SOMOS IGLESIA

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INTRODUCCIÓN
 La percepción de la Iglesia es muy variada y obedece a la experiencia  cercana o lejana que se tiene de ella.
Cada vez más, los medios de comunicación dan una información sobre la Iglesia normalmente ligada y confundida con los que son sus representantes oficiales: el Papa, los obispos, los sacerdotes…

Para algunos, la Iglesia es una institución más en la sociedad, que cumple una función religiosa, como otras instituciones cumplen otras funciones: culturales, deportivas, etc. Creen que la Iglesia es una institución anclada en el pasado, ofrece una visión de la persona desfasada y es enemiga de la libertad y del progreso.
Es verdad que muchos reconocen en ella algo singular:
- Su larga historia de más de veinte siglos
- Su doctrina.
- Su contribución al patrimonio cultural de la humanidad.
- La ejemplaridad de muchos de sus miembros.
- Sus instituciones de caridad.
- El testimonio  de los misioneros…
Muchos cristianos bautizados, no consideran a la Iglesia como algo propio, no sienten su “pertenencia a la Iglesia”. Y a causa de los fallos que se dan en ella o por otras causas, como el creciente secularismo y los recientes pecados eclesiales, no pocos bautizados manifiestan una cierta desafección hacia la Iglesia, distanciándose de ella y de la práctica religiosa.
También nos encontramos con muchos hombres y mujeres que contemplan a la Iglesia desde una visión de fe. Sienten que, por el bautismo, pertenecen a ella, la aman, y a la vez ven la necesidad de su permanente renovación. Sin embargo, muchos cristianos carecen de una visión correcta de la Iglesia. Por ello, vamos a tratar en este curso de profundizar en qué es la Iglesia, a fin de conocerla y acrecentar nuestro sentimiento de pertenencia a ella.
Comencemos viendo en esta introducción los diferentes niveles de adhesión a la Iglesia, según nos lo presentaron los obispos vascos en una de sus cartas pastorales (Cf. Carta pastoral de los Obispos vascos, Seguir a Jesucristo en esta Iglesia.).
I.- Los diferentes niveles de adhesión a la Iglesia.
Una primera mirada a la sociedad y a la Iglesia nos permite ya descubrir, en el tema que nos ocupa, una amplia gama de actitudes que van desde la desafección indiferente hasta la adhesión encendida. Podemos encontrar encarnadas estas diversas actitudes en grupos eclesiales y sociales de fisonomía diferente.
Nos proponemos ahora identificar estos grupos y describir los rasgos más destacados de su adhesión eclesial. Estos rasgos no son exclusivos de un solo grupo, pero sí son dominantes y característicos en cada uno de ellos.
1. El grupo de la adhesión renovada
Nos encontramos ante un grupo eclesial bastante homogéneo y minoritario, pero vigoroso y creciente. Está viviendo un itinerario que va de la pertenencia eclesial heredada a la pertenencia personal; de la acostumbrada naturalidad de ser fieles de la Iglesia a la gozosa novedad de descubrirse miembros de la Iglesia. La Iglesia es su “gran familia”. En ella refrescan el sentido de la vida y los motivos para esperar y trabajar.
Son conscientes de las debilidades y mediocridades de la comunidad y de sus pastores, sin que tal consciencia congele en ellos un movimiento de fundamental confianza. La Iglesia para ellos es humana, pero es más que humana. Un afecto fresco y gozoso, ajeno a todo resentimiento, les conduce a alegrarse sinceramente de sus avances y a apenarse de sus tropiezos.
Participan activamente en la vida eclesial. Encuentran en la Iglesia espacios de relación más cálidos y cauces de colaboración más abiertos que en la sociedad.
Tres factores son, ordinariamente, los responsables de esta adhesión renovada. El primero es la formación. Ella les hace comprender de manera más vital y estimuladora la fe católica y, por supuesto, su eclesialidad. El segundo es la oración compartida. Ella va creando una nueva sensibilidad para percibir lo que se oculta a la mirada de otros muchos. El tercero es el compromiso apostólico. Su implicación activa en la Iglesia favorece su identificación con ella. Estos tres factores han generado en su interior una nueva experiencia de Iglesia.
Este grupo tiene también sus tentaciones eclesiales. Una consiste en cierta inclinación al eclesiocentrismo. La realidad secular puede quedar desdibujada ante la realidad eclesial. La sensibilidad para con los grandes problemas de la sociedad puede palidecer ante la sensibilidad, más acusada, para con los problemas de la Iglesia. La preferencia por el compromiso intraeclesial sobre el compromiso cívico puede ser un indicador de esta inclinación.
2. El grupo de la adhesión “fiel y silenciosa”
Estamos ante un grupo mucho más numeroso y más heterogéneo que el anterior. Dentro de él la calidad creyente y eclesial es muy desigual. Pero todos sus miembros presentan algunos caracteres comunes.
El primer elemento común es su relativa satisfacción con respecto a la Iglesia. El nivel de descontento es bajo y ocasional. Es un grupo que no pide mucho a la comunidad ni a sus pastores: ni talante evangélico, ni denuncia profética, ni compromisos heroicos. Son practicantes habituales que piden principalmente a la Iglesia unos servicios religiosos que les proporcionan luz, consuelo y fortaleza. Conciben su colaboración al sostenimiento económico de su iglesia como una contraprestación elemental, que ofrecen de buen grado.
En general asimilan bien las renovaciones y cambios eclesiales, porque se fían de sus pastores, que son “los que saben”. La Iglesia “tiene que adaptarse”. Con todo, se sienten aturdidos a veces por modificaciones que tocan cosas muy sensibles de la fe heredada de los mayores. Pero se reponen bastante fácilmente de estas conmociones.
Por debajo de sus rasgos comunes encontramos aquí dos subgrupos bien diferentes. Uno, formado por gentes de honda fibra religiosa, de fina conciencia moral y de arraigada vinculación eclesial. Son, con frecuencia, personas de condición social y cultural humilde. Nuestros proyectos de formación permanente no se acomodan a sus necesidades y deseos. Pero tienen una exquisita sensibilidad para el Evangelio. Son los “pobres de Yahvé” que escuchan con atención, aceptan con sencillez y responden con generosidad. Su eclesialidad es, como el conjunto de su fe, sencilla y sana.
El otro subgrupo está constituido también por gente formada en una tradición religiosa intensa y envolvente. Mantiene buena parte del legado heredado, con sus virtudes, pero también con sus deficiencias. He aquí las que nos parecen más reseñables.
La primera es el individualismo religioso. La Iglesia es para ellos una agrupación en la que se congregan las personas individualmente religiosas para responder más adecuadamente a sus aspiraciones comunes. La segunda es la conciencia de ser principalmente destinatarios, no sujetos activos de la acción de la Iglesia. Esta, particularmente a través de sus ministros, les asegura los servicios que ellos esperan de la comunidad cristiana. La tercera es el «espíritu de contrato»: su adhesión creyente al Dios vivo y a la comunidad de Jesús parecen reguladas más por el pacto calculado que por la entrega desinteresada. La cuarta es la debilidad misionera. Situados en el interior de su iglesia, experimentan sólo de modo tenue el impulso y el reclamo de ofrecer a los distantes su fe y su comunidad.
3. El grupo de la adhesión “crítica y tensa”
Congrega una minoría, aunque activa y relevante, de la Iglesia actual. Su práctica religiosa se realiza con frecuencia separada de la gran comunidad. Sensibles a los valores éticos del mensaje cristiano y afines a connotaciones sociales y políticas situadas en la izquierda, viven su compromiso cristiano en áreas cívicas no eclesiales.
Su conciencia de pertenecer a la Iglesia es viva, pero incómoda y sufriente. La crítica a la comunidad cristiana y a sus responsables es bastante habitual y recia. Se despliega a, través de conductos intraeclesiales y, con alguna frecuencia, a través de medios de comunicación social cercanos a sus posiciones.
Esta crítica alcanza, en primer lugar, al conjunto de la comunidad cristiana. La tachan, fundamentalmente, de mediocridad. Tal mediocridad se manifiesta sobre todo en una fe poco personal y poco contrastada con la sensibilidad moderna. Además, en un compromiso ético preferentemente individual y débilmente social.
La crítica se dirige especialmente a los responsables, en los cuales detectan actitudes autoritarias incompatibles con el espíritu democrático requerido por el Evangelio y la sensibilidad social: los derechos humanos exigidos en la sociedad no son respetados en la Iglesia. Encuentran a sus pastores recelosos ante todo verdadero cambio eclesial en la doctrina, en la moral o en la disciplina: los teólogos abiertos son marginados y reducidos al silencio. Ven a sus dirigentes eclesiales poco sensibles a las capas populares y plegados a los poderes fácticos económicos y políticos: obispos y poderosos de este mundo están de acuerdo en puntos capitales como la validez del modelo capitalista, la legitimidad de los bloques armados y la defensa del orden social.
Según el parecer de este grupo, comunidad y pastores están viviendo -en el seno de una sociedad que tiende a regresar hacia la derecha- un intenso proceso de «involución eclesial», dirigido desde Roma y secundado en amplias zonas por una porción del pueblo cristiano y una mayoría creciente de los responsables. El resto se muestra medroso, dócil y condescendiente con el «centralismo romano», que quiere asegurar la cohesión de la Iglesia universal mediante la vuelta a la uniformidad en torno a las viejas seguridades del pasado.
4. El grupo de la adhesión dolorida y nostálgica
Son justamente estas viejas seguridades las que añoran los componentes del grupo que ahora describimos. Según su visión, la Iglesia ha cambiado demasiado. Ya no es lo que era. Ha ido perdiendo tres cualidades capitales que constituían su grandeza: claridad meridiana, unidad monolítica y respetabilidad social.
La Iglesia era diáfana en su doctrina dogmática y moral, y en su código disciplinar. Ofrecía el testimonio de actuar «como un solo hombre» en todas sus manifestaciones. Era reverenciada por los poderes de todo género y respetada por el pueblo sencillo. Hoy este universo eclesial está dislocado.
La causa fundamental de este desajuste es, en opinión del grupo citado, la acomodación exagerada al mundo y su pasión desmedida por incorporar la novedad. En este punto muchos pastores han sido poco clarividentes: creían que el esfuerzo de acomodación favorecería la aceptación de su mensaje. De este modo, el mensaje político ha sustituido al Evangelio en la predicación y en la pastoral. Junto a la clarividencia, ha faltado fortaleza. Presionados por corrientes mundanas que han penetrado por las ventanas de la Iglesia, los obispos y presbíteros han sido débiles para oponerse a ellas. El temor a la etiqueta de «desfasados» ha congelado su función correctora.
No todos los pastores son, pues -según este grupo-, igualmente merecedores de confianza. En medio de la confusión es preciso seleccionar a los fiables. En muchos casos es más seguro prescindir de los obispos y presbíteros propios y recurrir al Vicario de Cristo, que, con su magisterio intenso, ilumina prácticamente todas las dimensiones y problemas de la existencia.
El grupo a que nos estamos refiriendo, también minoritario, es bastante homogéneo. Se trata de personas de una intensa práctica religiosa y de un código de comportamiento moral exigente, sobre todo en los aspectos de moral individual y familiar. Aceptan mental y cordialmente la doctrina tradicional de la Iglesia. Manifiestan una inclinación a considerar a su propia tendencia eclesial como la única legítima.
Su misma nostalgia por la Iglesia del pasado se inscribe en el contexto global de una nostalgia de los tiempos pasados. Sus realizaciones políticas, culturales, sociales, económicas y religiosas les resultan más familiares.
Una porción apreciable de dicha tendencia eclesial está agrupada en diversas organizaciones. En tal caso sus líderes o fundadores realizan para sus afiliados muchas funciones propias de los pastores: marcan las líneas doctrinales y las pautas del comportamiento colectivo.
5. El grupo de la adhesión desvanecida
Cuatro son las características más acusadas de este grupo. La primera es el abandono de la práctica religiosa habitual, que ha quedado reducida a momentos especiales de la existencia por su importancia (nacimiento, matrimonio y muerte) o su dramatismo (acontecimientos dolorosos o gozosos de extraordinaria intensidad). Tal abandono, motivado por diversos factores (como el desarraigo de la parroquia de origen, la creciente importancia y organización del ocio en los fines de semana, la desaparición de todo clima social favorable e incluso la aparición de un clima desfavorable a la práctica), es señal inequívoca de un desapego afectivo y efectivo de su comunidad eclesial.
Al abandono de la práctica acompaña frecuentemente una desconfianza en la institución eclesial y sus responsables. Veamos algunas de las reservas más acusadas.
La educación recibida de la Iglesia es percibida retrospectivamente por ellos como un proyecto de dominación ideológica, incompatible con la dignidad de la conciencia y el desarrollo autónomo de la persona. Más que una comunidad al servicio de la sociedad, la Iglesia les parece un gigantesco ente de reflejos corporativistas que defiende más o menos discretamente sus propios intereses en un mundo en el que cada grupo procura extraer para sí el máximo provecho. En este sentido la Iglesia se mostraría más preocupada por la escuela católica que por la calidad de la escuela; más sensible a su propio sustento económico que al problema del paro; más inquieta por su peso social decreciente que por la marcha de esta sociedad. Incluso sus intervenciones en problemas cívicos parecerían más tocadas de un afán de recuperar protagonismo que de un deseo de aportar a la comunidad.
La fe personal, de los componentes de este grupo desasistida del riego de la práctica religiosa y erosionada lentamente por la desconfianza en la institución eclesial, se confina en la vida privada de estos creyentes y, dentro de ella, ocupa solamente una parcela, a veces muy reducida. Carente de casi todo contraste con la fe de la comunidad, se vuelve cada día menos precisa y más subjetiva.
Con todo, en la entraña religiosa de estos creyentes desvanecidos, subsisten, aunque pueda parecer paradójico, dos rasgos de valor incalculable. Uno es el recurso habitual o esporádico, a veces bien intenso, a la oración. El otro es el sentimiento de seguir perteneciendo a la comunidad grande de la Iglesia. En las encuestas se autodenominan «católicos no practicantes». Todo parece indicar que desean pertenecer a una comunidad que sobrepasa los grupos, las clases y las nacionalidades, dotada de una perennidad por encima de la sucesión de las épocas históricas.
6. El grupo de la adhesión inexistente
Estamos ante un grupo de talla numérica creciente. El sentido de pertenencia eclesial se ha desvanecido casi por completo. El vínculo de la práctica ocasional se ha fracturado. A los sentimientos agresivos que, a su manera delataban una relación aún subsistente, ha sucedido la indiferencia, no siempre exenta de una antipatía cordial bastante moderada, que sólo se enciende de indignación o de impaciencia ante determinadas intervenciones de la Iglesia en la vida social.
La imagen que este grupo tiene de la Iglesia es realmente dura. La Iglesia se caracterizaría, en primer lugar, por su ambición. La perciben como un colectivo que intenta retener ávidamente parcelas del gran poder que ha detentado hasta un pasado muy reciente. La confesionalidad encubierta del Estado, la escuela católica, la prensa confesional, las leyes que protegen la “moral judeocristiana” serían los últimos despojos, todavía importantes, de aquel inmenso imperio. El segundo rasgo de la Iglesia sería su inmovilismo. Los responsables pretenderían anclarla en su vieja tradición dogmática: la doctrina de siempre, la moral de siempre, la disciplina de siempre ligeramente retocadas. Las bases se sentirían perplejas entre la obediencia a sus dirigentes y la adaptación a la vida social.
La Iglesia es, además, según este grupo, escasamente participativa. El autoritarismo de la jerarquía que se cree investida de poderes de lo alto y el dócil conformismo del pueblo cristiano congelan dentro de ella la corresponsabilidad y el reparto del poder.
Para este grupo, las perspectivas de futuro de la Iglesia no son muy risueñas. A pesar de su envergadura actual, subsiste gracias a su enorme vigencia en el pasado. Es una realidad residual, aunque todavía se mantiene en pie como los árboles corpulentos ya envejecidos. De hecho, las franjas más activas de la población se han apeado en buena parte. En los foros sociales más vivos su influencia es muy pálida. El futuro de la Iglesia consiste, a lo sumo, en subsistir como un gigantesco club de actividades privadas (encaminadas a satisfacer las «necesidades religiosas» de sus socios), dedicado a tareas caritativas y sociales de tono menor. Ayudarle a morir o a reducirse a su cuadrícula es un alto servicio social.
II.- Sentido y alcance de nuestra fe en la Iglesia
La Iglesia misma es una realidad que sólo puede comprenderse desde la fe. “Creemos desde la Iglesia”. Ella no es para nosotros simple objeto de estudio, ni mero ambiente colectivo propicio para mantener la fe, ni siquiera puro tajo concreto de nuestro compromiso cristiano. Es todo esto, pero es más que esto: es objeto de nuestra fe, destinataria de nuestra adhesión creyente.
Creemos “en” o “desde” la Iglesia. Pero no creemos en ella como creemos en Dios. Sólo Él es el Tú absoluto que se nos entrega de manera plena, gratuita e irrevocable en Jesucristo y, por tanto, reclama y merece nuestra fe en el sentido fuerte de esta palabra. Sólo a Él brindamos nuestra adhesión creyente como confianza radical y entrega total.
Creer en la Iglesia no equivale tampoco a un acto de confianza en su vitalidad, en su salud institucional, en su brillante porvenir en la sociedad. No equivale a comprobar que “goza de buena salud” y a alegrarnos de este diagnóstico. Ni equivale a ignorar, ocultar o disculpar sus debilidades y pecados.
Al decir “creo la Iglesia” confesamos que es obra de Dios, que es algo querido y desarrollado por Dios, que en ella se hace presente el Espíritu y se conserva la tradición y la herencia histórica de Jesús de Nazaret. Creemos también “desde la Iglesia” pues ella nos transmite y nos pone en contacto con la memoria histórica de Jesús, y a través de sus estructuras símbolos y experiencias el Espíritu de Jesús se hace presente en la historia. Ella es el lugar donde nos encontramos con Cristo de una manera plena. Creemos “desde la Iglesia”, o como dicen otras versiones del símbolo de la fe, “creemos por la Iglesia”, que nos transmite y pone en contacto con nuestras raíces cristianas.
1. Creer en la iglesia es descubrir su verdadero misterio
Creer en la Iglesia significa, pues, primordialmente, afirmar que ella es más que lo que nos arroja el balance de resultados de un análisis realizado con datos y elementos extraídos de la experiencia, de la sociología o de la historia. Existe en ella una dimensión que se escapa a dichos análisis y que sólo es registrada por la mirada de la fe. Lo veremos en el siguiente tema, al hablar de la Iglesia como misterio.
2. Creer en la Iglesia es aceptarla como espacio de salvación 
La palabra de Dios nos asegura, en primer lugar, que la Iglesia concreta y limitada que conocemos es el espacio en el que Dios hace explícitamente presente, patente y operante su voluntad irrevocable de salvar por Cristo a los seres humanos. Es el ámbito en el que esta voluntad se expresa y se realiza. La acción salvadora de Dios, presente y activa en el mundo por la acción del Espíritu, se hace consciente de modo explícito en la Iglesia y suscita una comunidad que, movida por ese mismo Espíritu, acepta a Jesús como Señor, y al Evangelio como pauta de vida, y es llamada a testificarlo y anunciarlo al mundo.
3. Creer en la Iglesia es aceptarla como medio de salvación
A la luz de la palabra de Dios, la Iglesia no es un puro espacio en el que acontece la salvación, sino medio de esta salvación. En otras palabras: los creyentes recibimos la salvación o autocomunicación liberadora de Dios no sólo en la Iglesia, sino de la Iglesia y por la Iglesia.
Esta Iglesia, así visitada por el Señor y fecundada por su Espíritu, se convierte, a pesar de sus debilidades y mediocridades, en mediación para la salvación. Su existencia, su testimonio y sus acciones se tornan instrumento en el que Dios nos comunica su vida, su libertad y su amor.
4. Creer en la Iglesia es aceptarla como sujeto primordial de la fe
La comunidad cristiana que colabora con Dios en el alumbramiento y crecimiento de los creyentes no es un medio externo a la fe. Es la primera destinataria de esa vida de fe. La comunidad cristiana despierta la fe de sus miembros porque ella misma ha sido ganada para la fe. Ella es no sólo objeto de nuestra fe sino sujeto de esta fe.
La fe de cada uno es una llama que se enciende en la hoguera de la fe de la comunidad. Creer es un acto personal y libre. En cada creyente la misma fe común tiene acentos y resonancias particulares. Pero no es algo totalmente autónomo y subjetivo. Cuando creemos, nos adherimos a una comunidad que profesa una fe que precede a la de cada uno. Aceptamos la fe de la comunidad de tal modo que, por esta aceptación, nuestra fe no expresa sólo convicciones individuales, sino compartidas; no recoge opiniones personales, sino persuasiones comunes.
5. Creer en la Iglesia es aceptarla como necesaria y relativa
Las consideraciones precedentes sitúan nuestra fe en la Iglesia en su lugar adecuado. No se diviniza la Iglesia; pero tampoco se la relega a un papel insignificante. Ella es, al mismo tiempo, necesaria y relativa.
La Iglesia es necesaria. Sin ella, Cristo, su mensaje y su proyecto salvador se evaporan en la conciencia de la humanidad. Sin ella se hace imposible acceder a la fe en Jesús, mantenerse y crecer en esta fe. Sólo en ella y por ella nos encontramos con su palabra viva, con su Eucaristía, con su perdón. La fe cristiana o es eclesial o no es fe.
La Iglesia es relativa. Es como el dedo y la persona misma del Bautista, que señala a Jesús; es la voz y la imagen de Otro. Ella no es todavía el Reino de Dios, sino su anuncio y anticipo imperfecto. Ella no guarda en régimen de monopolio la salvación de Dios, que desborda los límites visibles de la comunidad cristiana; el Espíritu realiza la salvación también fuera de los confines de la Iglesia. Ella no existe para que el mundo le sirva, sino para servir al mundo.
La necesidad de la Iglesia pone, pues, al descubierto la inconsistencia del lema: «Cristo sí; Iglesia no» y revela la situación débil y delicada de aquellos creyentes que por abandono, por prejuicios, por antitestimonios de la Iglesia o por alergia a la «religión institucional» mantienen con la comunidad lazos muy tenues. La fe subjetiva desconectada de la fe de la comunidad no es ya la fe católica, sino un conjunto de fragmentos de fe salvados de un naufragio. La comunidad está llamada a ser el astillero en que la fe individual o grupal se repara y se completa.
La relatividad de la Iglesia le mantiene en su puesto humilde y servicial. Le impide sucumbir a la tentación de convertirse en fin de sí misma, de identificarse con el Reino, de adoptar ante el mundo actitudes arrogantes, recelosas o competitivas.
III.- La adhesión eclesial
La adhesión a la Iglesia no está sólo surcada de tensiones; tiene una armonía interna que ahora intentamos describir.
1. El contenido de la adhesión eclesial
Los creyentes no nos adherimos a una Iglesia puramente invisible, sino a una Iglesia concreta que es, a la vez, visible e invisible (cfr. Lumen gentium, 8). Precisamente porque es también visible, es para nosotros signo de salvación.
No nos adherimos tampoco a una Iglesia perfecta, sino necesariamente deficiente, «santa y necesitada de purificación» (Lumen gentium, 8) llamada continuamente a la renovación y a la conversión.
Adherirse a la Iglesia equivale a participar en su comunión y en su misión que son la sustancia misma de la comunidad cristiana (desarrollaremos posteriormente tanto el tema de la comunión como el de la misión)
La comunión consiste primordialmente en que todos los miembros compartimos el mismo y único Espíritu que el Resucitado. Entraña por tanto comunión en la misma fe, en el mismo estilo de vida moral y en la misma celebración. Se expresa en una vida comunitaria animada por el amor y la corresponsabilidad.
La misión se sustancia en servir al mundo para contribuir a su transformación en Reino de Dios. Se desgrana en el anuncio explícito del Señor, en el testimonio coherente con el anuncio, en el compromiso transformador y en la denuncia profética.
La adhesión es tanto más plena cuanto más plenamente se viven la comunión y la misión. La única Iglesia de Cristo se realiza en toda comunidad que celebra legítimamente la Eucaristía, en la diócesis y en la Iglesia universal. La auténtica adhesión eclesial se enraiza y se expresa simultáneamente en estos tres niveles. Excluir o subestimar cualquiera de ellos revela una eclesialidad notablemente incompleta.
La adhesión es, ante todo, adhesión a la comunidad eclesial. En ella se contiene, como un elemento notable, la adhesión a los pastores, que simbolizan a toda la comunidad y la presiden en nombre del Señor.
La adhesión eclesial comprende el sentido de pertenencia, la estima, la confianza, el afecto y el compromiso activo.
2. Cultivar los elementos de la adhesión eclesial
La adhesión a la Iglesia es gracia, pero es también conquista. Es don, pero es también tarea. Es de Dios, pero es también nuestra. Llegamos al momento de esbozar los caminos para suscitarla, sanarla y robustecerla.
Todos los elementos que constituyen la adhesión pueden agruparse en torno a estos tres polos: conocimiento, estima, compromiso.
2.1. Conocer a la Iglesia
En el núcleo de la adhesión a la Iglesia está el conocimiento de la fe, la lectura creyente de la Iglesia. La lectura creyente no invalida los datos y los resultados de otra lectura que se acerca a la Iglesia como a una institución humana, para analizar su estructura, su funcionamiento y sus relaciones con otras instituciones. Muy al contrario, estos análisis, realizados con los instrumentos propios de las ciencias humanas o simplemente con una certera e intuitiva observación, son muy útiles para examinarla con rigor y criticarla con acierto. Pero en el creyente han de estar al servicio de una lectura «espiritual» de la Iglesia que, iluminada por la fe, descubre en ella unas dimensiones que los análisis antedichos no detectan en modo alguno. Quien se abstiene de tal lectura creyente puede admirar a la Iglesia o detestarla. Puede incluso explicarla. Pero no puede comprenderla en su naturaleza más profunda.
Nos parece que son todavía frecuentes entre los creyentes dos lecturas incompletas a las que nos atrevemos a llamar, respectivamente, «espiritualista» y «materialista». La primera ignora, idealiza o minimiza -ingenua o interesadamente- los aspectos visibles y problemáticos de la Iglesia, para refugiarse en sus aspectos invisibles y sublimes. La segunda, impactada por un análisis que, con mayor o menor rigor se detiene en los aspectos humanos y deficientes, experimenta una gran dificultad para afirmar con vigor la otra dimensión y reconocer prácticamente que la Iglesia es más que la suma de los análisis humanos. La primera pertenece más al pasado, aunque pervive en el presente. La segunda es más característica del momento actual. Ninguna de las dos está a la altura de una fe adulta que, entre la lectura materialista y espiritualista, opta por una lectura «espiritual» de la Iglesia.
Conocer a la Iglesia entraña, por tanto, conocer su historia y, sobre todo, su vida presente. Es verla buscar, avanzar y retroceder, descuidarse y convertirse, acentuar hoy unos valores y contrapesarlos mañana con el subrayado de otros igualmente cristianos. Ella camina también a media luz, como Israel en el desierto.
Estamos convencidos de que la gran mayoría de los creyentes apenas perciben la vida de su Iglesia, sus proyectos, sus preocupaciones, sus empresas y sus logros. Una información fiable y continua contribuiría a dar carne concreta a nuestro conocimiento de la Iglesia.
2.2. Estimar a la Iglesia
Para suscitar la adhesión, el conocimiento ha de estar impregnado de la estima. A través de ella, nuestra afectividad queda vinculada al objeto de nuestra adhesión.
a) El sentimiento de pertenencia
El primer componente de la estima a la Iglesia es el sentimiento de pertenecer a ella. Se trata de una pertenencia recíproca: nosotros pertenecemos a la Iglesia y ella nos pertenece. Hemos sido convocados por Jesús a prolongar su misión perteneciéndonos unos a otros.
Nuestra primera tarea es valorar esta pertenencia. Ella es un elemento necesario de la identidad: uno no sabe quién es, mientras no sepa a quién pertenece. El ser humano va adquiriendo conciencia de su identidad a. medida que va percibiendo sus pertenencias fundamentales. Para un cristiano, una de ellas, es la pertenencia a la Iglesia. No hay, pues, conciencia neta de identidad cristiana sin el sentimiento vivo de pertenecer a la comunidad eclesial.
Una pertenencia así sentida y valorada ha de provocar una intensa empatía entre los miembros y su comunidad. En virtud de la empatía, entramos dentro de la piel de la Iglesia y asumimos como propia su historia, con sus páginas luminosas y sus pasajes oscuros, a la manera como, miembros de una familia humana, asumimos su pasado como propio. En virtud de la empatía, nos sentimos también solidarios de las grandezas y miserias presentes de la comunidad cristiana. No se nos ocurre desmarcarnos de esta solidaridad y no sentirnos afectados ni aludidos por sus pecados y desaciertos.
El sentimiento de pertenencia a la Iglesia ha de extenderse a los tres niveles fundamentales en los que ella se actualiza: la comunidad inmediata, la comunidad diocesana y la comunidad universal.
b) El afecto y la confianza
- El afecto
La comunidad cristiana no es sólo objeto de nuestro conocimiento ni sede de nuestra afiliación. Es también destinataria de nuestro afecto. Querer a la Iglesia puede resultar difícil. Postular este afecto puede resultar molesto. Pero es necesario este afecto para la adhesión.
El afecto se engendra sobre todo en la experiencia de haber sido y de ser querido. Nuestra capacidad de amar depende de la cantidad y la calidad del amor con el que hemos sido amados. Ahora bien: cuando repasamos el itinerario de nuestra concreta vida creyente desde sus inicios hasta hoy, quedamos abrumados por el amor en que nos han venido envueltos los servicios que han alimentado aquella fe. La iniciación a la fe en la familia, la catequesis parroquial y escolar, la formación de nuestra fe adolescente y juvenil, las palabras y escritos de maestros de la vida cristiana, la orientación personal recibida en momentos importantes de nuestra existencia, el ejemplo estimulador de cristianos y de grupos eclesiales, es, ante todo, una «historia de amor». Al evocarla emerge en nuestra memoria un nutrido grupo de testigos eclesiales con rostro concreto: padres, catequistas, educadores, monitores, presbíteros, comunidades... Tras todos ellos se nos revela discretamente el rostro de la Iglesia.
Podemos disentir de concretas orientaciones y contenidos; podemos criticar la validez para hoy de ciertos modelos y testigos; podemos reconocer que no todo lo que recibimos fue tan precioso como la fe y el amor. Pero no podemos ignorar el amor de estos creyentes en el cual se nos mostraba un «amor más grande»: el amor de la Iglesia y el amor del Señor.
Ese amor puede y merece despertar en nosotros un afecto verdadero a la Iglesia. Ni los defectos de la comunidad, ni las tensiones vividas con grupos eclesiales o con presbíteros u obispos deben apagarlo. Es un valor más precioso que todas nuestras disputas.
Al mismo tiempo, tenemos que saber que querer bien a la Iglesia significa querer para ella no el paraíso social, ni la prosperidad ni la seguridad, ni el privilegio de leyes favorables, sino el ardor por Dios, la voluntad de servir, la pasión por los pobres, la sencillez, la pobreza y la persecución.
- La confianza
El afecto facilita la confianza. Confiar en la Iglesia no significa entregar a nadie un «cheque en blanco». Las personas, los grupos, las instituciones pueden decepcionarnos. También la Iglesia. Dios es el único que no nos falla nunca.
Esta confianza se basa en una firme convicción: la Iglesia es más que de lo que de ella nos dicen la experiencia, la historia y los análisis humanos. A pesar de su debilidad, hay en ella una fuerza que no le viene de sí misma, sino del Señor crucificado. La confianza nos induce a pensar bien de entrada y a no pensar mal hasta que los hechos nos lo hayan demostrado palmariamente.
2.3. Comprometerse con la Iglesia
La adhesión posibilitada por el conocimiento e iniciada en la estima se madura en el compromiso. La adhesión eclesial entraña un triple compromiso. Los tres componentes de este compromiso son inseparables en una lógica cristiana. Optar por Jesús es, al mismo tiempo, aceptar su mensaje e imitar su forma de existencia orante y comprometida. Seguir a Jesús en la comunidad significa aceptar que ésta es mediadora de nuestro comportamiento, tanto en el área de la confesión y celebración de la fe como en el plano de la conducta individual y social. Aceptar la competencia de la Iglesia para regular mi fe y mi práctica religiosa, e ignorar dicha competencia a la hora de regular la conducta moral, es muy comprensible desde la óptica del corazón humano y desde la mentalidad dominante en nuestra cultura. Pero es separar artificiosamente dimensiones que están unidas connaturalmente.
3.- Proyecto para este curso:
En el proceso formativo que estamos llevando, considero que este próximo curso ha de estar centrado en la misión del laico en la Iglesia y en el mundo. Propongo estos objetivos:
- Conocer qué es la Iglesia, para amarla, sentirnos Iglesia y participar activamente en ella.
- Profundizar en el ser y la misión del laico en la Iglesia y en el mundo.
- Dar pasos en la creación de una comunidad parroquial corresponsable, participativa y misionera.
Slogan: “Sois la luz del mundo” (cf. Mt. 5,14)
Temas formativos:
0.- Somos Iglesia. Introducción
1.- La Iglesia, Pueblo de Dios en marcha.
2.- La Iglesia, misterio de comunión y sacramento universal de salvación.
3.- La razón de ser de la Iglesia en el mundo: la evangelización.
4.- El laico, Iglesia en el mundo.
5.- La misión del laico en la Iglesia y en el mundo.
6.- La espiritualidad laical.
7.- Una comunidad parroquial corresponsable, participativa y con presencia pública.
8.- El mundo de hoy, un reto para nuestro ser de creyentes.

TRABAJO EN GRUPO
1.- Lluvia de ideas sobre la palabra Iglesia.
2.- ¿Qué dicen las personas que conocemos sobre la Iglesia?
3.- Completa personalmente las siguientes frases, señalando siempre las causas:
- Para mí la Iglesia es… porque…
- La crítica a la Iglesia con la que estoy más de acuerdo es…
- La crítica a la Iglesia con la que estoy menos de acuerdo es…
- Lo que me desanima de la Iglesia es…
- Lo que más me ilusiona de la Iglesia es…
- La historia de la Iglesia me enseña que…
- El mayor desajuste de la Iglesia hoy es…
- El cambio que necesita la Iglesia es…
- En la actualidad la Iglesia…
- Lo que menos me llena de mi comunidad parroquial es…
- Lo que más valoro de la comunidad parroquial es…
4.- ¿En qué grupo te sitúas de los señalados sobre la adhesión a la Iglesia?

Oración.
Qué discutible eres, Iglesia, y, sin embargo, cuánto te quiero.
cuánto me has hecho sufrir, y, sin embargo, cuánto te debo.
Me has escandalizado mucho, y, sin embargo, me has hecho entender la santidad.
Cuantas veces he tenido ganas de cerrar en tu cara la puerta de mi alma,
y cuantas veces he pedido poder morir en tus brazos seguros.
No, no puedo librarme de ti, porque soy tú, aun no siendo plenamente tú.
Y después ¿dónde iría? ¿A construir otra?
Pero no podré construirla sino con los mismos defectos,
con los míos, que llevo dentro. Y, si la construyo, será mi Iglesia, no la de Cristo.
Soy bastante mayor para entender que no soy mejor que los demás.
Aquí está el misterio de la Iglesia de Cristo, verdadero misterio impenetrable.
Tiene el poder de darme la santidad y está formada toda ella,
del primero al último, de pecadores.
Tiene la fe omnipotente e invencible de renovar el misterio eucarístico,
y está compuesto de hombres débiles que están perplejos
y que se debaten cada día contra la tentación de perder la fe.
Lleva un mensaje de pura transparencia, y está encarnada
en una masa sucia, como sucio es el mundo.
No, no me voy de esta Iglesia fundada sobre una piedra débil,
porque fundaría otra sobre una piedra más débil que soy yo
  (Carlo Carreto)