Donde y como encontrar a Dios

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En nuestro primer encuentro ya nos hemos preguntado ¿dónde está Dios? Volveremos en esta sesión a adentrarnos en preguntas similares, preguntas relacionadas entre ellas: ¿qué significa encontrar a Dios? ¿qué disposiciones se requieren para percibir su presencia? y ¿dónde encontrarlo?

 Veremos que quien se orienta hacia Dios vive una experiencia difícil de explicar, pero cada vez más inconfundible.

 

Busca, pero sobre todo es buscado.
Llama, pero sobre todo es llamado.
Da pasos, pero atraído y conducido por Alguien

No es él la fuente de la búsqueda. Lo que mejor define su postura es la acogida.


1. ¿Qué significa encontrar a Dios? ¿Es posible encontrarse con Él?

A lo largo de los siglos se han acumulado diversos testimonios de personas que supuestamente “han encontrado a Dios” o “se han encontrado con Dios”, y ese Encuentro ha marcado sus vidas de un modo radical, hasta la raíz de su ser, hasta empapar todos los aspectos de su proyecto vital. No me refiero únicamente a quienes consideramos como figuras clave de las grandes religiones, como Abraham, o Moisés, o Jesús de Nazaret, o Pablo de Tarso, o Mahoma, o los santos más destacables, sino que también me refiero a millones de personas creyentes que pasaron por la vida sin dejar más huella que el recuerdo de quienes les conocieron. A menudo es el testimonio de estos creyentes anónimos el que cuenta de una manera decisiva para que cada nueva generación se plantee la pregunta por Dios y se atreva a buscarle respuesta. Sin el testimonio de este padre o de esta madre, o de esa amiga, o de aquel párroco, o de aquella religiosa que conocimos, probablemente no se hubiera abierto en cada uno de nosotros el interrogante de la fe, o al menos no se hubiera mantenido abierto con la fuerza suficiente como para dar lugar a una búsqueda personal.

Es un hecho que ha habido millones de testimonios de Encuentro con Dios, aunque no todos hayan sido recogidos en relatos escritos. Pero no es seguro que todos esos relatos sean fidedignos, ni que recojan de veras un Encuentro con Dios. Es muy legítimo y prudente desconfiar de muchos de esos relatos, puesto que también han sido abundantes en la historia los fraudes, las confusiones y toda clase de manipulaciones. Es muy probable que algunos, e incluso muchos de tales relatos de supuestos encuentros con Dios, contengan exageraciones, distorsiones y falsedades más o menos inconscientes, o más o menos interesadas, que seguramente se fueron sedimentando con el paso del tiempo hasta ocultar la verdadera dimensión de los hechos. Pero, en todo caso, tras efectuar una criba cuidadosa con los testimonios de quienes dicen haber encontrado a Dios, nos encontramos con una importante porción de casos en los que cabe lo que podríamos llamar “una duda razonable”: no todos los testimonios de encuentro con Dios pueden ser descartados como autoengaño o como fraude, aunque no podamos disponer de todas las garantías de su veracidad.

Encontrar a Dios significa, en líneas generales, dar testimonio ante los demás seres humanos de que uno ha experimentado personalmente la Presencia de un Ser que te desborda por todas partes, pero que no anula la libertad ni sugiere que se abracen valores contrarios a los que otros muchos testimonios creíbles han puesto de manifiesto hasta el presente. Quien se encuentra con Dios puede exclamar: “No estoy solo. Tú eres el fundamento de mi ser. Tú estás en el origen y en mi destino último. Tú me conoces y me amas. No me abandonarás nunca. En ti apoyo mi ser. Nada ni nadie podrá separarme de tu amor y de tu gracia”. En el encuentro con Dios me siento acogido: “De ti, Señor, me viene la salvación” (Sal 3,9).

Pero nos preguntamos: ¿es posible encontrarse con Dios, tener una experiencia de Él? Puede que se piense que eso de la presencia de Dios era para otros tiempos. Por eso hoy hay que volver a hacer la pregunta: ¿es posible aquí y ahora en estos tiempos de secularización, de increencia e indiferencia religiosa, una experiencia de Dios? Es evidente que vivimos en una situación en la que el “Dios está aquí” de otros tiempos ha dado lugar al “dónde está Dios” de nuestros contemporáneos, que con frecuencia se convierte también para los creyentes en ¿dónde está nuestro Dios?

 En la Biblia se nos dice: “Buscarás al Señor, tu Dios, y lo encontrarás si lo buscas de todo corazón” (Dt 4,29). Dios siempre nos está buscando. Busca al que está lejos y al que está junto a él. Pero sólo se deja encontrar por quien, sostenido por su gracia, lo busca de todo corazón. Sólo habita allí donde se le deja entrar. De ahí la promesa de Jesús: “Buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá. Porque… el que busca, halla; y el que llama, se le abrirá” (Mt. 7,7-8)

2.- Actitudes necesarias para percibir su presencia .

Para percibir la presencia de Dios no es suficiente con destruir imágenes falsas e infantiles de Dios. Es necesario buscar personalmente su verdadero rostro. Y para ello, se requieren unas actitudes, una disposición para percibirla. “Cerca de ti está la Palabra, en tu boca y en tu corazón” (Rom 10,8), “Dios no está lejos de cada uno de nosotros” (Hch 17,27). Pero el hombre está disperso, vive tan fuera de sí, que no llega a percibir esta presencia.

Nos hemos de preguntar muy directamente: ¿te atreves a quedarte alguna vez solo contigo mismo? ¿Desciende de vez en cuando al fondo de tu corazón para darte cuenta de que dentro de ti hay un misterio último que te envuelve y que tú tratas de olvidar? Lo importante es abrirse a la vida hasta el fondo y acoger con confianza el misterio que te envuelve.

Muchas veces vivimos desde fuera. Nos alimentamos casi exclusivamente de lo que nos dicen. Lees la prensa, oyes la radio, ves la televisión, te conectas a Internet, te relacionas con la gente, pero casi nunca escuchas dentro de ti otra voz que no sea ese “ruido” que te entra desde el exterior.

Así no llegas a saber quién eres, qué buscas y hacia donde caminas. Difícilmente de esta manera podemos llegar a percibir a Dios. Por eso se necesita ejercer ciertas predisposiciones y recorrer un camino para que la Presencia de Dios pueda aflorar a la conciencia y reclamar nuestra adhesión personal. Dios no es percibido por miradas dispersas, perdidas en el divertimento, sin encuentro alguno consigo mismo, e identificadas con las modas vigentes o con las decisiones que otros toman por ellos. Por eso, para que la Presencia se posible, la persona debe pasar de la dispersión a la concentración, de la superficialidad a la profundidad, de la multiplicidad a la unificación.
 
Se requiere:

- La reflexión y el recogimiento. La búsqueda de la verdad. Antes que nada, tienes que hacerte unas preguntas: ¿quieres realmente conocer la verdad? ¿Dónde buscarla y con qué actitud? “No quieras ir fuera de ti mismo, es en el hombre interior donde habita la verdad” (San Agustín). Es bien sabido que en el llamado “socratismo cristiano”, el “conócete a ti mismo” era propuesto por una larga tradición de místicos como primer paso para el conocimiento de Dios. Teresa de Jesús afirma que un día de propio y humilde conocimiento vale más que muchos de oración” (Fundaciones 5,16), y Meister Eckhart dice simple y llanamente: “Nadie puede conocer a Dios si no se conoce primero a sí mismo”. Al mismo tiempo, la experiencia de Dios lleva al hombre a un ahondamiento de su interioridad, a un conocimiento más profundo de sus deseos, sus opciones, sus actitudes, sus emociones y sentimientos. Por eso, en el trasfondo del acto de creer se producen experiencias como éstas: la persona presta atención a lo mejor de sí misma; no contenta con explicar el funcionamiento de las cosas, se hace las preguntas más radicales: ¿Quién soy? ¿De dónde vengo? ¿Qué me espera? De ahí, que en el curso pasado nos propusimos adentrarnos en el misterio de la persona humana, en toda su estructura vital y sicológica. Para poder encontrar a Dios, es indispensable que lo busques dentro de ti mismo. Si no lo encuentras dentro de ti, no lo encontrarás en ninguna parte.
Y toda esta búsqueda de la verdad has de realizarla con una postura humilde y abierta. No se trata de esforzarnos por “poseer la verdad”, sino de dejar que la verdad se vaya apoderando de nosotros y nos transforme poco a poco.

- El Silencio. Solemos vivir muy agitados. Nos resulta difícil pararnos. No tenemos costumbre de entrar dentro de nuestro corazón. Y para hacerlo se requiere hacer silencio. Hemos de quedarnos en silencio y cerrar los ojos. Estar y escuchar con paz. Un filósofo y matemático británico A. Whiteheahc decía: “Religión es lo que hace uno en su soledad”. Si te quedas en silencio a solas contigo mismo podrás escuchar tus miedos y tus deseos más hondos. Aflorarán las preguntas que hay dentro de ti: ¿será grave lo que tengo?, ¿estaré acertando con la decisión que he tomado?, ¿qué va a ser de nuestro hijo?, ¿por qué me encuentro hoy tan mal?, etc. Y si continúas en silencio con paz empezarás a escuchar otras preguntas más hondas: ¿qué estoy haciendo con mi vida?, ¿Qué busco en definitiva?, ¿qué he de hacer para vivir de manera más plena?, ¿por qué he ido perdiendo contacto con Dios?, ¿por qué no lo dejo entrar en mi vida? No olvides que el silencio es el lenguaje de Dios.
El silencio es la condición para que la Palabra de Dios resuene en el interior del hombre, donde, callada pero permanentemente, mora y habla. Es la condición para que la luz interior brille y así ilumine la vida. La verdad solo se puede conocer en absoluto silencio, tanto el externo como el interno. Si al cerrar tus ojos tu mente está en silencio la puerta está abierta para conocer la realidad que te anima a vivir. Esa única realidad que llena tu alma de luz y claridad. El silencio es el vientre de donde nacen los sabios. Si deseas adquirir sabiduría, vuelve a nacer en medio del silencio. Solo así encontrarás tu razón de ser, la razón por la cual has nacido. Deja el temor y permite que el silencio te posea, solo en esa inmensidad podrás escuchar la voz de Dios dentro de ti llamándote a vivir plenamente, llamando para darte a conocer todos los misterios del universo y no solamente esto, también esa voz quiere darte a conocer el secreto de la vida eterna, pero cuidado, no creas en promesas, has que esta se convierta en tu única realidad. Solo en profundo silencio podrás comprender lo que significa todo esto y sobre todo el estar vivo.

- Liberarse de represiones. Oímos decir: “En el fondo yo desearía creer de verdad en Dios, pero no puedo. Todo me parece un engaño. No quiero complicarme de nuevo con aquellos cuentos que me contaron de niño”. ¿No te pasa a ti algo de esto? Tal vez tú vives reprimido en el campo de la fe, sin desarrollar de manera sana tu inquietud religiosa. Te has sacudido de encima una religiosidad infantil, pero no la has sustituido con nada. Tal vez te has instalado en una vida pragmática y superficial que te impide llegar con un poco de hondura al fondo de ti mismo. En tu vida apenas queda sitio para Dios. Ese Dios en el que a veces quisieras creer y confiar queda como tapado, encubierto por toda clase de prejuicios, dudas y recelos que nacen de ti.  No seas esclavo de tus prejuicios, y comienza a desarrollar, aunque con las dificultades propias de tus represiones, tu inquietud religiosa. Toma conciencia de lo que te puede estar pasando. Dios es más grande que todos nuestros esquemas y discursos. Él está  latente en lo más íntimo de tu ser, aunque tú lo hayas olvidado.

- Acércate al misterio de Dios con el corazón abierto. No esperes a resolver en tu cabeza los interrogantes y las dudas que te hacen sufrir. Aun en medio de oscuridades, dudas e incertidumbres pueden nacer en ti la fe, si sabes abrirte a Dios con honestidad y confianza. Tú mismo lo puedes observar. Es fácil que, después de discutir, hablar o pensar sobre “cosas de religión”, te sientas tan frío o más que antes. Y es fácil que le sientas a Dios más cercano, si sabes decir despacio desde el fondo de tu corazón: “Dios mío, no acierto a creer en ti. No sé buscarte, pero te necesito. No te olvides de mí”.

- Libertad frente a los bienes, riquezas y apegos de este mundo. La dificultad principal para encontrar a Dios, o para dejarse encontrar por Él, en las sociedades ricas, es que las gentes ya no le buscan. “¿Para qué he de buscar a Dios, si ya encontré la salvación en el consumo adaptado a mi poder adquisitivo?” —se  pregunta el hombre contemporáneo si llega el caso—. “¿Para qué tendría que buscar a Dios, si encontré la felicidad en el seguimiento a mi equipo favorito? ¿Para qué debiera buscar a Dios, si el sentido de la vida me viene del éxito en mi empleo o en la política? ¿Para qué buscar a Dios, si cuando me falle la plenitud que encuentro en el sexo, la ciencia me proporciona el Viagra?”. En semejante contexto, pareciera que Dios se ha vuelto irrelevante: “¿Qué tipo de salvación es la que ofreces, Dios? ¿Acaso puedes competir con la amenidad de los concursos de la TV y con las facilidades que dan las tarjetas de crédito? ¡Estás pasado de moda, Dios, ya no sirves para salvar a nadie! ¡Apenas eres un consuelo para viejos y para niños! ¿Quién va a seguirte de adulto si tu salvación sale perdiendo frente a la competencia?”. Ciertamente los bienes, las riquezas, el consumo y los ídolos de este mundo nos llevan a adorar y a tener “dioses” para los que vivimos en este mundo, de los cuales creemos procede la salvación y la felicidad, privándonos de libertad para poder dirigirnos hacia el verdadero Absoluto. Necesitamos cultivar una sana sospecha ante nuestros autoengaños y justificaciones. No es bueno vivir de falsas consignas: “Todo da igual”, “lo importante es sentirse bien”, “no se puede saber nada”. Hemos de reconocer nuestras incoherencias y contradicciones. Decía San Agustín: “Puedes mentir a Dios, pero no puedes engañarle. Por tanto, cuando tratas de mentirle, te engañas a ti mismo”.
No te engañes. Tenemos miedo a plantearnos la vida en toda su verdad. Nos da miedo cualquier experiencia que pueda poner en peligro nuestro pequeño mundo de bienestar, olvidándonos a descubrir el vacío y la mediocridad de nuestra vida. Preferimos seguir “funcionando” sin Dios porque Dios nos recuerda exigencias profundas. ¿Me atrevo ya a plantearme en serio la verdad última de la vida?

- El deseo de Dios y el des-centramiento. Un discípulo fue donde su maestro y le dijo: “Maestro, quiero encontrar a Dios”. El maestro, sonríe. Y como hacía mucho calor, invitó al joven a acompañarlo a darse un baño en el río. El joven se zambulló, y el maestro hizo otro tanto. Después lo alcanzó y lo agarró, teniéndolo por la fuerza debajo del agua. El joven se debatió por algunos instantes hasta que el maestro lo dejó volver a la superficie. Después le pregunta qué cosa había deseado más mientras  estaba debajo del agua. “El aire”, respondió el discípulo. “¿Deseas a Dios de la misma manera?”, le pregunta el maestro. “Si lo deseas así, lo encontrarás. Pero si no tienes esta sed ardiente, de nada te servirán tus esfuerzos y tus libros. No podrás encontrar la fe, si no la deseas como el aire para respirar”. El que desea buscar a Dios llegará a descubrir que él es el buscado por Dios. “Fuiste tú quien me excitaste para que te buscase” decía la Imitación de Cristo (Libro II, 21,27). Y así, la persona comienza a querer “salir de sí”, a “vivir para”, es decir, ser libre viviendo para el Otro y para los otros. Su vida ya no está centrada en sí mismo, en el centro de sí mismo se encuentra ya Dios. Hay búsqueda de Dios donde hay deseo. Ese deseo de Dios puede transformar cada duda, cada oscuridad o cada interrogante en punto de partida para una búsqueda más profunda.

- Aceptar y reconocer la finitud. La fe conlleva aceptar y reconocer la propia finitud: Yo no soy todo; yo no puedo todo; no soy el dueño de mi ser. Soy un ser en relación con la trascendencia, lo que yo soy me viene dado por ese Otro. En esto consiste la radical confianza, en dejarme hacer por el Otro y ponerme a su disposición. Esta confianza conlleva un descentramiento producido por la aceptación de ser desde otro y no disponer de la propia existencia. Sin tal descentramiento es imposible el reconocimiento del Absoluto, el encuentro con el origen de mi vida. Y desde la aceptación de nuestra finitud, reconocer también nuestro pecado: “Oh, Dios, ten compasión de mí, que soy pecador” (Lc. 18,13). En el interior mismo de nuestro pecado, Dios nos sigue buscando, llamado, amando. Así se revela en Jesús: “Yo no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores” (Mc. 2,17).

La vivencia de la experiencia del encuentro con Dios comporta una serie de emociones y sentimientos, llenos de contrastes: Alegría y sufrimiento; satisfacción y serenidad; entusiasmo que saca de sí y reconciliación interior; sobrecogimiento y fascinación; respeto y amor; seguridad absoluta y exposición al máximo de riesgo; sentimiento de plenitud y radical vaciamiento; sentimiento de indignidad y autoestima agradecida. La persona humana al encontrarse con Dios se siente gratificada, tranquila, sosegada, abandona sus deseos más inmediatos, renunciando a la realización de sí mismo desde su yo convertido en centro, para realizarse más allá de sí mismo. Pasa de la muerte a la vida, dicho evangélicamente: se atreve a perder su vida para salvarla. De ahí, que San Ignacio hable de los momentos de “consolación” y desolación” de la persona en su encuentro con Dios.

3. ¿Dónde encontrar a Dios?

 Dios no es sólo trascendente ni sólo inmanente. Además es transparente. “Transparencia” significa la presencia de la trascendencia dentro de la inmanencia. En otras palabras, significa la presencia de Dios dentro del mundo, y del mundo dentro de Dios. Nuestro Dios emerge, aparece a través del hombre y del mundo, los cuales se tornan transparentes para Dios. Dios es real y concreto, porque no vive por encima y fuera del mundo, sino en el corazón mismo del mundo y más allá de él; dentro, pero sin agotarse ahí ni convertirse en una pieza del mundo.

Pero, ¿cómo llegar a percibir esa transparencia de Dios? ¿donde encontrar a Dios?. Ésta es la pregunta de no pocos. En realidad hay muchos caminos para abrirse a Dios. Tantos como personas. Cada vida puede ser un camino hacia ese Dios amigo que está en el fondo de todo ser humano. Pero veamos algunos de esos caminos y experiencias.

a) En la fuente de la vida

A Dios hay que buscarlo siempre en la fuente de la vida. Ésa es la dirección acertada. A través de los diferentes acontecimientos, experiencias o encuentros con personas, hemos de andar hacia la fuente. Lo importante es no pasar superficialmente junto a lo esencial. Escuchar. Estar atentos a todo lo que es origen, crecimiento y despliegue de vida más humana y liberada. Dios está ahí: en ese deseo de vivir de forma más honesta y generosa; en el esfuerzo por una convivencia más justa y pacífica; en la comunicación más respetuosa y cercana a los demás; en la búsqueda de mayor transparencia interior; en la defensa firme de la dignidad de toda persona humana; en la capacidad de dar y recibir, de amar y ser amado; en el acercamiento servicial y solidario al necesitado que sufre; en la capacidad de renovarse y vivir con esperanza a pesar del desgaste, el pecado y las contradicciones de la vida.

Dios está ahí. Cuando el ser humano trabaja y lucha, cuando ama, goza o sufre, cuando vive y cuando muere, no lo hace solo, sino acompañado y sostenido por la presencia de Dios. Nosotros podemos estar atentos o no prestarle atención alguna, podemos acogerlo o rechazarlo, pero el Espíritu de Dios está ahí, siempre como dador de vida.

 El Dios que se nos revela en Jesús es un Dios que interviene en la vida del hombre sólo para salvar, para liberar, para potenciar y elevar la vida de los hombres. Un Dios que está siempre al lado del hombre frente al mal que le oprime, lo desintegra, lo deshumaniza. Un Dios que quiere únicamente el bien del hombre.

b) En la experiencia del vivir diario

No hace falta añorar experiencias extraordinarias. Con ojos limpios y sencillos, a Dios se le puede intuir en experiencias normales de la vida cotidiana: en nuestras tristezas inexplicables, en el deseo insaciable de felicidad, en nuestro amor frágil e inconstante, en las añoranzas y anhelos, en las preguntas más hondas, en el mal sabor del pecado oculto, en nuestras decisiones más responsables, en la búsqueda sincera.

Hemos de recuperar aquella verdad del viejo catecismo: Dios está en todas partes. Está, sin duda, en las mil experiencias positivas de la vida: en el hijo que nace, en la fiesta compartida, en el trabajo bien hecho, en el acercamiento íntimo de la pareja, en el paseo que relaja, en el encuentro amistoso que renueva, en el disfrute de la música. ¿Por qué no elevar el corazón a Dios y dar gracias?

Pero está también en las experiencias más dolorosas y duras. A veces podemos captar su cercanía en nuestra propia soledad. En el fondo, todos estamos solos ante la existencia. Esa soledad última sólo puede ser visitada por Dios. Si penetramos hasta el fondo en nuestro desamparo, tal vez escuchemos la invitación a reconocer la presencia del Amigo fiel que acompaña siempre. ¿Por qué no abrirnos a él?

También en el sufrimiento puede el corazón humano orientarse hacia Dios. El mal físico o moral nos desgarra. No hemos nacido para sufrir. La muerte de un ser querido, el anuncio de una enfermedad incurable, la frustración de un amor, el fracaso de una empresa importante… son acontecimientos que pueden despertar la desesperación, pero son también experiencias que nos ponen en contacto con nuestra caducidad en toda su desnudez y nos invitan a una respuesta más radical. También entre lágrimas se puede escuchar la presencia de Dios: “No temas. Yo estoy contigo. Soy tu Dios y tu Salvador. Eres precioso a mis ojos, y yo te amo” (Is 43). ¿Por qué no quejarnos ante él?, ¿por qué no buscar su salvación?

Otras veces podemos encontrar a Dios en nuestra mediocridad. Van pasando los años, y siempre la misma pobreza. Cambian las cosas pero nosotros no cambiamos. Y llega el desgaste, el envejecimiento interior y el cansancio. Siempre esa dificultad para creer y esa resistencia a amar. Siempre el mismo pecado. Dios está también ahí. Su presencia es respeto, amor y comprensión. ¿Por qué no invocarle?

Podemos también intuirlo a través de nuestras dudas y confusión. Cuando todo parece tambalearse y no acertamos ya a creer en nada ni en nadie, queda Dios. Cuando nadie puede ayudar, cuando parece que no hay salida y todo es inútil, Dios está ahí. No pienses si eres creyente o no. Dios entiende, ama y lo conduce todo hacia el bien. ¿Por qué no confiar en él?

 El Dios que se nos revela en su Hijo Jesús es un Dios discreto que n o humilla. No es un Dios exhibicionista que se ofrece en espectáculo. Es un Dios oculto en la historia, que se ofrece como fuente de vida y de sentido a todo el que se abre a su gracia.  A este Dios cercano lo podemos escuchar en las experiencias normales de nuestra vida. Solo necesitamos unos ojos más limpios y sencillos, una atención más honda y despierta hacia el misterio de la vida, una escucha fiel de los innumerables mensajes y llamadas que irradian la misma vida.

c) Experiencias de especial “densidad”

Dentro del vivir diario, pueden darse momentos en los que la invitación a advertir la presencia de Dios puede ser más perceptible. La vida misma, vivida con suficiente hondura, ofrece experiencias que, por su densidad, nos pueden remitir más allá de nosotros mismos.

Algo de esto puede suceder cuando, en medio de trabajos y penas, perseveramos en una vida digna desde una fuerza cuyo origen no acertamos a abarcar; cuando hemos perdonado sin que ese perdón callado haya sido valorado por nadie; cuando nos hemos sacrificado por alguien sin que nuestro gesto haya merecido reconocimiento alguno, e, incluso, sin sentir satisfacción interior; cuando nos hemos arriesgado en una decisión noble siguiendo exclusivamente la voz de la conciencia, sin poder dar más explicaciones a nadie; cuando hemos hecho algo por “puro amor” aunque nuestro gesto pudiera parecer absurdo o ingenuo; cuando sufrimos el mal sin desesperar, apoyados en “algo” que se nos escapa; cuando oramos en medio de las tinieblas y “sabemos” que estamos siendo escuchados aunque no podemos mostrar ninguna prueba que lo verifique.

d) La experiencia del amor

No hemos de olvidar que Dios es Amor. Por ello, el amor o la amistad verdadera pueden ser la mejor experiencia para vislumbrar a Dios. Creados a imagen de ese Dios Amor, la experiencia amorosa puede ser punto de partida, siempre imperfecto pero auténtico, para elevar el corazón hacia el verdadero Dios.

En la medida en que dos seres se aman sinceramente, purificando su amor de egoísmos y posesividad, podrán captar en su intercambio amoroso, de forma tenue pero real, el amor mismo de Dios. Si ahondan en su experiencia, tal vez perciban que en su amor hay "algo más" que lo que ellos se pueden comunicar; tal vez intuyan que es el Amor la fuente oculta y misteriosa de la que provenimos y a la que estamos llamados.

En el fondo de toda ternura compartida, en todo encuentro amistoso, en la solidaridad generosa, en el deseo último enraizado en la sexualidad humana, en el amor de los esposos, en el afecto entre padres e hijos, en la entraña de todo amor, ¿no está vibrando, de algún modo, el amor creador de Dios? Así dice san Juan: “A Dios nadie lo ha visto nunca. Si nos amamos mutuamente, Dios está con nosotros y su amor está realizado entre nosotros; y esta prueba tenemos de que estamos con él y él con nosotros, que nos ha hecho participar de su Espíritu” (1 Jn 4,12-13).

La conversión que siempre necesitamos los cristianos es el paso progresivo de un Dios como Poder indefinido a la aceptación de un Dios adorado gozosamente como Amor poderoso.

e) El amor al que sufre necesidad

Pero Dios no es amor de cualquier manera. Es amor gratuito. Por eso, el mejor camino para acercarnos a él es abrirnos gratuitamente a la necesidad del hermano. Sería una equivocación quedarnos sólo en el amor que busca ser correspondido. Es necesario aprender a amar buscando desinteresadamente el bien del otro, trabajando por un mundo más justo y solidario, sirviendo al necesitado. Podemos decir que el lugar privilegiado para encontrar a Dios es el pobre, el necesitado, el que ha sido excluido del amor interesado de todos. Este amor real y gratuito al prójimo que no nos puede corresponder se convierte en el criterio decisivo y purificador de todo otro camino o experiencia. A Dios lo hemos de buscar no donde nosotros quisiéramos, sino donde mejor puede ser encontrado.

Queremos recordaros la conocida parábola de Jesús sobre el juicio final. Según el relato, son declarados benditos del Padre los que han hecho el bien a los necesitados: hambrientos, extranjeros, desnudos, encarcelados, enfermos; no han actuado así por razones religiosas, sino por compasión y amor al que ven sufrir. Los otros son declarados malditos no por su incredulidad o falta de religión, sino por su falta de corazón ante el sufrimiento ajeno (Mt 25,31-46).

Dios, amor gratuito, encarnado en Jesús, está, precisamente por ello, identificado con el pobre. Lo que se hace a uno de esos pequeños, se le hace a él. Por eso, lo que conduce hacia Dios es el amor al que sufre. Nunca la religión podrá suplir la falta de este amor. En estos momentos en que no pocos viven una fe vacilante y sin caminos claros hacia Dios, os queremos recordar a todos este mensaje esencial de Jesús: hay un camino que siempre conduce a él: el amor al necesitado. Éste es el camino universal, accesible a todos. Por él peregrinamos hacia el Dios verdadero creyentes y no creyentes. 

 El verdadero poder de Dios está en la impotencia, la humillación y el sufrimiento con los débiles y crucificados. Precisamente eso es lo que descubrimos en la cruz. Dios no es impasible ni insensible a nuestro sufrimiento. En la cruz descubrimos sorprendidos que Dios sufre con nosotros. Nuestra miseria le afecta. Nuestro sufrimiento “le salpica”. Dios no puede amarnos sin sufrir.

 De cuanto hemos dicho, podemos decir, que la presencia de Dios es tan penetrante que “habita” lo más recóndito de nuestra intimidad. San Agustín lo experimentó y lo expresó magistralmente cuando dijo que la presencia de Dios era “más íntima que nuestra propia intimidad! Pero a continuación expresó también que esta inhabitación de Dios en lo más profundo de nosotros mismos no era un modo de poseer o expresar a Dios en nosotros. Su libertad es máxima. La experiencia del creyente, cuando tratamos de retener o apresar a Dios, se nos escurre y lo perdemos. De ahí que la experiencia creyente diga, como señalaba a continuación San Agustín, que Dios era “superior o más trascendente que todo lo que poseo”.


TRABAJO PERSONAL

1.- Deberíamos comenzar siendo sinceros ante cuanto vivo, y tratar de responder: ¿Qué es lo que ahora de verdad me importa en la vida? ¿Me importa Dios de verdad? ¿Estoy dispuesto  a buscarle? ¿Qué deseos hay dentro de mí?:

- Quiero vivir con más luz y más verdad.
- Quiero vivir con más profundidad, conectando con lo esencial.
- Quiero vivir de manera más digna y responsable.
- Quiero vivir con más alegría.
- Quiero vivir desde dentro y no sólo desde fuera.
- Quiero encontrar un camino acertado para vivir.
- Quiero vivir de manera más intensa y constante.
- Quiero llenar mi vida de amor.
- Quiero…

2.- Intenta completar estas frases sin pensarlo mucho, de modo espontáneo y sin intentar controlar o corregir lo que salga:

Si mis necesidades no estuviesen cubiertas y sintiese con mucha fuerza carencias y vacíos sin llenar, mi relación con Dios sería……….

Si viviese más dentro de mí, si dedicase más tiempo a estar conmigo mismo, mi relación con Dios….

Si me conociese más, mucho más, no sólo mis defectos sino mis riquezas, mi relación con Dios……

Si buscase momentos de tranquilidad y silencio, mi relación con Dios……..

Si lograse hacer silencio dentro…………

Si desease a Dios como desea el aire quien se ahoga, mi vida……..

Si mi motor, mi energía, lo esencial de mí, lo que me sostiene y me hace ser fuese Dios……….

3.- ¿Qué significa para mí, con mi modo se ser, y para mi vida, con mis circunstancias concretas, ver a Dios en todo?

¿Me considero una persona agradecida? ¿Mi mirada es agradecida o se dispersa en lo que falta, lo que es negativo, lo que no tendría que ser así…? ¿Me abro a los demás? ¿Soy capaz de llamarlos en mis momentos malos? ¿Confío en ellos?

4.- ¿Cómo vivo todo lo anterior en la relación con Dios?

¿Soy consciente de experiencias densas en mi vida? Imagínate contando a alguien el papel que Dios ha jugado en tu manera de vivirlas.

¿Experimento a Dios en mis experiencias de amor?

¿Cómo me suena eso de que el lugar privilegiado para encontrar a Dios es el pobre? ¿He vivido la experiencia de haberle encontrado ahí, en las pobrezas y debilidades de los demás, más claramente y de modo más fácil que en cualquier otro lugar? ¿También en el pobre y necesitado que hay en mí? ¿en mis debilidades? ¿en mis andrajos y suciedades? ¿Mi relación con Dios me lleva a estar más en los lugares de pobreza o no veo relación entre ambas cosas?

 


ORACIÓN

“Buscarás al Señor, tu Dios, y lo encontrarás si lo buscas de todo corazón” (Dt. 4,29)

“Escucha, Señor, que te llamo; ten piedad, respóndeme. Oigo en mi corazón “buscad mi rostro”. Tu rostro buscaré, Señor, no me escondas tu rostro” (Sal. 26, 7-9)

Vamos a orar en este mes teniendo muy presente la oración de San Agustín:

No le reces a Dios mirando al cielo,
¡mira hacia adentro!
No lo busques a Dios lejos de ti,
sino en ti mismo...

No le pidas a Dios lo que te falta:
¡búscalo tú mismo!, y Dios lo buscará contigo,
porque ya te lo dio como promesa
y como meta
para que tu lo alcances...

No reproches a Dios por tu desgracia;
¡súfrela con Él ! Y Él sufrirá contigo;
y si hay dos para un dolor, se sufre menos...

No le exijas a Dios que te gobierne,
a golpe de milagros, desde afuera;
¡gobiérnate tú mismo!
con responsable libertad, amando,
y Dios te estará guiando
¡desde adentro y sin que sepas cómo!
 No le pidas a Dios que te responda cuando le hablas;
¡respóndele tú!, porque El te habló primero;
y si quieres seguir oyendo lo que falta
escucha lo que ya te dijo.

No le pidas a Dios que te libere,
desconociendo la libertad que ya te dio.

¡Anímate a vivir tu libertad!
y sabrás que sólo fue posible
porque tu Dios te quiere libre.

No le pidas a Dios que te ame,
mientras tengas miedo de amar
y de saberte amado.

¡Ámalo tú!
y sabrás que si hay calor es porque hubo fuego
y que si tú puedes amar es porque El te amó primero.

 

Hay personas que han tenido la experiencia de “tener a Dios”. Dios es el ser más cercano que existe, pero también el más misterioso. Cuando creemos que lo hemos “atrapado”, se nos escapa y nos deja desorientados, perplejos, abatidos. ¿Has vivido esta experiencia? ¿Cuándo y cómo te ocurrió?

Otras veces parece que queremos dejar de buscar, y en esos momentos quizá se nos hace cercano, nos susurra algo con el viento de la tarde o con la sonrisa de un anciano cargado de canas y de ternura. ¿Has vivido experiencias semejantes? Revívelas en tu interior.

Y también nos hemos encontrado en momentos de la vida, en los que nuestro abatimiento, el sinsentido en el que nos encontrábamos metidos, el vacío y la angustia vital, nos llevaban a buscar, querer encontrar algo que nos sacara del pozo en el que estábamos metidos. ¿Cómo te encontrabas? ¿Qué bullía dentro de ti?

Buscar a Dios implica tener el corazón preparado. No es posible salir tras sus huellas cuando tenemos tal bullicio interior que ni nos deja escucharnos a nosotros mismos... No es posible caminar hacia Él si estamos atados a las mil cosas y pequeñeces de todos los días. No es posible exigirle que baje a nuestras raquíticas medidas, si no ponemos de nuestra parte un poco de esfuerzo para poder salir del cerco del propio egoísmo y pequeñez.

1.- Para poder encontrar a Dios necesitamos vivir con libertad, dejar atrás los ídolos que nos esclavizan, y comenzar a querer vivir en la verdad.

 Trata de adentrarte en tu vida. Observa qué es lo que hoy te quita libertad, te condiciona, te impide vivir como tú quisieras…

 En esta sociedad capitalista-consumista, valoramos más el tener que el ser, tenemos un afán desmedido por consumir, creemos que “teniendo” llegaremos a conseguir la salvación, la felicidad.  Reflexiona ante el Señor en qué medida el consumo te ata, te obsesiona, te hace vivir para él…

Mira todo cuanto crees hay de pecado en tu vida, procura no justificarte, sólo reconócelo ante en Señor y exclama: “Oh Dios, ten compasión de mí, que soy pecador” (Lc. 18,13)

 Dice Pablo: “hermanos, no somos hijos de esclava, sino de la mujer libre. Para que seamos libres nos liberó el Mesías; con que manteneos firmes y no os dejéis atar de nuevo al yugo de la esclavitud” (Gal. 4,31-5,1)

“Espíritu libre, líbranos de todo lo que nos hace esclavos, llámanos a la libertad.”

 Haznos libres de la mirada que juzga y condena,
 libres para reconocer cuando nos equivocamos,
 libres para decir lo que sabemos y reconocer lo que no sabemos,
 libres para sentir y agradecer lo que recibimos de las demás,
 libres para curar a otros y otras de sus heridas  y curar las nuestras,
 libres para escuchar con el corazón,  para estar dispuestos a cambiar,

“Líbranos, Espíritu liberador de todo lo que nos esclaviza. Danos tu libertad”

 Llámanos a liberarnos de los sistemas que excluyen,
 Llámanos a vivir libres de estructuras que oprimen,
 Llámanos a vivir libres de prácticas que nos esclavizan,
 Libéranos de los sentimientos de culpabilidad,
 del temor y de todo lo que nos impide seguir adelante,
 Ayúdanos a luchar contra todo lo que niega la libertad de cada ser humano

“Danos tu fuerza, Espíritu Bondadoso, para que usemos proféticamente nuestra libertad”

 Para liberar a otras personas.
 para liberar a toda la humanidad y a la Creación,
 para liberar de la violencia, la intolerancia,
 para acercarnos a Dios y a los demás tal y como somos, pero con todo lo que somos,
 para tomar decisiones valientes y vivir la Justicia según el Espíritu.


2.- Para poder encontrarse con Dios es necesario descender al fondo de sí mismo, reflexionar, recogerse, no vivir dispersos, profundizar en los grandes interrogantes de la vida: “No quieras ir fuera de ti mismo, es en el hombre interior donde habita la verdad” (San Agustín).

 Te sugiero que en este mes veas un poco menos la TV. y dediques ese tiempo a intentar responder a las preguntas que más te puedan inquietar en la vida, v.g.: ¿qué sentido le he ido dando a mi vida hasta ahora? ¿Cómo quiero vivir? ¿Cómo he buscado ser feliz? ¿Qué es para mí la felicidad? ¿Qué tendríamos que hacer para que este mundo fuera diferente? ¿Qué me duele de este mundo? ¿Qué sentido le doy al dolor, a la enfermedad, a la muerte? ¿Qué impide que, en determinados momentos, me relacione bien con los otros? ¿Qué espero ahora en la vida? ¿Que me llena de Dios? ¿Qué dudas me asaltan? ¿Por qué me cuesta sentirme “Iglesia”? ¿Qué debería cambiar en la Iglesia?...

 Otra sugerencia: dedica una tarde a la semana a dar un paseo por algún sitio donde no haya mucho ruido, y procura meterte en tu interior.

 “Como busca la cierva corrientes de agua, así mi alma te busca a ti, Dios mío; tiene sed de Dios, del Dios vivo: ¿cuándo entraré a ver el rostros de Dios” (Sal 41,2-3).

 “Habla, Señor, que tu siervo escucha” (1 Sam 3, 9-10)

3.- Al hacer silencio, ponemos nuestra esperanza en Dios.

Sin el silencio difícilmente llegaremos a encontrar con Dios. Huimos de él, nos da miedo el silencio.

 Cada día procura tener de cinco a diez minutos de silencio. Pero no sólo hagas silencio exterior, también interior.

¿Cómo llegar al silencio interior? A veces permanecemos en silencio, pero en nuestro interior discutimos fuertemente, confrontándonos con nuestros interlocutores imaginarios o luchando con nosotros mismos. Mantener nuestra alma en paz supone una cierta sencillez: “No pretendo grandezas que superan mi capacidad.” Hacer silencio es reconocer que mis preocupaciones no pueden mucho. Hacer silencio es dejar a Dios lo que está fuera de mi alcance y de mis capacidades. Un momento de silencio, incluso muy breve, es como un descanso sabático, una santa parada, una tregua respecto a las preocupaciones.

La agitación de nuestros pensamientos se puede comparar a la tempestad que sacudió la barca de los discípulos en el mar de Galilea cuando Jesús dormía. También a nosotros nos ocurre estar perdidos, angustiados, incapaces de apaciguarnos a nosotros mismos. Pero también Cristo es capaz de venir en nuestra ayuda. Así como amenazó el viento y el mar y “sobrevino una gran calma”, él puede también calmar nuestro corazón cuando éste se encuentra agitado por el miedo y las preocupaciones (Marcos 4).

Todos los días busca unos momentos tranquilos. Respira tranquilamente, relájate, siente todo tu cuerpo, inspira y espira, siente cada parte de tu cuerpo, llega a percibir las sensaciones de cada parte de tu cuerpo. Y después reza el Salmo 31: “Mantengo mi alma en paz y en silencio… Pon tu esperanza en el Señor, ahora y por siempre.”

 Imagínate que eres como un niño pequeñito que está en brazos de su madre. No necesitas decir nada, sólo calla, y percibe todo su amor y ternura en la cercanía de su cuerpo. “Acallo y modero mis deseos, como un niño en brazos de su madre.”. Solo surge de mí, alabanza, acción de gracias, confianza… Reza el salmo 62.

4.- Desear a Dios.

 Nuestra fe crece no cuando hablamos de Dios o discutimos “sobre religión”, sino cuando crece nuestro deseo de abrirnos a él. Este deseo de Dios se hace siempre oración: “Seños, que vea” (Mt. 10, 5). Dios no se esconde de quien lo busca así. Dios está en el interior mismo de esa búsqueda.

Tengo sed de Ti,
tengo sed de Ti.
Mi alma esta sedienta de Ti,
tengo ansia de Ti.
Cuando veré tu rostro,
tengo sed de Ti.

Tengo sed de Ti,
tengo sed de Ti.
¿por qué vivo con tristeza?,
¿por qué no hay alegría en mí?.
¿Dónde estas señor?,
yo tengo sed de Ti
Sólo de Ti, sólo de Ti,
sólo de Ti, sólo tengo sed de Ti.

Todo el día me preguntan:
¿dónde está tu Dios?
Dime: ¿por qué me olvidas?,
si yo sólo te anhelo a Ti.
 Sólo tengo sed de Ti,
sólo tengo sed de Ti.
Tú eres mi Dios y mi Salvación,
sólo Tú, mi luz y mi verdad.
Sólo Tú, sólo tengo sed de Ti.

Tengo sed de Ti,
sólo tengo sed de Ti
Tu luz y tu verdad vendrán sobre mí,
y podré llegar a Ti.
Sólo tengo sed de Ti,
sólo tengo sed de Ti.
Tú eres mi Dios,
tengo sed de Ti, de Ti,
Sólo de Ti, sólo tengo sed de Ti,
sólo de Ti, sólo de Ti.
 
Hermana Glenda


4.- Percibir a Dios.

Hay muchos caminos para percibir a Dios. Tantos como personas. Cada vida puede ser un camino hacia ese Dios amigo que está en el fondo de todo ser humano.

 Salgo de mí. Voy a ti. Todo en ti. Nuevo por ti.

4.1.- - Percibir a Dios en el amor de cada cosa

El ejercicio consiste en tratar de percibir el Amor de Dios en cada cosa. Hacerlo durante una mañana de trabajo, para aprender a hacerlo durante la semana, durante la vida.

El ambiente ha de ser lo más silencioso posible de manera que nada me distraiga. Y mientras se hace el trabajo se considera que cada cosa agradable que veo, siento, oigo, gusto, toco... es un regalo especial, un mensaje de amor que el Padre Dios me envía expresamente a mí, como si en cada cosa me dijera: “Te amo mucho”. Y yo le respondo: "Gracias, Padre, yo también te amo mucho” (U otras similares).

Esta mañana radiante, esa música preciosa, esa buena noticia, esa persona que está a mi lado en el trabajo, ese gesto de comprensión, la comida que me alimenta, el saludo que me dispensan, la facilidad con la que trabajo... son cartas de amor que el Padre me envía. Y yo respondo: “Gracias, Padre, yo también te amo”.

Desapareció el dolor de cabeza, la película me encantó, he dormido admirablemente, esa conversación agradable, esa lectura provechosa, ese momento de risa... son cartas de amor. “Gracias, Padre, yo también te amo”.

Y así durante la mañana, la semana, la vida... dedicarme a ese diálogo de amor con el Padre Dios que me manifiesta su ternura en tantas cosas que me encuentro en mi vida concreta.

Al final, escribe en tu cuaderno una lista de cosas, personas y acontecimientos de tu vida que consideres como cartas de amor de Dios.

4.2.- Percibir el amor de Dios en las personas

Se trata de ejercitarse durante la mañana, el día y todos los días en considerar que todos los hombres y, en general, todas las criaturas son AMADAS POR DIOS desde siempre.

Y en una actitud de solidaridad con el Padre Dios ante cada persona que vea o recuerde -al acordarme como el Padre la ama- diré a mi Dios: “Yo también la amo”.

El locutor de radio o de TV, el ministro que acaba de hablar, el compañero con el que friego los platos o hago mi trabajo, quien llama por teléfono, mi hijo o marido, el que veo a lo lejos... al tropezar mi vista con ellos, los niños que juegan, los jóvenes, el anciano serio, recuerdo que Dios los ama. Por cada uno yo responderé a Dios: “Yo también le amo”.

El vecino o la vecina, ese tal que un día me hizo tanto daño, el político de un partido contrario, el chismoso, el hermano “difícil” de la comunidad, el niño rebelde de mi catequesis, el compañero egoísta, el que no me habla desde hace años, ese otro que ha sido mi peor enemigo, el terrorista que mata y destruye... al recordar que Dios los ama, responderé: “Padre, yo también los amo”.


4.3.- Percibir el amor de Dios en las cosas.

Al salir de casa, ante tantas cosas que ven mis ojos: esos pájaros, los árboles,  las montañas iluminadas, los jardines, las casas, el perro, el labrador, el sol,... el mundo entero es un enorme sacramento de Dios.  Diré: “Yo también lo amo”.

4.4.- Percibir a Dios en el amor y en el pobre.

Hemos dicho que en el fondo de toda ternura compartida, en todo encuentro amistoso, en la solidaridad generosa, en el deseo último enraizado en la sexualidad humana, en el amor de los esposos, en el afecto entre padres e hijos, en la entraña de todo amor, ¿no está vibrando, de algún modo, el amor creador de Dios? Así dice san Juan: “A Dios nadie lo ha visto nunca. Si nos amamos mutuamente, Dios está con nosotros y su amor está realizado entre nosotros; y esta prueba tenemos de que estamos con él y él con nosotros, que nos ha hecho participar de su Espíritu” (1 Jn 4,12-13).

Haz una oración de gracias por el amor Dios manifestado en el amor de las personas. ¿Cuáles son los gestos de amor que has ido viendo y percibiendo en estos días…? ¿Qué gestos de amor son los que casi han pasado desapercibidos? Da gracias al Señor por su amor, por el amor de sus hijos…

Sabemos que el lugar privilegiado para encontrar a Dios es el pobre, el necesitado, el que ha sido excluido del amor interesado de todos. Medita el relato del juicio final: Mt. 25, 31-46. ¿Dónde está y vive hoy Dios? ¿Qué llamadas recibes del mundo de los pobres y excluidos? ¿He vivido la experiencia de haberle encontrado ahí, en las pobrezas y debilidades de los demás, más claramente y de modo más fácil que en cualquier otro lugar? ¿También en el pobre y necesitado que hay en mí? ¿en mis debilidades? ¿en mis andrajos y suciedades? ¿Mi relación con Dios me lleva a estar más en los lugares de pobreza o no veo relación entre ambas cosas?


Tu amor me sacó de mí.
A Ti te necesito, sólo a Ti.
Ardiendo estoy día y noche,
a Ti te necesito, sólo a Ti.
Ni me contentan las riquezas
ni me asusta la pobreza.
Con Tu Amor yo me consuelo.
A Ti te necesito, sólo a Ti.
 Tu Amor disipa otros amores,
en el Mar del Amor los hunde.
Tu presencia todo lo llena.
A Ti te necesito, sólo a Ti.
He de beber el néctar de Tu Amor,
amarte cual un loco en su dolor,
Tú eres mi preocupación.
A Ti te necesito, sólo a Ti.


Oración de Teilhard de Chardin


“¡Te necesito, Señor!,
porque sin Ti mi vida se seca.
Quiero encontrarte en la oración,
en tu presencia inconfundible,
durante esos momentos en los que el silencio
se sitúa de frente a mí, ante Ti.
¡Quiero buscarte!
Quiero encontrarte dando vida a la naturaleza que Tú has creado;
en la transparencia del horizonte lejano desde un cerro,
y en la profundidad de un bosque
que protege con sus hojas los latidos escondidos
de todos sus inquilinos.
¡Necesito sentirte alrededor!
Quiero encontrarte en tus sacramentos,
En el reencuentro con tu perdón,
en la escucha de tu palabra,
en el misterio de tu cotidiana entrega radical.
¡Necesito sentirte dentro!
Quiero encontrarte en el rostro de los hombres y mujeres,
en la convivencia con mis hermanos;
en la necesidad del pobre
y en el amor de mis amigos;
en la sonrisa de un niño
y en el ruido de la muchedumbre.
¡Tengo que verte!
Quiero encontrarte en la pobreza de mi ser,
en las capacidades que me has dado,
en los deseos y sentimientos que fluyen en mí,
en mi trabajo y mi descanso
y, un día, en la debilidad de mi vida,
cuando me acerque a las puertas del encuentro cara a cara contigo”.