los criterios de discernimiento que en ella están implícitos, para que sea el propio cristiano, en el seno de la comunidad, el que valore, desde ellos, todo aquello que le ofrece en la sociedad, y sea el mismo quien, con ayuda de la Iglesia establezca su propia coherencia.
2.3.4- Las Organizaciones Sociales.-
No puede haber una profundización y extensión de una auténtica democracia sin el desarrollo de organizaciones sociales intermedias (Movimientos ciudadanos, asociaciones de vecinos; del consumidor; asociaciones de enseñanza; sanidad; asociaciones ecologistas, feministas, pacifistas; asociaciones no gubernamentales, Cáritas, etc.). Es a través de ella como los ciudadanos pueden hacer llegar a los partidos políticos, a la Administración, sus problemas, aspiraciones más vitales, propuestas de solución y desde donde pueden también colaborar en la gestión de las medidas adoptadas. Es necesario que las organizaciones sociales no se reduzcan a la dimensión “asistencial”, sino que adquieran alcance estructural. Para ello hace falta analizar las causas de los males y dirigir el compromiso hacia ellas, aunque sea también inevitable la atención a las necesidades inmediatas más urgentes. También es muy importante superar los planteamientos, a veces, sectarios e insolidarios de estas asociaciones.
2.3.5.- Estimular y empeñarse en la creación de una cultura inspirada en los valores evangélicos.
a) Cultura de la solidaridad. 
 Todos experimentamos el influjo de los medios y ambientes culturales en los que nos movemos. Somos sujetos receptores, pero también, consciente o inconscientemente, creadores de cultura. Estamos llamados a favorecer una cultura de la solidaridad.
Todos estamos llamados a vivir en fraternidad y en solidaridad con los hombres y mujeres de nuestro entorno en el que vivimos, y también con los del mundo entero.
Ante la crisis económica, provocada por un modelo económico de signo capitalista-neoliberal, hemos de actuar con los imperativos de una eficazmente deseada cultura de la solidaridad. Compartir los bienes económicos, promover formas de producción más responsables y participativas, asumir la limitación de los propios ingresos en aras del bien común, distribuir mejor los recursos escasos, entre ellos el trabajo, pueden ser la expresión de una seria y eficaz voluntad de hacer un mundo inspirado por valores humanos, solidarios y fraternos.
b) La cultura del diálogo y de la paz.
 Frente a la cultura de la violencia, todos estamos llamados a promover una cultura del diálogo y de paz en la justicia. Todos estamos llamados a ser portadores de una cultura del diálogo y de progresiva pacificación en nuestra sociedad, de forma individual o agrupada.
 Ser agente de reconciliación y de paz supone haber logrado en sí mismo una actitud de tolerancia y respeto hacia el otro como persona, sean cuales fueren sus convicciones religiosas o ideológicas, a la vez que una gran confianza en sí mismo y en el valor de las propias convicciones para exponerlas sin pretender imponerlas.
 Habrá que estimular la recreación de foros sobre las situaciones necesitadas de reconciliación, de perdón, de paz, donde se pusieran de relieve y denunciaran todas las formas de exclusión, de violencia, de anatemas y fundamentalismo existentes en nuestro mundo.
III.- La acción de los laicos en la comunidad eclesial.
 Sin renunciar a lo dicho anteriormente de que lo especifico del laicado es la condición secular, hay que afirmar que lo eclesial también es propio del laicado. Con demasiada facilidad se ha hecho un mal uso, una mala interpretación o una manipulación del Concilio: “Si lo propio del laicado –se les dice- es la condición secular, eso es para vosotros; dejad los asuntos de la Iglesia para otros”.  Sin embargo, al bautismo nos hace sujetos de pleno derecho de la comunidad de seguidores de Jesús, esto es, de la Iglesia. Por el Bautismo, en el Espíritu, cada cristiano adquiere el título originario para participar en la misión evangelizadora de la Iglesia. Como miembro del pueblo de Dios el cristiano laico está llamado también a empeñarse en la construcción de la comunidad eclesial, a la que ha sido incorporado por el bautismo.
 El carácter secular no impide al laico ser activo en el interior de la comunidad eclesial, asumir en ella tareas y responsabilidades. “Los seglares tienen su papel activo en la vida y en la acción de la Iglesia, como participes que son del oficio de Cristo sacerdote, profeta y rey. Su obra dentro de la Iglesia es tan necesaria que sin ella el mismo apostolado de los pastores muchas veces no puede conseguir plenamente su efecto” (AA 10). Recordamos aquí lo dicho sobre los ministerios laicales: no se trata solamente de suplir las necesidades de la Comunidad cuando sean insuficientes los ministros sagrados; es la misma consagración bautismal la que les hace sujeto de derechos y deberes, llamándolos a asumir específicos papeles y ministerios, y a evaluar los dones espirituales y los carismas de cada uno para la causa del Reino de Dios.
 He aquí algunos de los campos de acción del laico en el interior de la comunidad:
- En la acción profética (o servicio de la Palabra) los laicos, desde el testimonio de vida, anuncian explícitamente a Jesucristo y denuncian todo lo que deshumaniza y se opone al Reino. Sirven a la comunidad en la educación de la fe, en las catequesis, en la reflexión compartida en la escucha de la Palabra y en el diálogo crítico sobre la vida para iluminar cristianamente lo cotidiano. Acogen y acompañan a las personas que se acercan a la comunidad, presentando el rostro maternal de la Iglesia.
- En la acción litúrgica. Para acercar la celebración a la vida es necesario impulsar la participación activa de todos en su preparación y realización. No solo están llamados a tomar parte activa en la celebración litúrgica en tareas y servicios concretos de monitores, lectores, cantores o participación en la ambientación del espacio celebrativo, junto que con los presbíteros que presiden la celebración, en la preparación y desarrollo de la misa. Los laicos, en el equipo de liturgia, deberían ayudar al presbítero en la preparación de la homilía, facilitándole la aplicación del mensaje de la Palabra de Dios a las circunstancias concretas de la vida de la comunidad y de la sociedad. Por otra parte, los ministros extraordinarios de la comunión colaboran en la distribución de la Eucaristía en las celebraciones o a las personas enfermas. Otra misión que han de realizar determinados laicos son las celebraciones de la palabra en ausencia del presbítero. También es fundamental la iniciación en la experiencia de oración personal y comunitaria.
- En la acción y servicio de la caridad. Han de organizar, coordinar y animar a la comunidad desde la clave del amor fraterno, canalizando y organizando la opción por los pobres de la comunidad, así como el compromiso por la justicia.
- En la comunión fraterna. Colabora en la edificación de la comunidad, construyendo la comunión, participando en los órganos de comunión existentes en la comunidad: Consejos de Pastoral y de Economía.
Para ejercitar la misión que el laico ha de realizar tanto en el mundo como en el interior de la Iglesia, ha de formarse y capacitarse. Saber estar en el mundo, conservando la identidad propia del cristiano, y saber escuchar la llamada de Dios que de ese mismo mundo brotan, ha de ser un objetivo de esta formación propia del laicado.
Conclusión.
 Hemos hablado de la misión del laico, pero no del mensaje y contenido de la misión, que ya hemos tratado en cursos anteriores. Solo recordar que el laico ha de  anunciar tanto en la sociedad civil como en la Iglesia a:
- Un Dios Amigo-Amiga, enamorado de sus criaturas; un Dios amante (lenguaje de los místicos) que no sabe ni quiere ni puede hacer otra cosa sino amar porque en su ser más íntimo sólo es Amor.
-  Un Dios, servidor humilde de sus criaturas, que no busca «ser servido sino servir»; un Dios al que lo único que le interesa es vernos vivir de manera digna y dichosa.
-  Un Dios grande, que no cabe en ninguna religión ni iglesia pues habita en todo corazón humano acompañando a cada persona en sus gozos y desgracias.
-  Un Dios que no deja sólo a nadie pues tiene caminos para encontrarse con cada uno sin que pasen necesariamente por la Iglesia.
-  Un Dios que ama el cuerpo tanto como el alma y el sexo tanto como la inteligencia; un Dios al que le encanta el ser humano, lleno de vida disfrutando de su creación.
-  Un Dios que sufre en la carne de los hambrientos y miserables de la tierra; un Dios que está en los oprimidos sosteniendo su dignidad, y en los que luchan contra la opresión alentando su esfuerzo liberador.
-  Un Dios que despierta siempre nuestra responsabilidad y pone en pie nuestra dignidad; un Dios que está con nosotros para «buscar y salvar» lo que nosotros estropeamos y echamos a perder.
-  Un Dios que nos quita los miedos y quiere desde ahora para todos paz y bienestar; un Dios que, lejos de provocar angustia ante la muerte, estará también entonces abrazando a cada persona mientras agoniza y rescatándola para la vida eterna.
- Un Dios que es una suerte poder encontrarlo en el mundo y en el fondo de nuestro corazón.
ORACIÓN
Señor, ábrenos los ojos
para ver la realidad como Tú nos enseñas a verla.
Que nuestra mirada,
ancha y amorosa como la tuya,
llegue a las personas ya los hechos de la vida.
Haznos valorar todo el bien que hacemos
y el que podríamos hacer.
Pon en nuestras manos acciones que liberen, que curen,
que transformen.
Pon en nuestra boca palabras que sean luz.
te lo pedimos, Jesús,
que eres mirada, acción y palabra entre nosotros. Amén.

TRABAJO EN GRUPO
1.- ¿Qué entiendes por estar infantilizado en la Iglesia? ¿Te sientes así? Si detectas actitudes en tu comunidad de infantilismo laical, ¿se te ocurren algunas pistas para poder cambiarlas?
2.- ¿Cómo haces presente al mundo en el que vives en tu comunidad eclesial? ¿Y cómo haces presente a la Iglesia en el mundo?
3.- Si la forma de reaccionar ante las situaciones humanas es lo que decide la pertenencia al Reino ¿Qué tienes que cambiar de tus reacciones cotidianas para ser testigo de ese reino?
4.- ¿Podrías poner ejemplos concretos de cómo llevar a la práctica las Bienaventuranzas y proponer alguno para comprometerte a hacerlo? ¿Podrías, como grupo, comprometeros a practicar alguna de las Bienaventuranzas?
5.- De los campos de actuación del laicado, ¿en cuál sientes que estás más comprometido y hay menos distancia entre fe y vida?