1 ¿QUIEN ES JESÚS DE NAZARET?

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La fe cristiana no consiste en aceptar un conjunto de verdades teóricas sino en aceptar a Jesús de Nazaret, creerle a Cristo y descubrir en él la última verdad desde la cual podemos iluminar nuestra vida, interpretar la historia del hombre y dar sentido último a esa búsqueda de liberación que mueve a toda la humanidad. El cristiano es, por tanto, un hombre que en medio de las diferentes ideologías e interpretaciones de la vida, busca en Jesucristo el sentido último de la existencia: Jesucristo es quien satisface sus más profundos deseos de realización y felicidad. Esta es la buena noticia.

    No parece haber duda de que cristiano es aquel que proclama que “Jesús Cristo es Señor”, que es “el hijo de Dios vivo”, o que es “de la misma naturaleza que el Padre (...), de la misma naturaleza que nosotros”, o cualquiera otra de las grandes profesiones de fe que aparecen en la Sagrada Escritura o en las más solemnes definiciones dogmáticas del magisterio de la Iglesia.

    En síntesis, el objeto de nuestra fe, lo que constituye “lo específico cristiano, siempre será “un difunto, llamado Jesús, de quien Pablo sostiene que está vivo” (Hech 25, 19 b).

Con el fin de clarificar el tema quizá convenga comenzar diciendo de modo claro qué no es lo específico cristiano; y en esta línea responder que:

-    No es necesariamente cristiano todo lo verdadero, bueno, bello y humano; ya que fuera del cristianismo, afortunadamente, también hay verdad, bondad, belleza y humanidad.
-    Ni es necesariamente cristiano todo hombre de convicciones verdaderas, sincera fe y buena voluntad; ya que, afortunadamente, fuera del cristianismo también hay verdadera convicción, sincera fe y buena voluntad.
-    Ni es necesariamente cristiano todo grupo de meditación o acción, toda comunidad de hombres comprometidos que procuran llevar una vida honesta buscando su salvación; ya que, afortunadamente, fuera del cristianismo también hay meditación, acción, honestidad de vida y búsqueda de la salvación.
-    Ni hay necesariamente presencia cristiana en todas las partes en que se combate la inhumanidad y se lucha por la humanización de la vida; ya que también fuera del cristianismo, afortunadamente, se promueve la humanidad y se lucha contra la inhumanidad

La originalidad de la fe nace del encuentro con una persona: Jesús, el Señor. Él es el centro unificador y totalizador. La fe cristina supone una adhesión explícita a la persona de Jesús, un seguimiento de su persona y evangelio. Pero, ¿qué o quién se esconde detrás de este nombre? ¿Qué Cristo? Cada uno de nosotros, cuando hablamos o pensamos en Jesús, nos lo imaginamos de una forma relativamente concreta, dependiendo de la información que de él hemos recibido en nuestro ambiente y dependiendo también de nuestra manera de ser.

Al creyente o al simplemente interesado por Jesús no le importa tanto el retrato físico de su cuerpo cuanto el significado total de su persona. ¿Cómo interpretamos a Jesús? O de otro modo: ¿qué o quién es Cristo para mí?

Quienes deseemos vivir fielmente nuestra fe cristiana, tendremos que preguntarnos una y otra vez: ¿Quién fue Jesús de Nazaret? ¿Quién es hoy Cristo para nosotros? ¿Qué podemos esperar de El? ¿Qué o quién es Cristo para mí?

    Vamos a adentrarnos durante este curso en la persona de Jesús, en su mensaje, en su muerte y resurrección. Queremos conocerle, seguirle, vivir optando por Él y su Reino. Deseamos preguntarle ¿Dónde vives?, para dejarnos conducir por Él: “Venid y lo veréis”.

Estos son nuestros objetivos:

-  Desarrollar un proceso de aproximación histórica a la Persona de Jesús.
-  Buscar y encontrar a Jesús, el Señor.
-  Confesar que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios.
-  Recrear la llamada de Jesús en nuestra vida cotidiana.

1.- ¿Quién fue Jesús?

¿Quién fue Jesús? ¿Qué secreto se encierra en este galileo fascinante, nacido hace dos mil años en una aldea insignificante del Imperio romano y ejecutado como un malhechor cerca de una vieja cantera, en las afueras de Jerusalén, cuando rondaba los treinta años? ¿Quién fue este hombre que ha marcado decisivamente la religión, la cultura y el arte de Occidente hasta imponer incluso su calendario? Probablemente nadie ha tenido un poder tan grande sobre los corazones; nadie ha expresado como él las inquietudes e interrogantes del ser humano; nadie ha despertado tantas esperanzas. ¿Por qué su nombre no ha caído en el olvido? ¿Por qué todavía hoy, cuando las ideologías y religiones experimentan una crisis profunda, su persona y su mensaje siguen alimentando la fe de tantos millones de hombres y mujeres?

No es una pregunta más. Tampoco un simple deseo de satisfacer la curiosidad histórica o intelectual. Se trata de saber quién está en el origen de mi fe cristiana. No me interesa vivir de un Jesús inventado por mí ni por nadie. Queremos aproximarnos con el mayor rigor posible a su persona: ¿quién fue? ¿Cómo entendió su vida? ¿Qué defendió? ¿Dónde está la fuerza de su persona y la originalidad de su mensaje? ¿Por qué lo mataron? ¿En qué terminó la aventura de su vida?

Sabemos muy bien que no es posible escribir una “biografía” de Jesús, en el sentido moderno de esta palabra, como tampoco lo podemos hacer de Buda, Confucio o Lao-Tse; no poseemos las fuentes ni los archivos adecuados. No podemos reconstruir tampoco su perfil psicológico; el mundo interior de las personas, incluso de aquellas cuya vida está bastante bien documentada, escapa en buena parte a los análisis de los historiadores: ¿qué podemos decir del mundo íntimo de Augusto o de Tiberio? Sin embargo conocemos el impacto que produjo Jesús en quienes le conocieron. Sabemos cómo fue recordado: el perfil de su persona, los rasgos básicos de su actuación, las líneas de fuerza y el contenido esencial de su mensaje, la atracción que despertó en algunos y la hostilidad que generó en otros.

Es irritante oír hablar de Jesús de manera vaga e idealista, o diciendo toda clase de tópicos que no resistirían el mínimo contraste con las fuentes que poseemos de él. Es triste comprobar con qué seguridad se hacen afirmaciones que deforman gravemente el verdadero proyecto de Jesús, y con qué facilidad se recorta su mensaje desfigurando su buena noticia. Mucho más lamentable y penoso resulta asomarse a tantas obras de “ciencia-ficción”, escritas con delirante fantasía, que prometen revelarnos por fin al Jesús real y sus “enseñanzas secretas”, y no son sino un fraude de impostores que solo buscan asegurarse sustanciosos negocios.

Hemos de acercarnos a la experiencia que vivieron quienes se encontraron con Jesús. Sintonizar con la fe que despertó en ellos. Recuperar la “buena noticia” que él encendió en sus vidas. El Jesús narrado por los evangelistas es más vivo que el catecismo; su lenguaje, más claro y atractivo que el de los teólogos. Recuperar de la manera más viva posible a Jesús puede ser también hoy una “buena noticia” para creyentes y no creyentes.

Es difícil acercarse a él y no quedar atraído por su persona. Jesús aporta un horizonte diferente a la vida, una dimensión más profunda, una verdad más esencial. Su vida es una llamada a vivir la existencia desde su raíz última, que es un Dios que solo quiere para sus hijos e hijas una vida más digna y dichosa. El contacto con él invita a desprenderse de posturas rutinarias y postizas; libera de engaños, miedos y egoísmos que paralizan nuestras vidas; introduce en nosotros algo tan decisivo como es la alegría de vivir, la compasión por los últimos o el trabajo incansable por un mundo más justo. Jesús enseña a vivir con sencillez y dignidad, con sentido y esperanza.

2.- Acercarnos a él sin preconcepciones.

A lo largo de los siglos, muchos millones de personas han venerado el nombre de Jesús; pero ¿cuántos han llegado a comprenderlo?, ¿cuántos han sido los que han intentado poner en práctica lo que él quiso que se hiciera? Sus palabras han sido tergiversadas hasta el punto de significar todo, algo o nada. Se ha hecho uso y abuso de su nombre para justificar crímenes, para asustar a los niños y para inspirar heroicas locuras a hombres y mujeres. A Jesús se le ha honrado y se le ha dado culto más frecuentemente por lo que no significaba que por lo que realmente significaba. La suprema ironía consiste en que algunas de las cosas a las que más enérgicamente se opuso en su tiempo han sido las más predicadas y difundidas a lo largo y ancho del mundo... ¡en su nombre!

A Jesús no se le puede identificar plenamente con ese gran fenómeno religioso del mundo occidental que llamamos cristianismo. Jesús fue mucho más que el fundador de una de las mayores religiones del mundo. Está por encima del cristianismo, en su condición de juez de todo lo que el cristianismo ha hecho en su nombre. Y no puede el cristianismo arrogarse su posesión exclusiva. Porque Jesús pertenece a toda la humanidad.

¿Significa esto que todo hombre (cristiano o no cristiano) es libre para interpretar a su modo a Jesús, para concebir a Jesús de acuerdo con sus propias ideas y preferencias? Es muy fácil usar a Jesús para los propios propósitos (buenos o malos). Pero Jesús fue una persona histórica que tuvo sus propias y profundísimas convicciones, por las que fue incluso capaz de morir. ¿No hay alguna forma de que todos nosotros (con fe o sin ella) podamos dar a Jesús nuevamente hoy la posibilidad de hablar por sí mismo?

Es evidente que deberíamos comenzar por dejar de lado todas nuestras ideas preconcebidas acerca de él. No podemos partir del supuesto de que es divino, o de que es el Mesías o Salvador del mundo. Ni siquiera podemos presuponer que fuera un hombre bueno y honrado. Tampoco podemos partir del supuesto de que, decididamente, no fuera ninguna de estas cosas. Hemos de dejar de lado todas nuestras imágenes de Jesús, conservadoras y progresistas, piadosas y académicas, para que podamos escucharle con una mente abierta.

El punto de vista desde el que se nos presentaba en otros tiempos a Jesús se podía resumir así: todos sabemos quién es Dios; Dios es eterno, Suma Bondad, Absoluta Perfección, Principio y Fin de todas las cosas… Dios se encarnó; luego Jesús tenía que ser así o asá… De esta manera Jesús no revela nada. O a lo más revelará algunas verdades morales, etc., pero del ser de Dios no revelará absolutamente nada: en Jesús no aparece más Dios que el que yo he conocido desde siempre. De esta manera, también, teníamos un Jesús omnipotente, omnisciente y omnitodo. Cuando en los evangelios nos tropezábamos con un rango de Jesús que parecía contradecir a esa imagen, por ejemplo un Jesús que duda o pregunta algo, se explicaba con mucha seriedad que lo hacía “para darnos ejemplo”.

Kal Rahner dijo en más de una ocasión que en las cabezas de casi todos los cristianos existía una especie de “monofisismo latente”. Esto quiere decir que la mayoría de los cristianos, allá en el fondo de su corazón, no llegan a concebir a Jesús como un hombre auténtico. Le atribuyen quizás un auténtico cuerpo de hombre, pero no una auténtica psicología y una auténtica vida de hombre. Y así, siempre que se planteaba cómo Jesús vivió la oscuridad, la tentación, la duda, la ignorancia en el camino, de inmediato se responde: “Pero, Jesús era Dios”. Con ello lo que se está diciendo es que la humanidad de Jesús no es más que una mera apariencia, algo totalmente extrínseco a Dios, como un vestido o disfraz que la divinidad se puede poner y quitar a su gusto, igual que lo hacemos nosotros con nuestros vestidos. Se trataba, por tanto, de una divinidad distada a priori. Se nos describía a Jesús, como el Dios hecho hombre,  que vino par salvarnos, es decir para “abrirnos las puertas del cielo” que estaban cerradas por el pecado. Sabía que moría precisamente para eso . Desde ese momento, nosotros podríamos merecer la entrada en el cielo, lo cual hasta la muerte de Jesús había sido imposible.

Pero esta concepción e imagen sobre Jesús cambió profundamente a partir de los años 60, al confluir desde diversos ámbitos alteraciones de los puntos de vista dominantes. Por un lado, fueron cambiando las imágenes de Dios (como ya vimos el curso anterior). Se debió a los movimientos como los diversos ateismos, el agnosticismo, la secularización, la muerte de Dios, etc. Lo que aprendimos en el catecismo empezó a no significar prácticamente nada relevante. Y, desde luego, para creer en Dios era preciso que Dios fuera creíble. La imagen que la teología  tenía de Dios también se puso entredicho. El evangelista Juan (1,18) –y lo repite en su primera carta (4,12)- dice que a Dios nadie le ha visto jamás. Según eso, puesto que aplicábamos al hombre Jesús de Nazaret nuestras ideas sobre Dios, las afirmaciones de la Cristología ¿eran algo más que deducciones de nuestras ideas previas sobre Dios?

Al lado de todo esto, durante los siglos XIX y XX se había desarrollado toda una serie de investigaciones sobre la historia de Jesús. Tres son los factores que han ido favoreciendo el conocimiento histórico de Jesús: a) El mejor conocimiento de los documentos ya existentes y de sus tradiciones originales; gracias a los documentos del Qumrán, targúmenes, y sirviéndose también de los apócrifos judíos y cristianos, se viene haciendo una investigación interdisciplinar para conocer mejor el ambiente social y cultural en que vivió y actuó Jesús de Nazaret;  b) Las muchas excavaciones  en Jerusalén y Galilea; c) Aplicación de las ciencias sociales en dos perspectivas: historia social y antropología cultural. Su objetivo consiste en dejar decantar el dato histórico a partir de lo que nos transmiten los textos evangélicos. Hasta el siglo XVIII se había relacionado la verdad que nos transmiten los evangelios con la idea de que sus relatos eran siempre estricta verdad histórica, todo lo que nos relatan tuvo que ocurrir tal como nos lo cuentan. Sin embargo, esto no era así, ni podía serlo, y en ello estaban implicados problemas de tipo histórico, literario y teológico.

A través de la investigación histórica se comienzan a exponer afirmaciones que chocaban con la imagen de Jesús que tenían muchos creyentes. Se nos fue diciendo que Jesús no lo sabía todo, que Jesús ignoraba, que muchas de las palabras que los evangelios le atribuyen quizás no las pronunció nunca y que, en su conjunto, su figura ha sido presentada desde la pascua. Se nos comenzó a decir que la raíz del interés de los evangelistas no es la doctrina, ni la historia, ni la verdad, ni la moral, no el escrito o la ceremonia. Su interés está en la persona de Jesús resucitado, vivo en medio de ellos. Los evangelios no son libros históricos; son testimonio y proclamación de la fe de quienes los escribieron. No escribieron para que nosotros sepamos que pasó en Palestina hace más de dos mil año, sino que escribieron para que nosotros creamos.

Jesús no mandó escribir nada, sino que mandó predicar y anunciar la  buena noticia de su muerte y resurrección: se hizo hombre como nosotros, amigo de todos, para conducir a todos por el camino de la vida y mostrar a todos el sentido verdadero de la vida humana que vivimos. Era esto lo que los apóstoles predicaban y anunciaban a todo el mundo: Cristo está vivo en medio de nosotros para ayudarnos en el descubrimiento de un sentido para nuestra vida. Con esta predicación, que comenzó en Pentecostés, muchas personas comenzaron a vivir en el amor, e iban surgiendo comunidades que se llamaban cristianos (Hech 11,26), porque creían en Cristo.

Esta gente “cristiana” llevó a cabo un cambio radical en  la manera de vivir. Por eso tuvieron que plantearse un montón de problemas y necesidades: ¿cómo comunicar esa fe a los demás?, ¿cómo justificar su fe ante las acusaciones de los judíos y paganos?, ¿podemos seguir observando la ley antigua?, ¿cómo resolver los problemas de la comunidad?, ¿cómo organiza el culto? etc. Querían respuestas a todas esta preguntas tan concretas que se referían a la vida cristiana. Recurrían a los apóstoles y estos les recordaban las cosas que había dicho y hecho Jesús. En la Cena del Señor, los apóstoles contaban algunos de los hechos de Jesús y recordaban algunas de sus enseñanzas. De esta manera, empezó a circular dentro de la comunidad de los cristianos un gran número de narraciones sobre Jesús: trozos de discursos, relatos de milagros, descripciones de los hechos de su vida, frases sueltas dichas por él en diversas ocasiones. Con estas narraciones, obtenidas de los apóstoles como respuestas a sus preguntas, los cristianos intentan orientarse en su vida nueva. Poco a poco, como siempre ocurre, algunos empezaron a hacer colecciones de frases de Jesús (llamada fuente Q), para facilitar de esta manera su memorización y su conservación. Otro hacían colección de sus milagros; otros intentaban catalogar las discusiones que surgieron entre Jesús y los fariseos, etc. Nació así el deseo entre los cristianos de fijar por escrito todo aquello que corría de boca en boca sobre la vida de Jesús, que les habían transmitido los apóstoles. Y así finalmente, cuatro personas, en lugares y en épocas diferentes, Mateo, Marcos, Lucas y Juan, decidieron coleccionar en una obra, cada cual por su cuenta, lo que pudieron recoger y recordad sobre Jesús. En todo aquel trabajo nuestra fe reconoce la acción del Espíritu Santo, hasta el punto de ver en la palabra de esos evangelios la Palabra de Dios.

Teniendo en cuenta el recorrido de todo este proceso hasta culminar en los evangelios escritos, hemos de preguntarnos: ¿qué testimonio histórico nos ofrecen los evangelios? Como hemos dicho, los evangelios no pueden ser considerados como obras históricas, en el sentido de que todo lo que cuentan haya sucedido tal como nos lo cuentan. Sin embargo, los evangelios nos dan un testimonio sobre la historia de Jesús. Ahora bien, este testimonio es sospechoso si lo consideramos desde un punto de vista estrictamente histórico (v.g. en el evangelio de Juan, Jesús muere un día distinto del de los otros evangelios, los sinópticos. En los evangelios sinópticos, Jesús celebra la última cena en el día de la Pascua y muere al día siguiente; mientras que, según el evangelio de Juan, cuando los judíos se llevan a Jesús al pretorio, éstos no quisieron entrar para no contaminarse y poder comer así la pascua (Jn 18,28). Ellos iban a celebrar la cena pascual después de que Jesús hubiera muerto en la Cruz). De ahí, que los evangelios hemos de leerlos críticamente. Hemos de tener claro cómo debemos interpretarlos, para lo cual nada es más útil que conocer cómo han sido escritos. Y después, mediante la utilización de un método y siguiendo una serie de criterios que están más o menos establecidos y que funcionan más o menos, llegar a conocer lo más importante de la historia de Jesús.

El resultado de la investigación de lo siglos XIX y XX es que nosotros conocemos mejor quién fue Jesús de Nazaret y cómo fue predicado por la comunidad primitiva. El resultado de la investigación histórica es que conocemos mucho mejor la vida y la historia de Jesús

3.- ¿Qué sabemos de Jesús de Nazaret?

    “Le pondrás por nombre Jesús”. Tanto Mateo como Lucas traen este dato, cada uno desde su intencionalidad catequética. En la Biblia los nombres expresan la realidad de las personas, y los antiguos hombres hebreos evocaban generalmente alguna faceta o aspecto de la intervención benéfica de Dios a favor de los hombres. Jesús, forma abreviada de Josué, significa “Yahvé ayuda”, que popularmente se tradujo: “Yavé salva”; el niño que está apunto de nacer “salvará a su pueblo de sus pecados” (Mt 1,21).

    Jesús era judío. Su madre era María. Su patria era Galilea, una región agraria, semipagana,  despreciada por muchos judíos. Galilea era una especie de isla rodeada por importantes ciudades helenísticas. Su lengua materna es el arameo, aunque es probable que Jesús tuviera algún cocimiento de hebreo bíblico, tanto como para entender y citar las escrituras, pero no parece que lo hablara regularmente en la conversación ordinaria. En su casa se hablaba en arameo y sus primeras palabras para llamar a sus padres fueron abbá e inmá. Fue sin duda la lengua en que anunció su mensaje, pues la población judía, tanto de Galilea como de Judea, hablaba el arameo en la vida corriente.

El primer dato de la vida de Jesús es que nace probablemente en Nazaret. Jesús no era un desconocido. La gente sabe que se ha criado en Nazaret. Se conoce a sus padres y hermanos. Es hijo de un artesano. Le llaman Jesús, el de Nazaret. Lo más probable, por tanto, es que naciera en Nazaret. Solo en los evangelios de la infancia de Mateo y Lucas se nos habla de su nacimiento en Belén, lo hacen seguramente por razones teológicas, como cumplimiento de las palabras de Miqueas, un profeta del Siglo VIII a. C, que dice así “Y tú, Belén, tierra de Judá, no eres ni mucho menos la última de las ciudades de Judá, pues de ti saldrá un Jefe que será pastor de mi pueblo, Israel” (Miqueas 5,1) Por lo demás, todas las fuentes dicen que proviene de Nazaret (Marcos 1,9; Mateo 21,11; Juan 1,45-46, Hechos de los Apóstoles 10,38) y que era llamado “Jesús, el Nazareno” (nazarenos) o “de Nazaret” (Marcos 1,24,10,47,14,67,16,6, Lucas 4,34, 24,19)  El tema puede discutirse. Nace durante el reinado del emperador romano Augusto, ciertamente antes de la muerte de Herodes el Grande, que tuvo lugar en la primavera del año 4 a. C. No es posible precisar más la fecha exacta de su nacimiento. Los historiadores coinciden en situarlo entre los años 6 y 4 antes de nuestra era. El calendario actual se debe al abad Dionisio el Exiguo, que vivió a finales del siglo v. Al fijar la fecha del nacimiento de Jesús se equivocó en sus cálculos y la retrasó casi cinco años. Hoy todos sabemos la fecha exacta de nuestro nacimiento, cosa que no ocurría en la antigüedad. En el mundo antiguo casi nadie sabía la fecha de su nacimiento, porque no importaba. Por consiguiente, probablemente Jesús tampoco lo conocía. Hijo de María, nació de forma extraña. Los evangelios de Lucas y Mateo dirán que fue un nacimiento virginal.

    El segundo dato de la vida de Jesús es haber sido discípulo de Juan el Bautista. Probablemente vivió una larga época de discipulado con Juan en torno al Qumrán, el Mar Muerto y el río Jordán. El hecho de que Juan bautice a Jesús nos da a entender que éste fue discípulo suyo, porque el maestro bautiza a sus discípulos. En este periodo de tiempo con Juan, Jesús fue descubriendo su propia vocación. Es decir, Jesús no sabía de su futuro más de lo que nosotros sabemos del nuestro. Si lo hubiera sabido, no habría sido igual en todo a nosotros menos en el pecado (cf. Hebr 4,15). Jesús no sabía lo que iba a pasar mañana. O sabía igual que nosotros cuando tenemos una previsión futura de las cosas que nos van a ocurrir o que vamos a hacer. Jesús empieza a descubrir y responder a la pregunta de toda vocación: ¿quién soy yo? ¿Qué voy a hacer con mi vida?, ¿qué quiere Dios de mí? Es aquí, la hora de responder a estas preguntas, donde Jesús se va a separar de Juan. Como a la larga ocurre con la mayor parte de los discípulos, sea quien sea el maestro, también Jesús deja de identificarse con el suyo, reacciona frente a él y acaba separándose: Jesús no predicará lo mismo que Juan el Bautista.

    El tercer dato es la predicación de Jesús: el Reino de Dios es inminente. Juan Bautista predicaba: “la ira de Dios está cerca” (Cf. Mt 3, 1-12). Jesús se separa de Juan, se independiza, y predica algo distinto: el Reino de Dios está a punto de llegar”. Algunos de los discípulos de Juan se unen a Jesús, y éste comienza su predicación por la región, en torno a Cafarnaúm, ciudad importante como centro comercial de pesca unto al lago de Galilea. (Veremos en otro tema todo lo referente al Mensaje de Jesús: El Reino de Dios).

    La proclamación del Reino y la lucha por él va a da lugar a la conflictividad de la vida de Jesús. En esa conflictividad se va a encontrar Jesús con el silencio de Dios. Y desde ese silencio va a ser capaz de reencontrar la invocación de Dios como Abba. Todos los evangelistas coinciden que Jesús murió en viernes, “día de la preparación”, “víspera del sábado”. Jesús murió crucificado probablemente el 7 de abril del año 30 y fue el prefecto romano Poncio Pilato quien dictó la orden de su ejecución. Puestos a señalar una fecha concreta, diríamos que su crucifixión tuvo lugar el 15 del mes de Nisan, que sería el 7 de abril en nuestro cómputo actual (todavía celebramos la semana santa siguiendo el calendario lunar – el sábado siguiente al primer plenilunio primaveral-). Jesús tendría unos 35 años Y es posible verificar históricamente que, entre los años 35 al 40, los cristianos de la primera generación confesaban con diversas fórmulas una convicción compartida por todos y que rápidamente fueron propagando por todo el Imperio: “Dios ha resucitado a Jesús de entre los muertos”.  
    
    A la luz de la resurrección, estos hombres volvieron a recordar la actuación y el mensaje de Jesús, reflexionaron sobre su vida y su muerte, y trataron de ahondar cada vez más en la personalidad de este hombre sorprendentemente resucitado por Dios. Recogieron su palabra no como el recuerdo de un difunto que ya pasó, sino como un mensaje liberador confirmado por el mismo Dios y pronunciado ahora por alguien que vive en medio de los suyos. Reflexionaron sobre su actuación, no para escribir una biografía destinada a satisfacer la curiosidad de las gentes sobre un gran personaje judío, sino para descubrir todo el misterio encerrado en este hombre liberado de la muerte por Dios.

Empleando lenguajes diversos y conceptos procedentes de ambientes culturales diferentes, fueron expresando toda su fe en Jesús de Nazaret. En las comunidades de origen judío reconocieron en Jesús al Mesías (el Cristo), tan esperado por el pueblo, pero en un sentido nuevo que rebasara todas las esperanzas de Israel. Reinterpretaron su vida y su muerte desde las promesas mesiánicas que alentaban la historia de Israel. Y fueron expresando su fe en Jesús como Cristo atribuyéndole títulos de sabor judío (Hijo de David, Hijo de Dios, Siervo de Yahvéh, Sumo Sacerdote). En las comunidades de cultura griega, naturalmente, se expresaron de manera diferente. Vieron en Jesús al único Señor de la vida y de la muerte, reconocieron en Él al único Salvador posible para el hombre y le atribuyeron títulos de sabor griego (Imagen del Dios invisible, Primogénito de toda la creación, Cabeza de todo). Más de cincuenta títulos o calificativos daba a Jesús la comunidad primitiva (Cristo 500 veces; Señor: 350, Hijo del hombre: 80; Hijo de Dios: 75, etc.).

De maneras diferentes, todos proclamaban una misma fe: en este hombre Dios nos ha hablado. No se le puede considerar como a un profeta más, portavoz de algún mensaje de Dios. Este es la misma Palabra de Dios hecha carne (Jn 1, 14). En este hombre Dios ha querido compartir nuestra vida, vivir nuestros problemas, experimentar nuestra muerte y abrir una salida a la humanidad. Este hombre no es uno más. En Jesús, Dios se ha hecho hombre para nuestra salvación.

4.- Jesús personaje incalificable.

Todos los intentos de clasificar a Jesús dentro de los modelos de su tiempo resultan vanos. No es posible encerrarlo en ningún grupo determinado dentro de la sociedad judía.

Jesús no es un sacerdote judío. No pertenece a la alta clase sacerdotal de Jerusalén ni a las modestas familias de la tribu de Leví que se ocupan del culto judío. Jesús es un laico, un seglar dentro de la sociedad judía (Hb 7, 13-14). Sin embargo, se atreve a criticar la actuación de los sacerdotes que han convertido la liturgia del templo en un medio de explotación a los peregrinos (Mc 11, 15-19) y su despreocupación a la hora de acercarse a los hombres verdaderamente necesitados de ayuda (Lc 10, 30 - 37).

Jesús no es un saduceo. No pertenece a esos grupos representantes de la alta aristocracia judía que adoptaban una postura conservadora tanto en el campo político como religioso. Por una parte, colaboraban con las autoridades romanas para mantener el orden establecido por Roma que, de alguna manera, favorecía sus intereses. Por otra parte, rechazaban cualquier renovación en la tradición religiosa y cultural del pueblo. Jesús es un hombre de origen modesto, que camina por Palestina sin un denario en su bolsa, y que ha vivido muy alejado de los ambientes saduceos. Su libertad frente a las autoridades romanas y su enfrentamiento cuando se oponen a su misión (Lc 13, 31-33) no recuerda la diplomacia saducea. Por otra parte, Jesús ha rechazado la teología tradicional saducea (Mt 22, 23-33).

Jesús no es un fariseo. Los fariseos constituían un grupo no muy numeroso (quizás unos 6.000) pero muy influyente en el pueblo. Muchos de ellos pertenecían a la clase media y vivían formando pequeñas comunidades, evitando el trato con gente pecadora. Se caracterizaban por su dedicación al estudio de la Torá, su obediencia rigurosa a la Ley (sobre todo el sábado), la observancia de prescripciones rituales, ayunos, purificaciones, limosnas, oraciones, etc. Jesús ha vivido enfrentando a la clase farisea adoptando un estilo claramente antifariseo. Se mueve libremente en ambientes de pecadores, dejándose rodear de publicanos, ladrones y gente de mala fama. Condena con firmeza la teología farisea del mérito, de aquellos hombres que se sienten seguros ante Dios y superiores a los demás (Lc 18, 9-14). Critica su visión legalista de la vida y coloca al hombre no ante una Ley que hay que observar, sino ante un Padre al que debemos obedecer de corazón (Mt 5, 20-48). Rechaza violentamente la hipocresía de aquellos hombres que reducen la religión a un conjunto de prácticas externas a las que no responde una vida de justicia y amor (Mt 23).

Jesús no es un terrorista zelota ni ha tomado parte activa en el movimiento de resistencia armada que ha ido cobrando fuerza en el pueblo judío en su intento de expulsar del país a los romanos y establecer con la fuerza armada el reino mesiánico. Jesús ha vivido en ambientes en donde se respiraba esta esperanza. Además su libertad y su actitud crítica ante las autoridades (Lc 13, 32; 20,25; 22, 25-26), ante los ricos y poderosos (Lc 6, 24-25; 16, 19-31), y sobre todo, el anuncio del Reinado de Dios hizo posible que fuera acusado de revolucionario. Pero, Jesús no ha participado en la resistencia armada contra Roma. No ha pretendido nunca un poder político-militar. Su objetivo no era la restauración de la monarquía davídica y la constitución de un nación judía libre bajo el único imperio de la Ley de Moisés. Su mensaje rebasa profundamente los ideales del zelotismo.

Jesús no es monje de Qumrán. No pertenece a esta comunidad religiosa que vive en el desierto, a orillas del Mar Muerto, separada del resto del pueblo, esperando la llegada del reino mesiánico con una vida de observancia rigurosa de la Ley, ayunos y purificaciones rituales. Jesús no vive retirado en el desierto como Juan el Bautista. Sus discípulos no ayunan (Mc 2,18). Jesús participa en banquetes con gente de mala fama (Mt 9, 10-13). No ha querido organizar una comunidad de gente selecta, separada de los demás. Su mensaje está dirigido a todo el pueblo, sin distinciones. Incluso, se siente enviado a llamar especialmente a los pecadores (Lc 5, 32). Aunque el hallazgo de los manuscritos de Qumran en 1947 nos ha descubierto grandes semejanzas entre esta comunidad judía y las primeras comunidades cristianas, debemos decir que la postura de Jesús ante la Ley, la primacía que concede al amor y al perdón, su predicación del Reino de Dios y su cercanía a los pecadores lo distancian profundamente del ambiente que se respiraba en Qumran.

Jesús no es un rabino aunque algunos contemporáneos lo hayan llamado así. Jesús, sin una sede doctrinal fija, rodeado de gente sencilla, pecadores, mujeres, niños_ no ofrece la imagen típica del rabino de aquella época. Ciertamente Jesús no es un rabino dedicado a interpretar fielmente la Ley de Moisés para aplicarla a las diversas circunstancias de la vida. Por otra parte, Jesús habla con una autoridad desconocida, sin necesidad de citar a ningún maestro anterior a él, e, incluso, sin apelar a la autoridad de Moisés. La gente era consciente de que enseñaba “como quien tiene autoridad y no como los escribas” (Mc 1, 22).

Jesús no es un profeta más en la historia de Israel. Es cierto que fue considerado por sus contemporáneos como un profeta de Dios (Mt 21, 11; 21, 46; Lc 7 16). Es cierto que Jesús adoptó en su actuación un estilo profético como aquellos hombres portadores del Espíritu de Yahvéh y portavoces de la Palabra de Dios para el pueblo. Pero Jesús no es un profeta más dentro del pueblo judío. Jesús no siente la necesidad de legitimar su predicación aludiendo a una llamada recibida de Yahvéh, como hacen los profetas judíos (Am 7, 15; Is 6, 8-13; Jr 1, 4-10). Tampoco emplea el lenguaje propio de los profetas que se sienten meros portavoces de la palabra de Yahvéh: (“Así habla Yahvéh”, “Escuchad lo que dice Yahvéh”, “Es oráculo de Yahvéh”); Jesús emplea una fórmula típica suya, totalmente desconocida en la literatura profética y que manifiesta una autoridad plena y sorprendente: “En verdad, en verdad yo os digo” (“Amén, amén). Además, Jesús no se mueve, como los profetas, en el marco de la alianza entre Yahvé e Israel para hablar al pueblo de las exigencias de la Ley, de las promesas del Dios aliado con el pueblo o de los castigos que les amenazan como consecuencia de la inobservancia de la alianza. Jesús anuncia algo totalmente nuevo: el Reinado de Dios empieza ya a ser realidad.

4.- Y vosotros, ¿quién decir que soy Yo?

    Llegamos al final del recorrido de este primer encuentro. También nosotros estamos llamados a responder a aquella pregunta que hace Jesús a sus discípulos en Cesarea de Filipo, y que recibe a lo largo de los siglos las respuesta más diversas: ¿Quién dice la gente que soy yo? (Mt 16,13-16). Cada generación y aun cada individuo responden según su comprensión del mundo, del hombre y de Dios. El hecho de Cristo está ahí, pero ¿cómo lo interpretamos? ¿Quién es en realidad Cristo para ti? ¿Un personaje del pasado como Espartaco o Felipe II? ¿Alguien destacado por su coherencia entre lo que decía y lo que hacía? ¿Un hombre extraordinario por sus ideas? ¿Un fundador religioso como Mahoma o Buda? ¿El que da un nuevo estilo a nuestras relaciones con Dios y., por tanto, también a nuestras relacione con el mundo y los hombres? ¿El Cristo? ¿El Hijo de Dios?

    Los interrogantes podrían ser infinitos. Pero lo que nos interesa ahora es nuestra respuesta profunda y vital. No se trata de dar una contestación verbal con títulos antiguos o nuevos. Es necesaria una respuesta que abarque a toda nuestra persona y, por tanto, que comprometa toda nuestra vida. Entonces Jesús no será sólo la más famosa figura de nuestro mundo cultural, que nos hace llegar los efectos de su obra, sino alguien vivo aquí y ahora.

    Pero siempre Jesús, el Señor, nos desbordará, nunca podrá ser abarcado compresivamente por el hombre; sólo podremos llegar a profundizar en diversos aspectos de su persona. En cada época y cultura un aspecto del evangelio se hace buena noticia para los hombres de ese tiempo, y nuestro acceso al evangelio siempre estará ligado a las circunstancias reales que vivimos.

TRABAJO EN GRUPO

1.    Después de leer el tema ¿qué me sorprende? Para ti, ¿qué significa concretamente hoy creer a Jesús?
2.    ¿En cuál de los grupos sociales me sitúo? ¿Me siento libre para ser yo mismo? ¿Frente a qué o a quienes pierdo libertad?
3.    Si Jesús me preguntase: “¿Quién dices que soy?”, ¿cuál sería mi respuesta? (Se trata de dar una respuesta que parta de la vida y la experiencia y no de la teoría). ¿Qué se piensa sobre Jesús en los ambientes que tú conoces?
4.    Si realmente Jesús está vivo ¿en qué se nota en tu vida? (Intenta pensar en contextos concretos: tu familia, tu trabajo, tu grupo…)
5.    ¿Podrías elegir un gesto a realizar o algún pequeño cambio en tu vida que refleje eso que crees? Concreta cuál puede ser el pequeño cambio que puedes emprender ya en este mes.

PARA LA ORACIÓN

“Mira que estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo” (Apoc. 3,20). Exprésale al Señor tus deseos de querer abrir tus puertas, tu corazón, tu mente, a su persona…

“Maestro, ¿dónde vives? (Leer Jn 1,35-40). Dile que quieres tomarle como guía, como maestro. Pregúntate ¿qué te seduce de él, que te apasiona de su persona y su evangelio? ¿a  qué te llama?

“Todo lo tuve pérdida comparado con Cristo, mi Señor” (Leer Fil 3, 4-14.). Exprésale al Señor tus deseos de conocerle, de querer que Él sea lo más absoluto y fundamental en tu vida. Pregúntate dónde y cómo él se está dando a conocer en tu vida, en tu familia, en tu ambiente profesional, entre tus amigos, en tu comunidad… Para ti personalmente, ¿qué es lo más importante en Jesucristo? ¿Por qué?

Otros textos: Mc. 8, 27-30; Hech. 3, 11-26; Fil. 2, 1-11;  Lc 7, 18-27. También se puede leer de manera seguida  y tranquilamente un evangelio íntegro: v. g. el de Marcos, para tratar de obtener una visión de conjunto de la imagen que ofrece de Jesús uno de los primeros cristianos. Es conveniente leer tratando de recoger los rasgos fundamentales de la actuación de Jesús y las ideas centrales que se repiten en su mensaje.