LA BUENA NOTICIA DEL REINO DE DIOS

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 La historia de Jesús de Nazaret gira en torno a un punto central. Se expresa con una formulación propia del ambiente y de la época, con estas palabras: El Reino de Dios. Lo que Jesús anuncia, ante todo, es el Reino de Dios. Esto es lo absoluto. Todo “lo demás” es dado por añadidura. La causa a la que Jesús dedica en adelante su tiempo, sus fuerzas y su vida entera es lo que él llama el “Reino de Dios”. Es, sin duda, el núcleo central de su predicación, su convicción más profunda, la pasión que anima toda su actividad. Todo lo que dice y hace está al servicio del Reino de Dios. Para Jesús, por tanto, lo último tiene una dimensión transcendente (Dios) y una dimensión histórica  (Reino).

Aunque pueda sorprender a más de uno, el Jesús histórico no predicó sistemáticamente sobre sí mismo, ni se anunció como hijo de Dios, Mesías o Dios. Los títulos que los evangelios le atribuyen son, en su gran mayoría, expresiones de la fe de la comunidad primitiva. Tampoco el tema central de Jesús fue la Iglesia, Él solo habló del “Reino de Dios”, no de la “Iglesia”. El reino de Dios aparece 120 veces en los evangelios sinópticos; la iglesia solo dos veces (Mateo 16,18 y 18,17).  Como núcleo y centro de todo está el anuncio del Reino de Dios, el anuncio de la Salvación como el gran don de Dios al hombre.

Jesús en persona es el Reino de Dios, y su misión es anunciar y hacer presente el Reino de Dios, anunciar el Evangelio de la ternura y la compasión de Dios a la humanidad en medio del a historia humana. Jesús les anuncia una noticia: “Dios ya está aquí buscando una vida más dichosa para todos. Hemos de cambiar nuestra mirada y nuestro corazón”.

Su objetivo no es proporcionar a aquellos vecinos un código moral más perfecto, sino ayudarles a intuir cómo es y cómo actúa Dios, y cómo va a ser el mundo y la vida si todos actúan como él. Dios es el Dios de la vida, un Padre que quiere la salvación para todos y cada uno de los hombres porque los ha creado y son sus hijos. No es el antiguo Dios de la Ley, es un Dios de bondad insondables que “es bueno con los desagradecidos y malvados” (Lc 6,35). Es el Dios de la parábola del hijo pródigo y del dueño de la viña que paga el jornal completo también a los que llegaron tarde porque Dios se inclina a favor nuestro no según  lo que merecemos, sino según lo que necesitamos. Un Dios que ofrece a los hombres su gracia, más allá de lo prescrito y exigido por la Ley. Eso es lo que les quiere comunicar con su palabra y con su vida entera.

 Y la presencia del Reino, tal como la planteó y la vivió Jesús, provocó dos efectos al mismo tiempo: en la gran masa del pueblo, un entusiasmo desbordante; y en los grupos dirigentes, un rechazo brutal. Ahora bien, eso significaba obviamente que el mensaje de Jesús sobre el Reino de Dios respondía a algo que ansiaban las gentes sencillas de aquella sociedad, los débiles del tiempo, puesto que, de no ser así, no hubiera provocado tal entusiasmo; mientras que ese mismo mensaje tenía que ser algo que inquietaba, ponía nerviosos y hasta irritaba a los grupos y personas más consideradas, mejor vistas y, en este sentido, más instaladas en el sistema religioso del pueblo judío.


1.-  “Jesús recorría Galilea entera, proclamando la Buena Noticia del Reino y curando todo achaque y enfermedad del pueblo” (Mt. 9, 35)

 Al ponerse a narrar la misión de Jesús Marcos hace una especie de sumario: “Después de que Juan hubo sido entregado, vino Jesús a Galilea predicando el evangelio de Dios y diciendo. “Se ha cumplido el tiempo y se acerca el Reino de Dios; arrepentíos y creed en el evangelio” (Mc. 1, 14-15). Marcos indica su pensamiento de que lo nuclear de ese evangelio es la predicación por Jesús del reino de Dios.

 Mateo y Lucas no siguen a Marcos en la presentación de Jesús como “evangelio”. Pero ambos resumen luego la predicación de Jesús con casi los mismos términos: Jesús “recorría Galilea… predicando el evangelio del reino” (Mt. 4,23; 95); Jesús dijo a los discípulos: “También a las otras ciudades tengo que predicar la buena noticia del reinote Dios” (Lc. 4,43). La tradición Q recuerda igualmente que Jesús envío a sus discípulos a difundir el mismo mensaje que Jesús: “Está cerca el Reinado de Dios” (Mt. 10,7. Lc. 10,9).

 De las distintas tradiciones se puede extraer como Jesús cruza el río Jordán y entra de nuevo en la tierra que Dios había regalado a su pueblo. Es en torno al año 28 y Jesús tiene unos treinta y dos años. No se dirige a Jerusalén ni se queda en Judea. Marcha directamente a Galilea. “Después que Juan fue entregado, marchó a Galilea, y proclamaba la Buena Nueva (el Evangelio) de Dios” (Mc 1,4).

Llevaba fuego en su corazón. Necesita anunciar a aquellas pobres gentes una noticia que le quema por dentro: Dios viene ya a liberar a su pueblo de tanto sufrimiento y opresión. Sabe muy bien lo que quiere: pondrá “fuego” en la tierra anunciando la irrupción del reino de Dios  (Lucas 12,49): “He venido a poner fuego en la tierra”. Pronto comienza Jesús a hablar un lenguaje nuevo: está llegando el “reino de Dios”. No hay que seguir esperando más, hay que acogerlo. Lo que a Juan le parecía algo todavía alejado, está ya irrumpiendo; pronto desplegará su fuerza salvadora. Hay que proclamar a todos esta “Buena Noticia”.

2.- El Reino de Dios: Dios y Reino.

 En la literatura judía el contenido de la expresión “Reino de Dios” debía ser familiar. A los judíos no les era extraña la idea que Dios era rey (melk) de toda la tierra, de todas las naciones, de todos los dioses. Los devotos judíos seguramente estaban acostumbrados a oír entonar: “El Señor reina” (malak) (Sal 93,-2; 96,10; 99,1)… “su reino domina sobre todas las cosas” (Sal. 103,19).  Israel tenía la convicción de haber sido elegido por Dios, por lo cual Dios era rey de Israel en una relación especial: “El Señor reinará por siempre jamás” (Ex. 15,18). Y se tenía  la esperanza de que el reino de Dios, hasta entonces reconocido por Israel, pronto alcanzaría al mundo entero y sería reconocido por todos (quisieran o no). Por eso, en la Palestina que Jesús conoció no podría causar extrañeza hablar del reino de Dios a un público típicamente judío.

 La concepción de Yahvé como soberano de todo es obviamente una expresión de la fe monoteísta y de la teología de la creación propias de Israel: afirmar que Dios es uno equivale a reconocer que él es el único rey de la creación. Y creer en Dios como rey conllevaba unas expectativas concretas de cara al futuro:

- Existía la extendida creencia, con base en Dt. 30,1-10, de que después de un periodo de dispersión entre las naciones serían reunidos de nuevo los desterrados/dispersos de Israel para una conducción a la vuelta de la tierra prometida, se establecería la unidad de las doce tribus de Israel y se restauraría la relación entre Israel como pueblo de Dios.
- Unida a ella la esperanza de una prosperidad renovada y abundante (Dt. 30, 5,9) con la eliminación de las incapacidades y la restauración del paraíso.
- Aparecería una figura (mesiánica) concreta o agente divino para hacer viable esta esperanza.
- Algunos imaginaban una alianza renovada., una nueva efusión del Espíritu y un grado de respeto de la ley y de la santidad no conocido antes. Se esperaba un cumplimiento exacto de la Ley, un sometimiento fiel a la ley.
- La esperanza de la construcción de un nuevo templo.
- Los gentiles serían derrotados y juzgados.
- Hasta que llegara la nueva era, había que pasar por “un tiempo de angustia como no hubo otro desde que existen las naciones” (Dan 12,1-2), tiempo de perturbaciones cósmicas.
- La destrucción del mal y la derrota de Satanás.
- El juicio final y la creencia en la resurrección, vinculada a la anterior.

En este contexto de expectativas se mueve Jesús, y comienza a decirle a aquel pueblo que ya llegaba el Reino, pero no como lo anunciaban los dirigentes, no como el yugo de la religión que le iba a oprimir aún más, sino como vida, como libertad, como gozo y alegría, como dignidad para cuantos se veían y eran vistos como indignos, como pecadores despreciables o como endemoniados peligrosos. En definitiva, el Reino como plenitud de vida.

Jesús nunca definió el contenido preciso de lo que significa “Reino”. Era una de esas palabras-símbolo que provocan inmediatamente la resonancia del deseo. De hecho, cuando comenzó a actuar, respondió a nuestros anhelos evidentes: liberación del mal en todas sus formas (enfermedad, posesión, pecado…); pero tuvo que apelar igualmente a lo que estaba más allá del deseo: la fe en Dios. Por eso les pedía volverse a Dios, creer, y creer que era buena noticia  la llegada del Reino.

Jesús viene a anunciar que los anhelos de vida, justicia, liberación y felicidad que se encierra en la humanidad se van a hacer realidad. Él envuelto por el Dios que siente ternura por sus criaturas, no puede separar la pasión por el Dios de la Vida y la pasión por sus criaturas, pero Jesús se encuentra que este mundo es resistente, a Jesús se le presenta el cómo ubicarse en la realidad para anunciar la Buena Noticia; esta Buena Noticia no es una idea, no es una doctrina, no es un concepto, no es un asunto de discusión legal en una escuela rabínica, esta Buena Noticia es Vida.

 En cuanto a la expresión  ¿”reino de Dios”, o “reino de los cielos”?, tenemos que decir que algunos han pretendido ver en “reino de Dios” la dimensión intrahistórica y en “reino de los cielos” la dimensión trascendente, pero parece que la expresión original es “reino de Dios”. El evangelista Mt emplea “reino de los cielos” porque procede y escribe desde y para una comunidad judeo-cristiana, donde  utiliza “cielos” para no traer constantemente el nombre del innombrable. Y en cuanto ¿“Reino o reinado”? se suele presentar la disyuntiva porque, mientras reino parece referirse a un territorio estático, “reinado” sugiere más bien el dinamismo de Dios reinando sobre la historia de la creación y de su pueblo. Así, pues, el reinado de Dios es la positiva acción por la que Dios transforma la realidad, y el Reino de Dios es lo que ocurre sobre este mundo cuando es Dios quien realmente reina: una historia, una sociedad, un pueblo transformados por la voluntad de Dios. El reino de Dios es, pues, una realidad sumamente positiva, una buena noticia, pero es también una realidad sumamente crítica hacia el presente malo e injusto.

 Ahora bien, el reino de Dios tiene como contenido propio ser reino de Abbá y revelación de Dios como Abbá. Porque te llamamos Abba, confesamos y pedimos la venida de tu Reino.

- Que sea Buena Noticia, es porque la mejor de las noticias es poder llamar a Dios “Abbá”: amor incondicional. Dios es amor y mi vida está habitada por un Misterio acogedor a quien Jesús llamó Padre, origen y sentido de todo cuanto existe.
- Que soy amado incondicionalmente por Dios Abba, antes y más allá de mis buenas o malas obras, y que es ese Amor el que posibilita dentro de mí el amor, el gozo y la entrega.
- Que El Reino es herencia preparada por el Abbá desde el principio. Por eso irrumpe sorpresivamente y como regalo gratuito. Es Abbá dándose como don.
- Que Dios sea Abbá implica que todos los seres humanos somos iguales en dignidad y valor, que todos llegaremos a ser como hermanos que cuidan los unos de los otros. Conocer a Dios es conocernos a sí mismos como hijo y como hermanos.
- Que el reino de Dios ponga por encima de la ley a la persona humana significa que Dios es Abbá.
- Que se manifieste como revolución de la esperanza a favor de los excluidos y empobrecidos, es porque Abbá los prefiere.
- Que sea Abbá significa que hemos de santificar su nombre, es decir, que lo sea todo en nuestro corazón, y que nos volquemos en relaciones de amor y de justicia entre nosotros (cf. Padrenuestro).
- Que el Dios Abba sea el Dios-amor nos impide cualquier actividad inspirada en el odio o que procure el daño a otros.

No hay que separar Dios y Reino. Hemos de luchar por el Reino de Dios desde Dios.

3.- El Reino de Dios ya está entre vosotros. Está ya presente y al mismo tiempo está por llegar.

El reino de Dios está ya aquí, pero solo como una “semilla” que se está sembrando en el mundo; un día se podrá recoger la “cosecha” final. El reino de Dios está irrumpiendo en la vida como una porción de “levadura”; Dios hará que un día esa levadura lo transforme todo. La fuerza salvadora de Dios está ya actuando secretamente en el mundo, pero es todavía como un “tesoro escondido” que muchos no logran descubrir; un día todos lo podrán disfrutar. Jesús no duda de este final bueno y liberador. A pesar de todas las resistencias y fracasos que se puedan producir, Dios hará realidad esa utopía tan vieja como el corazón humano: la desaparición del mal, de la injusticia y de la muerte.

 Ya hemos indicado que Marcos introduce el relato de la misión de Jesús diciendo: “El reino de Dios está cerca” (Mc. 1,15). Mateo lo sigue (Mt. 4,9). Es el mismo Jesús quien les encarga a los discípulos difundir este mensaje: “Está cerca el Reino de los cielos” (Mt. 10,7. Lc. 10,9; 10,11). No se trata de una cercanía intemporal; algo ha sucedido para que se produzca ese acercamiento del reino.

El evangelista Marcos ha resumido de manera certera este mensaje original y sorprendente de Jesús. Según él, Jesús proclamaba por las aldeas de Galilea la “buena noticia de Dios”, y venía a decir esto: “El tiempo se ha cumplido, y el Reino de Dios se está cerca. Convertíos y creed esta buena noticia”. Este lenguaje es nuevo. Jesús no habla, como sus contemporáneos, de la futura manifestación de Dios; no dice que el reino de Dios está más o menos cercano. Ha llegado ya. Esta aquí. Él lo experimenta. Jesús habla y actúa movido por esta convicción sorprendente: Dios está ya aquí, actuando de manera nueva. Su reinado ha comenzado a abrirse paso en estas aldeas de Galilea. La fuerza salvadora de Dios se ha puesto ya en marcha. Él lo está ya experimentando y quiere comunicarlo a todos. Esa intervención decisiva de Dios que todo el pueblo está esperando no es en modo alguno un sueño lejano; es algo real que se puede captar ya desde ahora. Dios comienza a hacerse sentir. En lo más hondo de la vida se puede percibir ya su presencia salvadora. Por eso, y a pesar de todas las apariencias en contra, Jesús invita a creer en esta buena noticia.

No hay que andar escrutando en los cielos señales especiales. Hay que olvidarse de los cálculos y conjeturas que hacen los escritores visionarios. No hay que pensar en una llegada visible, espectacular o cósmica del reino de Dios. Hay que aprender a captar su presencia y su señorío de otra manera, porque “el Reino de Dios ya está entre vosotros”.  Y este Reino se hace presente, no sólo dando vida a los que carecen de salud y dignidad (enfermos y endemoniados), sino además cambiando las situaciones sociales desesperadas que se traducen en pobreza, hambre y sufrimiento.

Jesús ante su pueblo hace suyas las palabras de Isaías: se siente ungido por el Espíritu, se siente con fuerza y ánimo para anunciar la Buena Noticia a los pobres, para liberar a los oprimidos, para instaurar un tiempo de gracia y de liberación (Cf. Lc 4,16-22). La gente que lo escucha sabe que Isaías dice algo más y que Jesús omite, el profeta también habla de un día de venganza, para Jesús tiempo de gracia y venganza son radicalmente incompatibles. El Creador de ningún modo puede ser vengativo.

Según un antiguo relato cristiano, cuando los discípulos del Bautista le preguntan: “¿Eres tú el que tenía que venir?”, Jesús se limita a exponer lo que está ocurriendo: “Id y contad a Juan lo que oís y veis: los ciegos ven y los cojos andan, los leprosos quedan limpios y los sordos oyen, los muertos resucitan y se anuncia a los pobres la buena noticia; y dichoso el que no se escandalice por mi causa”. Mateo 11,4-6 y Lucas 7,22-23 copian literalmente esta respuesta de Jesús tal como la encuentran en la fuente Q. Bastantes investigadores piensan que se trata de una elaboración de la comunidad cristiana para mostrar que en Jesús se cumplen las profecías de Isaías. Jesús entiende que es Dios quien está actuando con poder y misericordia, curando a los enfermos y defendiendo la vida de los desgraciados. Esto es lo que está sucediendo, aunque vaya en contra de las previsiones del Bautista y de otros muchos. No se están cumpliendo las amenazas anunciadas por los escritores apocalípticos, sino lo prometido por el profeta Isaías, que anunciaba la venida de Dios para liberar y curar a su pueblo (Isaías 35,5-6; 61,1).

A la gente de la sinagoga de su pueblo esta omisión de la venganza no le hace ninguna gracia e increpan a Jesús. No pueden ni quieren entender que tener el favor de Dios nunca puede ser a costa de negarlo a otros. Vengarse no entra en la entrañas del Compasivo. Afirmarse en la venganza es muerte.

Jesús sale de mala manera de la Sinagoga de Nazaret pero la colisión no le impide adentrase por los caminos de Galilea para proclamar la Buena Noticia de la Soberanía del Dios que llega como perdón, ternura, bondad y liberación.

Jesús habla con toda naturalidad del reino de Dios como algo que está presente y al mismo tiempo como algo que está por llegar. No siente contradicción alguna. El reino de Dios no es una intervención puntual, sino una acción continuada del Padre que pide una acogida responsable, pero que no se detendrá, a pesar de todas las resistencias, hasta alcanzar su plena realización. Está “germinando” ya un mundo nuevo, pero solo en el futuro alcanzará su plena realización.

 Este reino está ya presente, pero aún está por venir en su plenitud (ya, pero todavía no): “Venga tu reino” (Mt. 6,10; Lc. 11,2). El Padrenuestro se recordaba como la oración que había enseñado el mismo Jesús para que fuera distintiva de sus discípulos, por lo cual los primeros en transmitirla debían de rezarla ya en sus vidas de discipulados. Y el hecho de que esta oración, que probablemente estaba firmemente enraizada en la espiritualidad de los discípulos de Jesús, ruegue por la venida del reino, sin indicación alguna de que ya ha venido, tiene una importancia indudable. El reino tiene que ser “buscado” como algo por alcanzar.

4.- Jesús anuncia el Reino con obras (signos) y palabras.

Y este Reino de Dios lo está anunciando Jesús con sus palabras y sus obras. Habla del Dios del perdón y de la misericordia en parábolas, pero, al mismo tiempo, con su acogida incondicional a los pecadores y su servicio sanador y humanizador a todos los necesitados, él mismo se convierte en “parábola viviente” de ese Dios.

Si Jesús puede presentar y comunicar el misterio de Dios como Buena Nueva creíble para los hombres es porque las gentes pueden escuchar en “las palabras llenas de gracia que salen de su boca” (Lc 4,22) el anuncio nuevo de un Dios gratuito y salvador, y porque pueden ver aparecer en sus obras “la benignidad de Dios y su amor a los hombres” (Tit 3,4).

El Reino de Dios, tal como él lo presentaba, tenía que ser algo muy sencillo, al alcance de aquellas gentes. Algo muy concreto y bueno que entendían hasta los más ignorantes: lo primero para Jesús es la vida de la gente, no la religión. Al oírle hablar y, sobre todo, al verle curar a los enfermos, liberar de su mal a los endemoniados y defender a los más despreciados, tienen la impresión de que Dios se interesa realmente por su vida y no tanto por cuestiones “religiosas” que a ellos se les escapan. El reino de Dios responde a sus aspiraciones más hondas.

Las parábolas

 Las parábolas son el género literario, que escogió Jesús, para manifestar el contenido más profundo de la expresión “Reino de Dios”. Cuentan en su  mayoría una historia que se refiere a la vida diaria. Se podría decir, una historia de lo cotidiano, que nos revela cuanto hay de extraordinario en ese hecho. Lo que tenía que ser lo normal en la vida, nos parece sorprendente, e incluso extravagante, porque en las parábolas se apunta no a “lo que es”, ni a lo que nosotros imaginamos como “lo que tiene que ser”, sino a “lo que tendría que ser” la vida, si es que queremos que sea verdaderamente humana. Pero hay que decir que las parábolas sólo adquieren un profundo sentido tomándolas globalmente. Estrictamente hablando, parábolas con expresa referencia al Reino de Dios, hay solamente doce en los evangelios sinópticos: sembrador (Mt 13,18-19; Lc. 8,10); cizaña (Mt 13, 24-25); grano de mostaza (Mt 13,31; Mc. 4,30; Lc. 13,18); levadura (Mt 13,33; Lc. 13,20); tesoro (Mt 13,44); perla (Mt 13,45); red (Mt 13,47); semilla que crece por sí sola (Mc 4,26); deudor inicuo (Mc 18,23); jornaleros de la viña (Mt 20,1); banquete de bodas (Mt 22,2; Lc. 14,15); las diez muchachas (Mt. 25,1). A través de las parábolas se ven algunos rasgos en el dinamismo del reino que llega:

- La iniciativa parte de Dios: “salió el sembrador a sembrar”… El Padre vio de lejos al hijo errante, “se conmovió, salió corriendo…” El amo de la viña que una y otra vez contrata obreros que aguardan en la plaza. En las parábolas hay un mensaje de confianza: “no temas, pequeño rebaño, porque a vuestro Padre ha parecido bien daros a vosotros el reino” (Mt. 13,1)
- Y la llegada del reino es también obra del hombre. El amor y la misericordia del Padre movilizan todo cuanto somos y tenemos para vivir en la cercanía del Padre y vivir en el amor en relación con los otros (Mt 13,44-45; Lc 6,36). El apasionamiento conlleva una búsqueda, y para eso es necesario el discernimiento: quien proyecta construir una casa… (Lc 14,28-31), y también estar dispuesto a correr un riesgo: los talentos (Lc. 19,22). Las parábolas son también una sacudida a las conciencias: hay que reaccionar a tiempo y no basta con invocar a la elección de Israel.
- Dios  adquiere a través de las parábolas otra imagen distinta: No es el Dios que amenaza, el Dios que da miedo, como hizo aquél que guardó su único talento por miedo (Mt 25,25), porque tenía la idea de un Dios exigente y amenazante, que paraliza a las personas. No es el Dios que rechaza al perdido, se alegra con el encuentro de la oveja perdida (Lc. 15, 4-7), la moneda perdida (Lc. 15, 8-10) y el hijo pródigo (Lc. 15, 11-32). Su alegría por encontrar al perdido resulta desmesurada y hasta sin sentido, todo lo contrario del Dios de los líderes de la religión oficial que no tolera al perdido. No es el Dios que paga según los méritos de cada uno. Así lo vemos en la parábola de los jornaleros de la viña (Mt. 20,1-15). Dios se relaciona con el ser humano no según el principio calculador de los méritos de cada uno, sino desde el principio desconcertante de la bondad que no anda calculando lo que a cada cual le corresponde. El Dios de Jesús es el Dios del amor, el Dios Abba.

El don de Dios no se opone a la actividad humana. Lo que rechaza Jesús, al afirmar el reino de Dios como don es que  -tal como pretendían esenios, fariseos y grupos armados, cada uno a su modo- se pueda o se tenga que forzar la venida del reino. Este viene por puro amor de Dios. A ese nivel, sí, lo único que puede hacer el ser humano es simplemente orar, como enseñaba Jesús: “Venga a nosotros tu reino” (Mt. 6,10; Lc. 11,2).

Los signos. Jesús cura, libera del mal, sana…

Jesús recorrerá los caminos con sus entrañas llenas de compasión: “sintió compasión de ellos y curó a sus enfermos” (Mt 14, 14). “Y al ver a la muchedumbre, sintió compasión de ella, porque estaban vejados y abatidos  como ovejas que no tienen pastor” (Mt 9, 36; cf. Mc 6, 34). Jesús sintió compasión igualmente por la situación y las lágrimas de la viuda de Naín (Lc 7, 13). Expresamente se nos dice que sintió compasión por un leproso (Mc 1, 41), por dos ciegos (Mt 20, 34) y por quienes no tenían nada que comer (Mc 8, 2, par.).

 Jesús cura, libera del mal, sana, hace milagros. Los milagros son signos de la presencia del Reino. Cuando Jesús cura a los ciegos o a los paralíticos, lo que hace es mostrar lo que el Reino de Dios significa: que la salvación ha llegado a los enfermos, a los pobres. Cuando Jesús multiplica los panes, lo que hace es dar un signo del reino. El reino es como ese banquete donde hay para todos y sobra, donde se comparte y se vive la fraternidad.

Pero Jesús solo llevó a cabo un puñado de curaciones. Por las aldeas de Galilea y Judea quedaron otros muchos ciegos, leprosos y endemoniados sufriendo sin remedio su mal. Solo una pequeña parte experimentó su fuerza curadora. Nunca pensó Jesús en los “milagros” como una fórmula mágica para suprimir el sufrimiento en el mundo, sino como un signo para indicar la dirección en la que hay que actuar para acoger e introducir el reino de Dios en la vida humana. Cuando Jesús confía su misión a sus seguidores, les encomienda invariablemente dos tareas: “anunciar que el reino está cerca” y “curar a los enfermos”.  Por eso Jesús no piensa solo en las curaciones de personas enfermas. Toda su actuación está encaminada a generar una sociedad más saludable: su rebeldía frente a comportamientos patológicos de raíz religiosa como el legalismo, el rigorismo o el culto vacío de justicia; su esfuerzo por crear una convivencia más justa y solidaria; su ofrecimiento de perdón a gentes hundidas en la culpabilidad; su acogida a los maltratados por la vida o la sociedad; su empeño en liberar a todos del miedo y la inseguridad para vivir desde la confianza absoluta en Dios. Según Marcos, Jesús justificó su acogida a los pecadores con este refrán popular: “No necesitan médico los sanos, sino los enfermos” (2,17). Curar, liberar del mal, sacar del abatimiento, sanear la religión, construir una sociedad más amable, constituyen caminos para acoger y promover el reino de Dios. Son los caminos que recorrerá Jesús afirmando que esas fuerzas superiores al hombre (los demonios- el maligno-) no son superiores a Dios, ni más fuertes que Dios, sino al contrario. La esclavitud al Maligno no es el destino último del ser humano. La liberación y sanación es posible.

Jesús el defensor de la vida y el amigo de los pecadores

Jesús vino para que todos tengan vida en abundancia (Jn 10,10). ¿Cómo podía defender la vida contra los males que la amenazaban o mataban? Por medio de su acción y predicación, él lucha contra:

El hambre (Mc 6,35-44), la enfermedad (Mc 1,32-34), la tristeza (Lc 7,13), la ignorancia (Mc 1,22; 6,2), el abandono (Mt 9,36), la soledad (Mt 11,28; Mc 1,40-41), la letra que mata (Mc 2,23-28; 3,4), la discriminación (Mc 9,38-40; Jn 4,9-10), las leyes opresoras (Mt 23,13-15; Mc 7,8-13), la injusticia (Mt 5,20; Lc 22,25-26), el miedo (Mc 6,50; Mt 28,10), los males naturales (Mt 8,26), el sufrimiento (Mt 8,17), el pecado (Mc 2,5), la muerte (Mc 5,41-42; Lc 7,11-17), el demonio (Mc 1,25.34; Lc 4,13)...

Jesús lucha por recuperar la bendición de la vida (ver Gén 1,27 a 8; 12,3), perdida por causa del pecado (Gen 3,15-19). A quien quiera seguirlo él le da poder para curar enfermedades y para expulsar a los espíritus malos (Mc 3,15; 6,7). Los discípulos y las discípulas deben asumir la misma lucha en defensa de la vida

Jesús hace comunidad de mesa con pecadores y descreídos, no sólo alivia a los que no se lo merecen, sino que rompe los códigos de honor de su cultura. Compartir mesa es una osadía y una insensatez, la mesa compartida es sólo para iguales, para compañeros y familia, igualar ante el Dios de Israel a pecadores y descreídos es ir demasiado lejos.

La implicación compasiva de Jesús genera conflicto, está rompiendo el cerco, está diluyendo las fronteras entre lo puro e impuro, está curando leprosos y mujeres manchadas y normalmente lo hace en sábado; puede venir el caos pues esta rompiendo el orden societario basado en una férrea acotación de espacios y de comportamientos legitimados por un dios garante del orden.

 Hay gente que está inquieta y al acecho, letrados y fariseos del sector duro están vigilantes pues el comportamiento de Jesús puede derivar en algo muy peligroso, algo que puede ser satánico: se está rompiendo el orden, además al Imperio eso no le gusta en absoluto.

5.- El Reino y la conversión.

  El pueblo se ha de convertir, pero la conversión no va a consistir en prepararse para un juicio, como pensaba Juan, sino en “entrar” en el “reino de Dios” y acoger su perdón salvador. En adelante, todo cuanto Jesús diga y haga tiene como horizonte dicho Reino “El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; convertíos y creed en la Buena Nueva (Evangelio)” (Mc. 1,14-15).

El hombre no de ha quedar indiferente ante esta gran y buena noticia, que se le está anunciando. Esta Buena Nueva exige conversión, un giro total en la manera de entender y orientar la vida. Convertirse significa, en el lenguaje bíblico, cambiar la mentalidad (meta-noia). Supone que el hombre adopta en su interior una nueva escala de valores, que piensa y siente de manera distinta a lo que antes ocurría. El hombre ha de acoger a este Dios de la gracia, creer en su promesa de salvación y escuchar sus exigencias. Lo fundamental será convertirse al Dios revelado en Jesucristo y la acogida del evangelio como forma de vida. La acogida de Dios exige, sobre todo, vivir el mandamiento del amor a Dios como Padre y el amor al prójimo como hermano.

A veces se han traducido de manera errónea: “El Reino de Dios está dentro de vosotros”. Aunque la expresión griega entos hymin puede significar también “dentro de vosotros”, los investigadores modernos traducen hoy de forma general: “El reino de Dios está entre vosotros”, pues, para Jesús, ese reino no es una realidad íntima y espiritual, sino una transformación que abarca la totalidad de la vida y de las personas.

La interpretación puramente intimista de este texto ha llevado, por desgracia, a desfigurar el pensamiento de Jesús reduciendo el Reino de Dios a algo privado y espiritual que se produce en lo íntimo de una persona cuando se abre a la acción de Dios. Jesús no piensa en esto cuando habla a los campesinos de Galilea. Trata más bien de convencer a todos de que la llegada de Dios para imponer su justicia no es una intervención terrible y espectacular, sino una fuerza liberadora, humilde pero eficaz, que está ahí, en medio de la vida, al alcance de todos los que la acojan con fe.

Es verdad. La acogida del reino de Dios comienza en el interior de las personas en forma de fe en Jesús, pero se realiza en la vida de los pueblos en la medida en que el mal va siendo vencido por la justicia salvadora de Dios.

La conversión supone, ante todo, una percepción realista de la condición secreta de la existencia, tanto individual como colectiva. En el corazón del hombre anidan fuerzas e impulsos de Muerte, como lo manifiesta Jesús mismo en su discurso sobre la autenticidad del culto (cf. Mc. 7,21-22). Son fuerzas e impulsos que llevan a ahogar las posibilidades de vida que existen en él. Sobre todo, el egoísmo que le impulsa a erigirse a sí mismo como centro absoluto de la realidad, prescindiendo de los demás, e incluso explotándolos. Tales fuerzas se proyectan en los diversos aspectos de la existencia, sin excluir el aspecto estructural, y provocan Muerte entre los hombres. Es decir, crean aquellas formas de existencia que no son dignas de ese nombre: violencia, abusos, odio, explotación, soledad, inseguridad, marginación, hambre, guerras, etc. La convivencia humana tiene muchas veces más de con-morir que de con-vivir. Así era en tiempos de Jesús y lo continúa siendo hoy en el mundo. La conversión por la venida del Reino de Dios lleva consigo un vuelco radical de esta situación.

Conversión personal y social

Por tanto, Jesús no busca solo la conversión individual de cada persona. Habla en los pueblos y aldeas tratando de introducir un nuevo modelo de comportamiento social. Los ve angustiados por las necesidades más básicas: pan para llevarse a la boca y vestido con que cubrir su cuerpo. Jesús entiende que, entrando en la dinámica del reino de Dios, esa situación puede cambiar: “No andéis preocupados por vuestra vida, qué comeréis, ni por vuestro cuerpo, con qué os vestiréis... Buscad más bien el reino de Dios y esas cosas se os darán por añadidura” (Fuente Q (Lucas 12,22.31. Mateo 6,25.33). El núcleo de esta enseñanza proviene de Jesús.). No apela con ello a una intervención milagrosa de Dios, sino a un cambio de comportamiento que pueda llevar a todos a una vida más digna y segura.

 Jesús invita a un estilo de vida diferente y lo ilustra con ejemplos que todos pueden entender: hay que terminar con los odios entre vecinos y adoptar una postura más amistosa con los adversarios y con aquellos que hieren nuestro honor. Hay que superar la vieja “ley del talión”: Dios no puede reinar en una aldea donde los vecinos viven devolviendo mal por mal, “ojo por ojo y diente por diente”. Hay que contener la agresividad ante el que te humilla golpeándote el rostro: “Al que te hiera en una mejilla, preséntale también la otra”. Hay que dar con generosidad a los necesitados que viven mendigando ayuda por las aldeas: “Da a todo el que te pida, y al que tome lo tuyo, no se lo reclames”. Hay que comprender incluso al que, urgido por la necesidad, se lleva tu manto; tal vez necesita también tu túnica: “Al que te quite el manto, no le niegues la túnica”. Hay que tener un corazón grande con los más pobres. Hay que parecerse a Dios: “Sed compasivos como vuestro Padre es compasivo”.

6.- Un Reino destinado a todos los hombres, pero preferentemente a los pobres.-

Jesús no excluye a nadie. A todos anuncia la buena noticia de Dios, pero esta noticia no puede ser escuchada por todos de la misma manera. Todos pueden entrar en su reino, pero no todos de la misma manera, pues la misericordia de Dios está urgiendo antes que nada a que se haga justicia a los más pobres y humillados. Por eso la venida de Dios es una suerte para los que viven explotados, mientras se convierte en amenaza para los causantes de esa explotación.

Jesús declara de manera rotunda que el reino de Dios es para los pobres. Tiene ante sus ojos a aquellas gentes que viven humilladas en sus aldeas, sin poder defenderse de los poderosos terratenientes; conoce bien el hambre de aquellos niños desnutridos; ha visto llorar de rabia e impotencia a aquellos campesinos cuando los recaudadores se llevan hacia Séforis o Tiberíades lo mejor de sus cosechas. Son ellos los que necesitan escuchar antes que nadie la noticia del reino: “Dichosos los que no tenéis nada, porque es vuestro el reino de Dios; dichosos los que ahora tenéis hambre, porque seréis saciados; dichosos los que ahora lloráis, porque reiréis”. Hay un consenso bastante generalizado en que estas tres bienaventuranzas, dirigidas concretamente a los pobres, los hambrientos y los que lloran, han sido formuladas por Jesús, y de que la versión de Lucas (6,20-21) es más auténtica que la de Mateo (5,3-11), que las ha espiritualizado, añadiendo además otras nuevas. Jesús los declara dichosos, incluso en medio de esa situación injusta que padecen, no porque pronto serán ricos como los grandes propietarios de aquellas tierras, sino porque Dios está ya viniendo para suprimir la miseria, terminar con el hambre y hacer aflorar la sonrisa en sus labios. Él se alegra ya desde ahora con ellos. No les invita a la resignación, sino a la esperanza. No quiere que se hagan falsas ilusiones, sino que recuperen su dignidad. Todos tienen que saber que Dios es el defensor de los pobres. Ellos son sus preferidos. Si su reinado es acogido, todo cambiará para bien de los últimos. Esta es la fe de Jesús, su pasión y su lucha.

Jesús no habla de la “pobreza” en abstracto, sino de aquellos pobres con los que él trata mientras recorre las aldeas. Familias que sobreviven malamente, gentes que luchan por no perder sus tierras y su honor, niños amenazados por el hambre y la enfermedad, prostitutas y mendigos despreciados por todos, enfermos y endemoniados a los que se les niega el mínimo de dignidad, leprosos marginados por la sociedad y la religión. Aldeas enteras que viven bajo la opresión de las elites urbanas, sufriendo el desprecio y la humillación. Hombres y mujeres sin posibilidades de un futuro mejor. ¿Por qué el reino de Dios va a constituir una buena noticia para estos pobres? ¿Por qué van a ser ellos los privilegiados? ¿Es que Dios no es neutral? ¿Es que no ama a todos por igual? Si Jesús hubiera dicho que el reino de Dios llegaba para hacer felices a los justos, hubiera tenido su lógica y todos le habrían entendido, pero que Dios esté a favor de los pobres, sin tener en cuenta su comportamiento moral, resulta escandaloso. ¿Es que los pobres son mejores que los demás, para merecer un trato privilegiado dentro del reino de Dios?

Jesús nunca alabó a los pobres por sus virtudes o cualidades. Al proclamar las bienaventuranzas, Jesús no dice que los pobres son buenos o virtuosos, sino que están sufriendo injustamente. Si Dios se pone de su parte, no es porque se lo merezcan, sino porque lo necesitan. Dios, Padre misericordioso de todos, no puede reinar sino haciendo ante todo justicia a los que nadie se la hace. Esto es lo que despierta una alegría grande en Jesús: ¡Dios defiende a los que nadie defiende! Los pobres son, sencillamente, los que más sufren la ausencia del Reino de Dios: los pecadores despreciados por la sociedad; los empobrecidos por las injusticias y el egoísmo de los poderosos; los desposeídos de salud y maltratados por la vida. Dios sólo puede ser anunciado como Padre de todos y su justicia ser introducida entre los hombres, haciendo justicia a los que nadie hace. Cuando se anuncia al verdadero Dios, “los pobres son evangelizados” (Mt 11,5; Lc 4,18)

Su actitud y sus palabras antes los pobres, pecadores y marginados van a acarrearle a Jesús el desprecio y el rechazo. Hay gente que no soporta la Ternura y la Compasión, parece que están llenos de resentimiento y frustración, como si la experiencia de Dios no fuera una experiencia gozosa y vivificante. No soportan la alegría de los demás, no se alegran de que los pecadores tengan fiesta y perdón, las viudas indefensas compañía, que los atrofiados recuperen su libertad y autonomía. ¡Cuánta podredumbre en el interior de aparentes comportamientos religiosos! Jesús está haciendo luz en la tiniebla, esa luz la quieren apagar, es peligrosa, pone en evidencia el orgullo y el engreimiento de los que se tienen a bien con Dios y lo quieren todo para ellos, pero Jesús sabe que la luz no es para esconderla.

7.- “Buscad el Reino de Dios y su justicia…” (Mt. 6,23).

Antes de finalizar, hagamos  una breve síntesis. El Reino es:

- La alegre noticia de poder llamar a Dios “Abbá”. Soy amado incondicionalmente por Dios Abba, antes y más allá de mis buenas o malas obras, y que es ese Amor el que posibilita dentro de mí el amor, el gozo y la entrega.
- Un reinado establecido por la gratuita y libre acción de Dios. Aunque gratuito, esto no significa que la acción histórica de los hombres no tenga valor alguno; más bien corresponde a la acción gratuita de Dios poner de parte del hombre signos análogos a los de Jesús.
- Es un Reino que implica reconciliación perdón, amor, comunión, fraternidad, justicia. Todo ello pasa por mediaciones históricas determinadas, comprometiendo nuestra vida a favor de los más débiles, pequeños y excluidos de este mundo, porque ellos son los preferidos del Señor.
- El Reino de Dios es un reinado en el cual, según la promesa de Jesús (Lc 6,20-22; Mt. 5,3-10), los pobres, los hambrientos, los afligidos y los pisoteados de la tierra podrán por fin levantar la cabeza; un reino en el cual tendrá fin el dolor, el sufrimiento y la muerte.
- El anuncio del Reino exige del hombre que se decida radicalmente por Dios; más esto no puede hacernos olvidar que conversión personal y cambio de estructuras, en una sociedad medularmente injusta, son correlativos.
- Es denuncia frontal del pecado, de la seguridad religiosa, del poder y de la riqueza injustos y de la manipulación de la religiosidad.
- El Reino es el mismo Jesús, constituido siempre en Salvador, Evangelio de Dios para los hombres.
- En suma, El Reino es eu-ggelion, que significa que debe alegrar a los oyentes. El Reino debe ser anunciado con gozo y debe producir gozo.

Y no finalicemos este tema sin dejar que resuenen las palabras de Jesús en nuestro corazón: “Buscad el Reino de Dios y su justicia, y todo lo demás se os dará por añadidura” (Mt. 6,23), es decir, vamos a tratar de ir dando pasos en la edificación de nuestra vida y la del mundo según quiere Dios. Jesús nos llama a mirar y a implicarnos en el mundo y en la vida entera de manera diferente, se trata de mirar a las personas, mirar los acontecimientos, mirar la vida entera superando nuestros modos habituales de mirar y de enjuiciar la realidad. Y es que Dios tiene su lógica que no coincide con la nuestra. Se trata de mirar la vida y mirarlo todo desde la ternura y la compasión de Dios. Al final, ser cristiano es creer que se nos está llamando a un proceso de cambio, y quien no esté cambiando y no esté trabajando para que cambie el mundo, podrá vivir correctamente una religión, pero no está en la dinámica del reino de Dios que quería Jesús de Nazaret.

Cuando Jesús invita a “entrar” en el reino de Dios, es evidente que habrá que “salirse” de otras cosas; de una religión, de una cultura, de un modo de vivir, habrá que “salir”, o mejor dicho, habrá que buscar un mundo que cada día sea más reino de Dios. Pero hemos de salir de una religión puramente convencional, que no nos transforma personalmente, ni nos impulsa a transformar nuestro mundo. Es necesario pasar de una religión convencional a una vida centrada en la experiencia de la compasión de Dios. Jesús no echa por tierra la religión convencional, como algo arbitrario, sin sentido. Lo que Jesús hace es situarla de una manera radicalmente nueva. Nunca una religión es un absoluto; el único absoluto es el amor y concretamente el amor al que sufre. Y cuando esto se hace tan serio, una religión también se va convirtiendo al reino de Dios; y si de Jesús ha nacido una religión, tendrá que ser una religión completamente orientada a construir el reino de Dios en el mundo. Por eso el gran reto que tenemos hoy nosotros, los creyentes, es abrir nuestra religión al reino de Dios; abrir nuestras costumbres, nuestra vida, nuestro culto, nuestra liturgia al reino de Dios.

Dejemos que sobre nuestros corazones de piedra resuenen este inmenso deseo de Dios:
 Yo quiero instaurar ya mi reino definitivo entre los hombres
 Yo quiero que en él los más desgraciados sean los primeros, los preferidos.
Yo quiero que los cristianos y todos los hombres de buena voluntad se dediquen ardientemente a realizarlo.
 ¡Ahí está el secreto de la verdadera felicidad!

Dejemos que en nuestro mundo, revuelto por mil zozobras, resuenen, fresca la buena noticia del Evangelio: Dios quiere, con su reinado, la fraternidad de todos los hombres por encima de la separación; Dios quiere, con su reinado, la justicia devolviendo a los empobrecidos sus dignidad y su derecho, por encima de la desigualdad y marginación; Dios quiere, con su reinado, el compromiso de luchar por ese ideal, por encima del egoísmo; Dios quiere, con su reinado, la felicidad de todos los hombres, por encima de una vida sin sentido y vacía.

Y al escuchar cómo resuena este mensaje de Buena Nueva en nuestro corazón, pidamos para que tengamos fortaleza para llevarlo a cabo. Porque se nos invita a ser personajes incómodos, críticos, insobornables, trasparentes y, al mismo tiempo, llenos de bondad, mansedumbre y autenticidad. Nos piden ser sencillos y prudentes como palomas; sabios y astutos como serpientes. Y será entonces, cuando nos revistamos de estas actitudes y valores propios del Reino cuando estemos evangelizando el mundo.

En este sentido, Eloi Leclerc, muy en línea de Francisco de Asís y de Carlos de Foicauld, a propósito de la evangelización escribía:

 “¿Por dónde comenzar? Preguntó Tancredo. La cosa más urgente, dijo Francisco de Asís es desear tener el Espíritu de Jesús. Él solo puede hacernos buenos, profundamente buenos, con una bondad que es una sola cosa con nuestro ser más profundo (…) ¿has pensado ya lo que es evangelizar a los hombres? Mira, evangelizar a un hombre o a una mujer es decirle: Tú eres amado/a por Dios en el Señor Jesús. Y no sólo decírselo, sino pensarlo realmente. Y no solo pensarlo, sino portarse con esa persona de tal manera que sienta y descubra que hay en él o ella algo amable, algo salvado, algo más grande y más noble de lo que él o ella pensaba; y que se despierte así una imagen más positiva de sí misma. Eso es anunciarle la Buena Nueva, y eso no podemos hacerlo más que ofreciéndole nuestra amistad; una amistad real, desinteresada, hecha de confianza y de estima profundas” (Leclers, Eloy, Sabiduría de un pobre, Marova, Madrid, 2003, pp. 163-164.)

TRABAJO EN GRUPO

1.- El para qué de la vida de Jesús es el Reino de Dios. ¿Para qué vives tú?, ¿qué sentido le estás dando a tu vida?, ¿qué te moviliza actualmente?, ¿cuál es tu proyecto de vida?

2.- El pueblo de Israel tenía puesta sus esperanzas en la llegada del Reino de Dios, llegaría una prosperidad renovada y abundante con la eliminación de las incapacidades y la restauración del paraíso. ¿Cuáles son las esperas de nuestro mundo?, ¿Cuáles son las esperas de tu familia?, ¿Qué esperas tú ahora en la vida?

3.- Jesús viene a anunciarnos la Buena Noticia del Reino de Dios: Dios es “Abbá”. Dios es amor y mi vida está habitada por un Misterio acogedor a quien Jesús llamó Padre, origen y sentido de todo cuanto existe. ¿Qué significa en tu vida saber y experimentar que Dios es “Abbá”?, ¿Qué sentimientos te suscita la experiencia del Dios Abbá”, ¿Qué ideas o imágenes has de cambiar de Dios a la luz de esta revelación?, ¿Cómo te relacionas con ese Dios Abbá?

4.- Jesús viene a anunciar que los anhelos de vida, justicia, liberación y felicidad que se encierra en la humanidad se van a hacer realidad. Él es la Buena Noticia del Reino. ¿Cuáles son los signos del Reino de Dios: signos de vida, de amor, de justicia, de paz, de curación, de servicio, qué tú estás percibiendo hoy en tu entorno de familia, de trabajo, de comunidad? Narra alguna experiencia concreta de personas, colectivos, comunidades, que con sus gestos, palabras, acciones, ponen de manifiesto la presencia del Reino de Dios entre nosotros.

5.- La Buena Nueva del Reino de Dios exige conversión, un giro total en la manera de entender y orientar la vida. ¿Qué giro has de darle a tu vida?, ¿qué cambio de pensamiento y de actitudes has de tener?, ¿Qué necesitas para que pueda darse ese cambio? Y ¿qué cambios necesita nuestro mundo y nuestra comunidad?

6.- Los pobres son los destinatarios preferidos del Reino. Comenta que están significando los pobres, los enfermos, los excluidos, los insignificantes, los pequeños en tu vida y en la vida de la comunidad parroquial.

7.- A la luz de la interiorización de este tema, y después de trabajar el cuestionario adjunto, ¿qué proceso de conversión necesitas?, ¿podrías concretar algún pequeño paso a dar en tu vida, algún signo a realizar a favor del Reino de Dios?, ¿qué debería proponerse la comunidad parroquial?

 


PARA ORAR
Contemplar a Jesús para conocerlo internamente
(Esta oración está tomada de Compañeros en el camino. Dolores Aleixandre)

Es una oración para crecer en la relación con Jesús, conocerlo internamente, dejarlo que se vaya haciendo Señor de mi vida, de mi modo de actuar, de vivir, de ser. Nos acercaremos a imágenes y encuentros que nos invitan a dirigir nuestra mirada a los ojos y al co¬razón, a la boca y a los oídos, a las manos y pies de Aquel que se acercó a ellos y transformó sus vidas.

Cada apartado es para un rato de oración. Escribe lo que vas viviendo.

1. Lee Mc 1,29 31: al comienzo de la escena, vemos a una mujer postrada, separada, poseída por la fiebre. Al final, esa misma mujer, ya curada, está integrada en la comunidad y sirviendo a los demás, es decir, en ese lugar al que remite siempre Jesús a los que le siguen, porque ahí «se tiene parte con él». En el centro del texto está la clave de la transformación: «Jesús se acercó y, tomándola de la mano, la levantó».
 Contempla esa mano tendida de Jesús. Es su primer gesto silencioso en el evangelio de Marcos, y en él se evoca como en esbozo todo lo que ha venido a ser para la hu¬manidad caída: una mano tendida que nos agarra para sa¬carnos de nuestra postración, para librarnos de nuestras fiebres, para conducirnos hacia el servicio de sus hermanos más pequeños. «Había en él una fuerza para sanar...» (Lc 5,17).
 Entra en el ámbito de esa fuerza, déjate levantar por esa mano, agradece la fuerza y la liberación que te llegan a través de ella. Pregúntate por el potencial que hay en las tuyas: ¿cómo fluye?, ¿hacia quiénes?, ¿retienen o entre¬gan?, ¿hunden o levantan?...

2. Lee en Mt 8,1 4 la curación del leproso. Toda la fuerza del texto está en el contraste entre, por una parte, el horror y el deseo de huida que produce la lepra y, por otra, la aproximación de la mano de Jesús hasta tocar a aquel hombre y limpiarlo.
 Contempla esas manos de Jesús que no temen entrar en contacto con la suciedad, la podredumbre, la miseria humana...: todo aquello a lo que nosotros tenemos horror. Siente que su mano está tendida también hacia ti y que desea transformarte en alguien limpio, sano y libre. Déjate tocar por ella y pídele que te permita caminar a su lado para acercarte con él a tantos hombres y mujeres que son los «leprosos» de hoy y a los que él sigue queriendo tocar, bendecir, curar, devolver la dignidad.

3. Entre todas las palabras que pronunciaron los labios de Jesús, vamos a escuchar algunas que giran en torno a dos temas que parecen contradictorios y no lo son: el ánimo y la exigencia. Están tomadas del evangelio de san Lucas.
 Ponte delante de Jesús, consciente de que necesitas sus palabras de consuelo y de aliento, y trae contigo a la oración a tanta gente abatida, desalentada, desesperan¬zada, herida... Escucha con el corazón unas palabras que nacen de la misión que el Padre ha confiado a su Hijo y que el Segundo Isaías expresa así:
 «Consolad, consolad a mi pueblo, dice vuestro Dios...» (Is 40,1).
 «El Señor me ha dado una lengua de discípulo para que haga saber al cansado una palabra alentadora» (Is 50,4).
 « No temas, pequeño rebaño, porque a vuestro Padre le ha parecido bien darles el Reino» (Lc 12,32).
 «No necesitan médico los sanos, sino los que están enfermos. No he venido a llamar a con¬versión a los justos, sino a los pecadores» (Lc 5,32).
 «Hija, tu fe te ha sanado; vete en paz» (Lc 8,48).
 «Tus pecados te quedan perdonados» (Lc 5,23).
 «Alegraos conmigo, porque he encontrado la oveja que se me había perdido» (Lc 15,6).
 «Hoy ha llegado la salvación a esta casa» (Lc 19,9).

4. A Jesús lo encontramos siempre con un oído puesto en el Padre y otro en la gente:
«De madrugada, muy oscuro todavía, se levan¬tó. Salió y se fue a un lugar solitario, y allí es¬tuvo orando» (Mc 1,35).
 Revive internamente la escena, trata de visualizarla en todos sus detalles. Tú también estás ahí en esa madru¬gada, inmerso en la oscuridad que aún envuelve las casas de Cafarnaún. Tu mirada apenas distingue la sombra de Jesús, que sale silenciosamente de una de esas casas; pero tus oídos atentos escuchan el leve rumor de sus pisadas. Vas detrás de él calladamente hasta el lugar en que va a ponerse a orar. Contempla su actitud, su postura; trata de intuir qué palabras del Padre está escuchando: «Tú eres mi hijo amado, en ti tengo puesta toda mi complacencia...».
 Escúchalas como dirigidas también a ti ya cada uno de tus hermanos. Dirígete después a Él: “Abbá…”. Y trae a tu memoria a las personas que conoces: “Mis hermanos…”

5. Hablar de los pies de Jesús es hablar de su camino y de su búsqueda, de su cansancio y de su decisión de llegar hasta el final. Se detuvieron junto al pozo de Siquem para esperar a la mujer samaritana (Jn 4,5), y a la salida de Jericó para aguardar a Bartimeo (Mc 10,46); le llevaron al Tabor en un momento de luminosidad y transfiguración, y a Jerusalén, a pesar del peligro que allí le acechaba. Una mujer los ungió con perfume (Lc 7,36 50); dos de ellas, María Magdalena y la otra María, cuando él les salió al encuentro en la maña¬na de la resurrección, «se abrazaron a sus pies y lo adoraron» (Mt 28,9).
 Acércate también tú a contemplar los pies de Jesús y a bendecirlos, a abrazarlos y a ungirlos. Trae contigo todo tu agradecimiento por las veces que han salido en tu búsqueda hasta encontrarte, porque te han esperado en las encru¬cijadas de tus caminos, porque han marchado delante de ti cuando no sabías por dónde ibas, detrás de ti para de¬fenderte del peligro, junto a ti cuando te creías solo...
 Da gracias al Padre por este caminante infatigable que nos ha regalado en su Hijo. Háblale de tu deseo de recorrer sus mismos caminos y de no cansarte de estar, como él, lavando los pies de los que están más agotados.

6. El término corazón es una de esas palabras que hacen referencia a la totalidad de la persona, a su centro original e íntimo, allí donde se configuran sus comportamientos. Po¬demos conocer el corazón de alguien a través de dos de sus emociones básicas: la compasión y la alegría. En Mc 6,34 leemos: «Al desembarcar, vio a mucha gente y sintió compasión de ellos, porque estaban como ove¬jas que no tienen pastor; y se puso a enseñarles largamente».
 Mézclate con aquella gente, siéntete envuelto en la mirada cargada de ternura y de acogida de Jesús. No te hace ningún reproche, no te señala nada negativo, no te exige que hagas esto o lo otro... Tan sólo te mira y te acepta tal como eres. Respira hondo y déjate invadir por la paz de esa acogida incondicional. Da después un paseo tratan¬do de mirar a la gente como lo haría Jesús.
En Mt 11,25 27 leemos: «En aquel momento, Jesús se llenó de alegría en el Espíritu Santo y dijo: 'Te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocul¬tado estas cosas a tos sabios y entendidos y se las has revelado a la gente sencilla. Sí, Padre, eso es lo que te ha parecido bien...»
 Acércate a Jesús, que quiere comunicarte que la fuente de su alegría consiste para él en coincidir con el Padre en su preferencia por los pequeños. Pídele que te dé parte con él en esa «afinidad» que es el secreto de su gozo y que puede serlo también del tuyo...